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Herencia maldita, Fe de erratas por Luis Nieto

Herencia maldita, Fe de erratas por Luis Nieto
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El último libro del periodista Leonardo Haberkorn, Herencia Maldita (Planeta, 2020), recoge 29 artículos periodísticos referidos a los años en que el MLN intentó llegar al poder mediante la lucha armada.  Tres de sus libros están basados en artículos y testimonios sobre el movimiento armado que sacudió los cimientos de nuestro país. En buena parte compartimos puntos de vista. Lo resumo en mi libro La guerrilla innecesaria, título que, a mi entender, ilustra no sólo el fracaso sino, también, el daño que le causó a la sociedad uruguaya el empecinamiento de llevar adelante la lucha armada.

Estas coincidencias no evitan tener serias diferencias en el tratamiento que Leonardo Haberkorn le da al tema MLN en varios pasajes en dos de sus libros: Milicos y Tupas, y en su último Herencia Maldita.                Historias Tupamaras, en cambio, fue revisado y corregido por los propios entrevistados. Todo lo que allí quedó escrito fue asumido por las fuentes.

En lo que a mí concierne, le pediría a mi amigo Leonardo que reflexione sobre lo que relata en las páginas 50, 56 y 59 de su último libro: Herencia Maldita. Fueron hechos que marcan muy fuerte la memoria como para dar versiones distintas sobre un mismo acontecimiento.

En ningún momento de aquella mañana tomé un ómnibus para ir al local donde teníamos reunión del Comando del Interior. Nadie podía entrar golpeando la puerta de calle, se entraba en una combi Volkswagen de doble cabina, desde el garaje directamente a la casa. Jamás pude haber dicho algo que no viví, y si para Haberkorn era importante incluir en qué medio había ido a la reunión, debió consultarme, pero nunca inventar una situación para tapar una duda, si es que la tuvo. En segundo lugar, jamás llamé “a mis mandos” para comentar que había una chanchita estacionada, y menos que mi plan era tirar una granada por la ventana del conductor. Ese tipo de diálogo jamás se mantenía por teléfono.

Esa mañana teníamos reunión del Comando del Interior en un local en la Avenida Centenario, y esperábamos la llegada de Wasen Alaniz, que era el integrante del Ejecutivo responsable de nuestra columna. Nepo, seudónimo de Wasen, se demoraba, pero nos había hecho saber que estaba en camino. El encargado de entrar y sacar a la gente del local estaba con él. Oímos la puerta del garaje y Nepo no demoró en subir a la habitación donde estábamos los tres del Comando intercambiando información sobre los subcomandos de cada departamento. Nepo entró con cara de preocupación y nos contó con prolijidad lo que estaba sucediendo en el copamiento de la fábrica de Niboplast, y lo que el Ejecutivo acababa de decidir. Se calculaba que unos 500 policías, de distintas reparticiones rodeaban la fábrica en que los compañeros habían quedado cercados. El MLN no tenía capacidad para plantear un enfrentamiento abierto y romper el cerco. El Ejecutivo había decidido utilizar aquellos que estuviésemos reunidos esa mañana para actuar sin perder tiempo, y descomprimir con acciones simultáneas la presión sobre la fábrica para intentar que un grupo de la 15, con armas largas, pudiese intentar el rescate.

En el local que estábamos reunidos había un berretín con granadas de explosivo plástico que habíamos tomado del cuartel de la Marina, algunas petacas para iniciar incendios y armas cortas que quedaron en Montevideo después que cayera el foco guerrillero de Salta, organizado por el Che y Ricardo Massetti. Yo agarré una pistola P38, de doble acción, algunas petacas para iniciar incendios y una granada. Los tres del comando y Nepo éramos pocos para tanto, pero otros grupos se estaban dirigiéndose a otros sitios próximos al cerco para hacer lo mismo que nosotros.  El plan era atacar donde tuviésemos alguna garantía de escapar y generar el mayor daño posible.

A mí me dejaron en un bar de Urquiza y Larrañaga, donde había un teléfono público para comunicarme con el que Nepo me dejó anotado en un pequeño papel. Pedí un café y esperé unos minutos. Llamé al teléfono, pero nadie atendió. Seguí esperando frente al pocillo. Esperé unos minutos más para volver a llamar al teléfono del papelito. En la espera, una chanchita llena de policías estacionó por la calle Urquiza, en dirección al centro sobre la mano izquierda. La chanchita quedó en el lugar, el chofer tenía el codo saliendo por la ventanilla, seguramente se quedarían allí esperando órdenes, como yo. Me dirigí al teléfono otra vez, para avisar que iba a entregar una encomienda a unos clientes que estaban cerca, pero nuevamente nadie contestó a mi llamado. Debía atenerme a la consigna que nos transmitió Nepo. Volví a la mesa a planificar los movimientos. Yo tenía la granada en el bolsillo derecho del gabán así que todo tenía que ser muy rápido y sin errores. Debía caminar mirando al piso, silbando. Al llegar a un par de pasos de la ventanilla tenía que sacar la granada con la mano derecha, sin que la palanca del seguro se trancara en el bolsillo. Con la izquierda tiraría de la argolla para quitarle el seguro y meter la granada por la ventanilla. Tenía la iniciativa y algunos segundos de confusión entre ellos a mi favor, pero la maniobra incluía girar y volver a Larrañaga, con la pistola en la mano, parar un taxi o lo que fuera para alejarme del lugar.

Repasé el plan, pagué el café e intenté nuevamente conectarme con quien estuviese en el teléfono que me pasó Nepo antes de dirigirme a la chanchita. Pero esa vez sí respondieron. Creí reconocer la voz de Engler, con su leve seseo. Pregunté si el coche todavía estaba a la venta y me contestaron que no, que acababan de venderlo. Quería decir que la acción se suspendía. En ese caso estaba acordado que me recogerían en la misma esquina donde me habían dejado.

¿Cuántos otros detalles, ligeramente tergiversados, pueden conducir a una conclusión diferente, como en el caso del libro Milicos y Tupas? Sólo acabo de ilustrar un par de cosas que me conciernen en Herencia Maldita. Haberkorn da a entender que una vez explicado cuál era el plan por parte de Nepo cada uno se tomaba un ómnibus para ver qué podía hacer. No era así de improvisado. Lo de la chanchita llena de policías fue casual, y estaba dentro de las órdenes arrojarle una granada adentro si eso era posible. No tenía que consultarlo y mucho menos por teléfono.

Milicos y Tupas está organizado en torno a los relatos del entonces capitán Luis Agosto, al del militante del MLN Armando Miraldi, y al del contador Carlos Koncke, un personaje ubicuo, llegado de Perú, donde, supuestamente tuvo una vinculación estrecha con el gobierno del general Velasco Alvarado. En torno al testimonio de estas tres personas de segundo o tercer orden, Haberkorn aborda el complicado episodio de la tregua y colaboración en el supuesto combate entre los militares y los ilícitos económicos. El libro está salpicado de erratas, por ejemplo: En la página 41, Haberkorn sostiene que el 7 de agosto de 1970, fueron detenidos Raúl Sendic, Efraín Martínez Platero, Alberto Candan Grajales y Amodio Pérez. Este último había sido detenido dos meses atrás y no en el apartamento de la calle Almería. Miraldi afirma (pag. 33) que lo primero que tuvo que hacer para entrar al MLN fue conseguirse su propia arma. “porque en aquel entonces en el MLN la regla máxima era que cada uno debía procurarse la suya si quería ser un verdadero tupamaro, ‘primero entra el fierro y después vos’.” Esa regla nunca existió. Esa arma robada a un vecino amigo era la que Miraldi, un militante legal, llevaba siempre en la cintura. Miraldi describe el alivio que era llegar a su domicilio, sacarse el saco y la pistola del cinto. Claro que Haberkorn no tenía por qué tener presente estas exigencias, pero describe el grado de fiabilidad de su entrevistado. Ningún militante que no fuese clandestino, estuviese transportando armas, o participando de una acción militar podía andar armado. Miraldi no estaba encuadrado en el aparato militar, hacía algunos trabajos de servicios, como diseño y construcción de berretines. Del contador Carlos Koncke poco se sabe, y lo que relata de su pasaje por el cuartel de Artillería No. 1 es sobre su asesoramiento económico a los oficiales con grado máximo de capitán. Con estos testimonios como columna vertebral, Leonardo Haberkorn roza la temeridad de sugerir que los tupamaros colaboraron con los oficiales no sólo como asesores para analizar la documentación de las empresas investigadas sino, lo que es más grave, en la tortura a los detenidos.

Si los tupamaros torturaron a los presos por ilícitos económicos se viene abajo toda la construcción ética y moral del preso político. Es una temeridad afirmar semejante acusación sin tener testimonios contundentes que puedan demostrarlo, y no sólo mediante versiones contradictorias como aparecen en el libro de Haberkorn. Como resultado de las conversaciones que el MLN y el Ejército protagonizaron en 1972, se formaron comisiones de trabajo para ordenar la documentación que los militares incautaron en diversas empresas, eso es real, la colaboración existió, como también existió durante un período una especie de tregua, y algunos pocos detenidos fueron puestos en libertad. Pero la colaboración se restringió a eso. ¿En qué otra unidad militar, aparte del Regimiento de Artillería 1, donde estaban detenidos Miraldi y Koncke los tupamaros colaboraron en la tortura o en los allanamientos y detención de los acusados? Hasta en el caso que alguno de entre los cientos de detenidos hubiese caído en ese tipo de colaboración, ¿se podría decir que la tortura a otros detenidos no sólo se constató en esa unidad militar? Si lo fue, el libro debió haberse extendido sobre una cantidad de ejemplos que justificasen la inclusión de ese mazazo publicitario.

Este es un tema serio. En su momento fue levantado por la prensa, y se constituyó en uno de los ganchos propagandísticos del libro, que acabó recibiendo el premio Bartolomé Hidalgo.

En medio de la locura que fue la derrota de 1972, dentro de los cuarteles pudo haber algún caso aislado de alguien que hubiese caído en ese tipo de colaboración con militares torturadores, más relacionada con su estado síquico y de derrota anímica que como pérdida de las referencias de los cientos de militantes tupamaros detenidos. El MLN cometió el error imperdonable de haber empujado al país a un callejón sin salida, pero eso no lleva de la mano a una pérdida de la condición humana, al punto de ser parte de la misma máquina que estaba masacrando a militantes indefensos para conseguir información. Ese principio vale para cualquier tipo de detenido, ya sea por razones políticas, económicas o de cualquier otro tipo. Milicos y Tupas consigue, con algunos personajes muy secundarios, crear la imagen de una insanía generalizada, supuesta clave para entender el fenómeno tupamaro. El testimonio de Fernández Huidobro que incluye en Milicos y Tupas no lo ratifica. Engler aclara su posición frente a la tortura y tampoco ratifica, ni explícita ni implícitamente, que tupamaros hubiesen torturado a otros presos. Uno de los supuestos torturados, el contador León Buka relata su experiencia: “Nunca estuve encapuchado, me trataban bien, dormía en el patio. A pesar de que me hicieron el submarino, como a todos los tupamaros que tenían allí, se puede decir que en general me trataron con respeto.” (Pag. 159).

Para la juventud de la clase media no le resultó difícil asumir el camino de las armas en la encrucijada que la Guerra Fría dejaba a América Latina, con democracias en crisis, incapaces de producir, intelectual e institucionalmente, una barrera ante el crecimiento de la fantasía de un socialismo de impronta leninista.  La tutela de los Estados Unidos había perdido la batalla cultural. Muerto el Che, nacieron como hongos nuevos guerrilleros heroicos, a lo largo y ancho del subcontinente.

El MLN fue un fenómeno distinto al de otros intentos guerrilleros latinoamericanos. Para muestra basta un botón: José Mujica, uno de los tantos presos de 1972 acabó siendo presidente del Uruguay, y, además, convivió con la locura provocada por las condiciones de su régimen de detención sin caer en nada parecido a lo que trasunta el libro de Haberkorn.

Cada detalle explica desde la peripecia individual el proceso sicológico que hizo posible la transformación de jóvenes de la clase media uruguaya en guerrilleras y guerrilleros que tomaban un arma convencidos que sólo tras derrotar a “las fuerzas represivas de la oligarquía” sería posible construir una sociedad libre y justa. El retroceso que todo aquello implicó exige que hagamos el enorme esfuerzo de entenderlo y, lo primero, ser rigurosos en la descripción de las acciones colectivas e individuales. Esquivar la pereza intelectual es tan importante como esquivar la prisa en transmitir la supuesta verdad de los hechos.

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