El aumento de personas durmiendo en las veredas revela una crisis de deshumanización. Cuando el vínculo social se rompe y la esperanza muere, lo que queda es una existencia sin sueños.
Las calles de Montevideo y de varias ciudades del interior se
convirtieron en el refugio forzado para miles de compatriotas que quedaron fuera del sistema. A pesar de los esfuerzos de los refugios y los equipos técnicos, la realidad golpea con una crudeza que los números no llegan a explicar. Aquí no solo falta un techo; lo que se está rompiendo es la estructura psíquica de personas que ya no saben cómo volver a ser parte de la sociedad. Esta es la historia de una desinstitucionalización que, sin el apoyo psicológico adecuado, termina condenando al aislamiento absoluto y a una forma de
“muerte en vida” donde el sentido de la existencia se desvanece por completo.
El quiebre del vínculo primordial
Desde la psicología más básica sabemos algo fundamental: cuando un niño nace, si no tiene a su madre o a alguien que cumpla ese rol de sostén y afecto, simplemente muere. No alcanza con el alimento; se necesita la mirada del otro para existir. Con el adulto en situación de calle sucede un proceso similar. Cuando alguien llega a la vereda, experimenta una ruptura total de su identidad. En ese preciso
instante, su tiempo deja de transcurrir y su historia personal desaparece de la vista de los demás. Ya no es un vecino, un padre o un trabajador; a menudo, ni siquiera llega a ser un número. Es
alguien que deja de ser reclamado, alguien a quien nadie le pregunta cómo está. Ese quiebre emocional es un trauma que borra el pasado para dar paso a una existencia puramente instintiva.
Radiografía de una crisis
La investigación periodística, apoyada en la Encuesta Continua de Hogares del INE y los censos específicos de población vulnerable, arroja datos que obligan a repensar la política pública. El perfil de
quien habita la calle ha mutado: hoy, 8 de cada 10 personas en esta situación son varones en edad productiva. Sin embargo, el dato más alarmante revela que el 45% de los censados reporta haber pasado por el sistema carcelario, y de ellos, una amplia mayoría termina en la calle en los primeros 30 días tras recuperar su libertad. Esto demuestra que la “libertad” sin acompañamiento psicológico es, en realidad, un pasaporte a la marginalidad. Además, el consumo
problemático de sustancias aparece en los registros médicos del Portal Amarillo y centros de atención no como la causa inicial, sino como una consecuencia: un intento desesperado de la psiquis por anestesiar el dolor del desprecio cotidiano.
La utilidad como motor de la vida
Un pilar fundamental de nuestra salud mental es la necesidad de sentirnos útiles. El ser humano se realiza a través de lo que aporta, de lo que hace por otros y por sí mismo. Cuando una persona llega a la situación de calle, pierde esa sensación de utilidad y, con ella, se pierde la esperanza. La esperanza es, precisamente, lo que nos
mantiene vivos; es el hilo que nos conecta con el mañana. Sin ella, el futuro se cancela. Se dejan de tener motivos para seguir, los sueños se apagan y las metas desaparecen. El sentido de la vida no es algo abstracto, es la capacidad de proyectarnos, y en la vereda, el
proyecto es apenas sobrevivir la próxima hora.
La involución y la deshumanización
Vivir en la calle genera un proceso de deshumanización tan profundo que se puede comparar con una involución del ser humano. Cuando la prioridad absoluta es conseguir un cartón para el frío, las
facultades que nos hacen humanos —la planificación, el deseo, la
creatividad— se apagan. El individuo queda reducido a un estado casi animal, donde el entorno lo trata como si fuera parte del mobiliario urbano. Muchos de quienes hoy vemos bajo los balcones de nuestras ciudades pasaron por procesos de encierro previos. Al salir de una
cárcel o de un hospital sin una red de contención, el “afuera” se
vuelve un desierto de indiferencia. La mente, para protegerse de ese dolor insoportable que es no ser nadie, activa mecanismos de defensa que a menudo derivan en el desapego total de la realidad.
La mirada del otro como espejo roto
Hay algo que nos pasa cuando cruzamos a alguien durmiendo en la calle: bajamos la mirada o aceleramos el paso. Ese gesto diario tiene un impacto psicológico devastador. Se llama invisibilización. Cuando el entorno te trata como si no estuvieras, terminás por creer que ya no estás. La autoestima desaparece porque ya no hay un “otro” que te devuelva una imagen de dignidad. Detrás de cada frazada sucia hay una psiquis que lucha por no sucumbir ante el vacío absoluto.
Resolver la situación de calle no se logra solo con cemento o más
camas en refugios que se vacían al amanecer. Entender que la salud mental, el sentido de utilidad y el tejido de vínculos son el verdadero soporte de una vida. Necesitamos políticas que entiendan que una persona que ha sufrido esta “muerte en vida” necesita, ante todo,
volver a soñar. Recuperar la esperanza es devolverle al ser humano el motivo para existir. La pregunta que nos queda como sociedad es si estamos dispuestos a rescatar esa humanidad perdida o si
seguiremos aceptando que haya compatriotas viviendo en una involución forzada por nuestra propia indiferencia.







