Creer o no creer: la fe y la duda por Miguel Pastorino

En su libro Introducción al Cristianismo (1968), Joseph Ratzinger escribe que la fe no es lo opuesto a la duda, sino la confianza en medio de la incertidumbre. La fe no exonera al creyente de los mismos dramas que vive el incrédulo. En la entraña misma del acto de fe encontramos la constante amenaza de la incredulidad. El creyente siempre está expuesto a la posibilidad de que aquello en lo que confía no sea cierto. Pero el incrédulo tampoco puede blindarse del todo: su negativa tampoco elimina la pregunta por el sentido último de la realidad.

Esto no significa que todas las dudas sean iguales ni que toda incertidumbre tenga el mismo peso. No es lo mismo dudar de un hecho empírico que de una cuestión que compromete el conjunto de la existencia. Pero hay un punto en el que ambos —creyente y no creyente— se encuentran: ninguno dispone de una evidencia de tipo demostrativo o empírico concluyente que elimine por completo la posibilidad contraria. En ese terreno, no basta con acumular datos, hay que situarse.

Conviene detenerse en este punto, porque puede generar una objeción razonable. ¿No es distinto carecer de evidencia de algo que debería dejar huellas verificables, que carecer de evidencia de algo que por principio trasciende toda verificación empírica? Un ateo podría argumentar que la asimetría no es tan simétrica como parece: la ausencia de señales en donde debería haberlas tiene un peso epistémico propio. Esa objeción es legítima y no conviene esquivarla. Lo que Ratzinger señala no es que ambas posiciones sean igualmente sustentadas, sino que ninguna está exenta de un residuo de incertidumbre que no puede ser cerrado por la sola acumulación de datos. La cuestión de Dios no es del mismo tipo que la pregunta por la existencia de un planeta, no es por falta de telescopios o de esperar que progrese la ciencia un poco más, sino de una cuestión que trasciende el mero empirismo.

Por eso, creer o no creer no es solo una conclusión teórica. Es una toma de posición ante una cuestión que, si es verdadera, lo cambia todo. Si Dios existe, no se puede vivir de la misma manera. Y si no existe, tampoco es irrelevante. La cuestión no se deja encerrar en un laboratorio.

“Tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe”. (p. 44).

La duda, en este sentido, no es un defecto que haya que eliminar, sino una condición que impide el encierro en certezas autosuficientes. Puede abrir a la pregunta, a la revisión, al diálogo. Pero también puede paralizar o convertirse en coartada para no decidir nunca. La fe, por su parte, no es un refugio contra la duda, sino una forma de atravesarla: un acto en el que la razón y la libertad se comprometen sin disponer de una demostración concluyente.

No se trata, entonces, de una decisión arbitraria, como si creer fuera elegir sin motivos. Tampoco es la simple suspensión de juicio. Es una forma de asentimiento que se da cuando la evidencia no es coercitiva, pero sí suficientemente significativa como para orientar el juicio. En ese espacio que abre la fe, que no es el de la prueba científica ni el de la pura opinión, se juega buena parte de la vida humana.

Las patologías de la razón y de la religión

Fue el mismo Joseph Ratzinger quien habló de las patologías de la razón y de la religión. En su conferencia de Ratisbona (2006), advirtió que una razón reducida a lo empírico y a lo técnicamente verificable termina por amputarse. Se vuelve incapaz de pensar la verdad, el bien, el sentido. No es una crítica a la Ilustración, sino a su reducción.

Hay algo preciso en ese diagnóstico que vale la pena subrayar. La razón no se debilita al abrirse al misterio; se debilita cuando se erige en tribunal exclusivo de lo real y declara ilegítimo todo lo que no puede procesar con sus categorías. Una razón que solo reconoce como válido lo que puede medir o calcular pierde la capacidad de juzgar el uso de su propio poder. No puede preguntarse si lo que hace es bueno, porque el bien no es medible. No puede preguntarse si lo que persigue tiene sentido, porque el sentido no es calculable. Y cuando esa forma de racionalidad se proyecta en el ámbito público, aparece una forma de prejuicio que no solo separa, sino que sospecha, reduce y, en el límite, excluye.

Pero la crítica no es unilateral. También hay patologías de la religión: cuando se cierra a la crítica racional, cuando absolutiza sus propias interpretaciones, cuando se convierte en instrumento de poder. El fundamentalismo y la superstición no son desviaciones marginales. Son deformaciones reales que aparecen cuando la fe deja de confrontarse con la razón. Una fe que teme la pregunta, que necesita blindarse de la crítica para sobrevivir, ya ha cedido algo esencial. No es que la razón tenga la última palabra sobre Dios, sino que la fe que no puede mirar de frente a la razón ha perdido confianza en su propio objeto.

Creyentes, no crédulos

Para muchos, la fe es sinónimo de inmadurez o de incapacidad intelectual. Se la asocia a lo irracional, a lo emocional, a lo subjetivo. Otros la reducen a una vivencia interior, sin contenido cognitivo, como si fuera un estado de ánimo útil para vivir mejor. Parte de la confusión proviene del uso ambiguo del verbo “creer”. No es lo mismo decir “creo que va a llover” que “creo en Jesucristo”. En el primer caso se trata de una conjetura. En el segundo, de un acto de confianza en alguien que se presenta como digno de crédito. No es solo creer algo, sino creerle a alguien. Y eso implica contenido, juicio y compromiso.

Aquí conviene distinguir, porque no toda creencia es del mismo tipo. Hay creencias basadas en evidencia empírica, otras en inferencias, otras en testimonios. Buena parte de lo que sabemos no lo hemos verificado directamente: confiamos en autores, en instituciones, en comunidades de investigación. Esa confianza no es irracional, sino una forma mediada de racionalidad. El testimonio puede ser una fuente legítima de conocimiento, porque la dependencia epistémica de otros no es una debilidad del conocimiento humano, sino una condición estructural del mismo. Nadie empieza desde cero.

Pero la fe religiosa no se reduce a esa confianza cotidiana, la incluye y la desborda. Es un acto en el que convergen tres dimensiones: creer que algo es verdadero, creerle a quien lo afirma y confiar existencialmente en ello. Reducirla a una de esas dimensiones es empobrecerla. La fe, en este sentido, no infantiliza, sino que exige discernimiento. Supone evaluar la credibilidad de aquello que se cree: el testigo, la coherencia del contenido, su capacidad de dar cuenta de la realidad. No es una adhesión ciega, sino una confianza que se sabe expuesta al error y, por eso mismo, abierta a la revisión.

La racionalidad de la fe

Decir que la fe es racional no significa que pueda demostrarse como un teorema. Significa algo más preciso: que no es arbitraria ni contraria a la razón, y que puede dar razones de sí. La fe cristiana, desde sus orígenes, ha insistido en esto. La célebre expresión fides quaerens intellectum —la fe que busca entender— no es un eslogan devocional, sino un programa intelectual. La fe no se conforma con creer: quiere comprender aquello que cree. Anselmo de Canterbury, que acuñó la expresión, no pretendía reducir la fe a una demostración racional, sino explorar racionalmente aquello que la fe sostiene. La distinción importa: no es la razón la que funda la fe, sino la fe la que abre a la razón un horizonte que de otro modo permanece cerrado.

En este punto, el cristianismo introduce una tesis fuerte: que el fundamento último de la realidad no es irracional, sino inteligible. No es puro poder ni arbitrariedad, sino Logos. Esta afirmación tiene consecuencias. Si el origen de todo es inteligible, entonces la razón humana no es un accidente cósmico, sino una participación en algo que la precede y la trasciende. Esto no elimina el misterio, pero impide identificarlo con lo absurdo. El misterio no es lo que no tiene sentido, sino lo que tiene más sentido del que podemos abarcar.

Esquemáticamente la racionalidad de la fe podemos describirla en cuatro niveles:

1. No contradice la razón. No afirma lo lógicamente imposible. Puede superar lo que la razón alcanza por sí sola, pero no negarlo.

2. Se apoya en la credibilidad del testimonio. Desde Agustín de Hipona hasta John Henry Newman, la tradición cristiana ha pensado la fe como un acto en el que el juicio sobre la fiabilidad del testigo es central. Newman, en particular, desarrolló la idea de que los motivos para creer no operan como pruebas aisladas sino como convergencia de probabilidades: ninguna razón por sí sola es concluyente, pero el conjunto apunta en una dirección. Es el mismo tipo de razonamiento que usamos en historia, en medicina o en derecho.

3. Posee coherencia interna. No es una suma dispersa de afirmaciones, sino una visión articulada de la realidad, que puede ser examinada, criticada y desarrollada. No es irrelevante que algunas de las tradiciones filosóficas más sofisticadas hayan surgido en diálogo con la fe.

4. Tiene una pretensión de verdad que se somete a contraste existencial. No en el sentido de una verificación experimental, sino en su capacidad de iluminar la experiencia humana: el sufrimiento, la libertad, la justicia, el sentido. Una visión del mundo que no puede decir nada significativo sobre el dolor o sobre la muerte tiene un déficit explicativo importante.

Nada de esto obliga a creer, pero muestra brevemente que creer no es irracional.

Tener fe no es renunciar a pensar

Todo conocimiento supone algún tipo de confianza. No partimos de cero. Nos apoyamos en presupuestos, en tradiciones, en lenguajes que no hemos creado. Pero esa confianza no es acrítica. Puede y debe ser examinada.

Lo mismo vale para la fe. No consiste en aceptar cualquier cosa, sino aquello que aparece como creíble. Y ese juicio de credibilidad no lo hace una autoridad externa en lugar del sujeto, sino el propio sujeto en uso de su razón. Hay aquí algo que el fideísmo no puede reconocer y que la tradición cristiana ha señalado repetidamente: la fe que no pasa por el juicio del sujeto no es fe, es inercia cultural o presión social.

Por eso, la credulidad y el fideísmo son, para la tradición cristiana, deformaciones de la fe. El fideísmo —la idea de que la fe no necesita razones ni puede ser examinada racionalmente— no es una forma de fe más intensa, sino una fe más débil, porque no sabe decir por qué cree. Ya en Agustín de Hipona aparece esta crítica: creer sin examinar no es creer mejor, es creer peor. Es sustituir la búsqueda de la verdad por la comodidad de la adhesión. Y la comodidad, como se sabe, no es un criterio de verdad.

La fe se mueve entre dos riesgos. Por un lado, la credulidad que desemboca en superstición o fanatismo. Por otro, una concepción estrecha de la razón que reduce todo a lo verificable empíricamente y clausura otras formas de acceso a la verdad (cientificismo). Entre ambos extremos, la fe se entiende como una forma de conocimiento que no prescinde de la razón, sino que la exige, pero que tampoco se agota en ella.

Creer no es entregarse a lo irracional ni resignarse ante los límites del conocimiento. Es asumir que la realidad puede ser más amplia que lo que podemos medir, y que esa amplitud no es necesariamente opaca, sino, en parte, inteligible. Es una opción libre, pero no ciega. Y precisamente por eso, permanece siempre abierta a la pregunta.

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