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La fragilidad de la alegría inflable

La fragilidad de la alegría inflable
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La imposibilidad de reconstruir un hecho a partir de diversos relatos que den cuenta del mismo ha sido abordada por artistas de diversas áreas. Una de las formulaciones más aclamadas de esta práctica se concretó en el filme Rashomon, de Akira Kurosawa. En esta película, basada fundamentalmente en el relato En el bosque de Ryūnosuke Akutagawa, se intenta reconstruir en un interrogatorio policial el asesinato de un samurai a partir de testimonios de diversos testigos. Finalmente la contradicción entre los testimonios pone un límite infranqueable a la posibilidad de descubrir la “verdad”.

En esos mismos años se acuñaba la máxima existencialista de que la realidad es una “totalidad destotalizada”. Totalidad en tanto sí hay una verdad objetiva, pero destotalizada en tanto las experiencias subjetivas imponen diferencias infranqueables a la percepción de esa realidad. Las determinaciones de esa percepción, sin embargo, no son meramente individuales. Existen determinaciones de clase, por ejemplo, desde las que podemos agrupar esa destotalización de la percepción de la realidad.

Lo cierto es que ese relativismo epistemológico es una característica del discurso filosófico y cultural que entiende a la realidad como una experiencia fragmentada, y esa fragmentación comenzó a configurar formas expresivas también fragmentadas que dieran cuenta de esa concepción. De alguna forma las inquietudes del joven dramaturgo y director Bruno Acevedo Quevedo son herederas de ese relativismo, y esto se traduce en su obra. Fiel exponente de una generación que construye su percepción de la realidad inmerso en un mundo de experiencias audiovisuales y virtuales, la forma de construir su discurso estético es coherente a su experiencia vital, y Castillo inflado, estrenada recientemente en la Sala Vaz Ferreira, es un claro ejemplo de su búsqueda.

La obra parte de un hecho real, la muerte del niño Luciano Silveira en la fiesta de cumpleaños de un compañero de su colegio en diciembre de 2016. El cuerpo del niño apareció dentro de un inflable, y desde aquel momento las investigaciones sobre la muerte no han dejado de mostrar contradicciones entre los relatos de testigos directos, registros audiovisuales y testimonios de expertos. La decisión de partir de noticias reales ya tiene antecedentes en la obra de Acevedo Quevedo, por ejemplo en Ruido, estrenada en el 2018 en el Teatro Solís. Pero no son noticias al azar las que disparan la investigación artística de este creador: “No es que me interesa partir de cualquier noticia, tienen que conectar con mi experiencia personal. Me resultaría muy hipócrita escribir de lo que no sé, o embanderarme con una voz que no es mía. Yo trabajé en fiestas infantiles y esas historias individuales de la obra son pedazos de historias que viví durante los años en que trabajé en salones de fiesta, incluyendo en el que sucedió este caso”.

La idea original era explorar los límites entre ficción y realidad. Por eso Castillo inflado se piensa como un contraste entre testimonios audiovisuales que reconstruyen los hechos (ya de por sí contradictorios) y una representación teatral de esos mismos hechos. Y para profundizar el contraste los mismos personajes (animadores, padre y madre de cumpleañera, dueña de local) son interpretados por dos elencos distintos. De hecho la idea original era que el audiovisual apareciera con rostros pixelados, simulando más aún el ser una reconstrucción documental. Si bien para respetar a la familia se optó por dejar en claro el carácter ficcional del audiovisual el contraste entre lenguajes es claro. A la estética naturalista del audiovisual se opone una expresionista y recargada en la representación teatral. Paradojalmente, las coloridas escenas teatrales contienen momentos que más bien oscurecen la percepción adulta de las fiestas infantiles. El festejo se carga de animadores explotados, sobreestimulación sensorial de la infancia, reproducción de lo más retrógrado de los roles de género y nula “responsabilidad empresarial”.

Las formas se vuelven contenido. Los contrastes entre el lenguaje “artificial” y el que juega a ser “real” abren un espacio en que los límites se entremezclan. Los relatos contradictorios se traducen en estéticas antagónicas. En ese pastiche se superponen también la representación de un diálogo de whatsapp entre las dueñas de un salón de fiestas discutiendo sobre las condiciones de la venta del local (un diálogo real que fue brindado al autor por una de las protagonistas) y la voz de un locutor que narra las didascalias a modo de cuento infantil.

La superposición de realidad y ficción, de estéticas y de relatos incongruentes conforman un hecho artístico que da cuenta de su época desde un punto de vista conceptual. Sobre el resultado el autor señala: “Con lo que más me quedo conforme del trabajo es con el contraste que se genera entre el audiovisual y el hecho escénico. Y me di cuenta de que no es una obra para gustar sino para incomodar. Me pareció muy interesante ver como mucha gente se iba horrorizada por el grotesco que se generaba a través de la escena respecto a lo otro, como si estuviéramos faltando el respeto a la historia, cuando la intención era denunciar cosas que aunque parezcan satíricas quizá son más reales que esas más naturalistas que aparecen en el audiovisual”.

El problema que encontramos en este espectáculo, sin embargo, no pasa por incomodar, algo que siempre es un elogio en un hecho artístico, sino por la incapacidad por largos pasajes de captar la atención de la platea. Los diversos enfoques parecen no encontrarse en el pastiche. El propio autor señala que el diálogo de whatsapp no cumple con su objetivo, pero tampoco las didascalias narradas  logran poner un marco que incluya a la globalidad del espectáculo, quedando no como un aporte más al pastiche, sino como algo extraño al mismo. Tanto la decisión de abordar este tipo de historias (con la responsabilidad asumida) como la decisión de fragmentarlas en diversas estéticas son decisiones acertadas desde nuestro punto de vista. Quizá la falla esté en que esa experiencia fragmentada se expuso al espectador de forma teatralmente tradicional. Es decir, público en la platea y hecho artístico en un escenario frontal a la italiana. Diferentes plataformas ubicadas en un mismo plano. No sabemos aquí como resolver las dificultades que esta investigación plantea, pero estamos seguros de que Acevedo Quevedo continuará redoblando la apuesta. Y ya esperamos su próximo trabajo.

Castillo inflado. Dramaturgia y dirección: Bruno Acevedo Quevedo. Funciones: viernes y sábados a las 21:00. GEN (Andes 1128)

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.