Los amigos y colegas Adolfo “Fito” Garcé y Alejandro Guedes junto a Valentina Viera inauguraron hace poco un espacio que la conversación pública necesitaba: Vox Populi, un programa en streaming que aborda la política con la seriedad analítica de la ciencia política y la amplitud de quien sabe que los problemas no caben en una sola mirada. En su segundo programa se preguntaron por el fenómeno de los personalismos —Milei, Bukele, y la genealogía de los líderes que parecen gobernar solos, desde sí mismos, hacia sí mismos—. Esta columna intenta sumarse a esa conversación desde otra perspectiva: la filosófica. Un saludo fraterno y la admiración de quien celebra que existan espacios así.
Hay una pregunta que la ciencia política formula con precisión técnica —¿qué tipo de liderazgo es este?, ¿populismo, caudillismo? — y que la filosofía, en cambio, convierte en algo más preocupante y es: ¿qué imagen del ser humano hace posible que alguien quiera gobernar así, y que millones lo celebren con entusiasmo y admiración? En 2020, el filósofo francés Eric Sadin publicó L’ère de l’individu tyran —traducido al español como La era del individuo tirano—, un libro que no habla de dictadores ni de populismos en el sentido ordinario del término. Sin embargo, habla de algo anterior, más profundo y, en cierto modo, más inquietante: la producción cultural y tecnológica de una subjetividad que se experimenta a sí misma como instancia soberana, como centro irradiante del mundo, como la única medida válida de todas las cosas. En términos más sencillos, el individuo tirano no es el déspota que gobierna sobre otros, es, primero, el que se gobierna a sí mismo como si nada externo —ninguna institución, ninguna tradición, ninguna voz ajena— tuviera derecho legítimo a limitarlo.
Esta perspectiva invierte la dirección habitual del análisis. Generalmente preguntamos: ¿por qué aparecen líderes autoritarios? Sadin sugiere preguntar antes: ¿qué tipo de individuo los demanda y los consagra? No hay Milei sin mileiísmo subjetivo; no hay Bukele sin una ciudadanía que ya piensa y desea como individuos tiranos en escala doméstica. Son síntomas antes que causas y encarnan lo que buena parte del electorado ya es o desea ser. El votante no los apoya a pesar de su arrogancia, sino que lo hace precisamente por ella, y esa arrogancia es el certificado de autenticidad que el individuo tirano exige a su líder.
Ahora bien, ¿cómo surge este individuo tirano? Sadin rastrea cómo la modernidad tardía (en particular desde los años ochenta, con el triunfo del neoliberalismo como forma de vida y no solo como política económica) fue construyendo una figura antropológica nueva: el individuo que se concibe como empresa de sí mismo, como marca personal, como proyecto de autorrealización ilimitada. En este sentido, este individuo hereda la gramática del mercado, es decir, la competencia es el modo natural de relacionarse, el éxito propio valida al sujeto, el fracaso es personal e intransferible, y cualquier restricción colectiva es vivida como agresión. Lo que las ciencias políticas llaman “antipolítica” (el rechazo a los partidos, a las instituciones, a la mediación representativa) tiene aquí su mirada filosófica desde la premisa de que si soy soberano de mí mismo, ¿por qué habría de delegar mi voluntad en estructuras que no me representan al cien por ciento? Milei y Bukele son, desde esta perspectiva, síntomas antes que causas. Encarnan con una intensidad performativa extraordinaria aquello que buena parte del electorado ya es, o desea ser: individuos que no deben nada a nadie, que llegaron solos, que dicen lo que piensan sin mediaciones ni cortesías institucionales.
En este marco de análisis, las plataformas digitales y, más recientemente, la inteligencia artificial generativa, son infraestructuras ontológicas que fabrican individuos tiranos. Los algoritmos funcionan exactamente como el individuo tirano desea que funcione el mundo, organizando el universo en torno a sus preferencias, donde se devuelven sus convicciones amplificadas y eliminan del campo perceptivo todo lo que podría desafiarlo. Milei y Bukele no son buenos comunicadores que supieron usar las redes, si en cambio son figuras que surgen desde la lógica de las plataformas. El discurso de Milei —fragmentado, hiperbólico, sin matices— no es un defecto, es una adaptación perfecta al ecosistema de TikTok y Twitter/X. Bukele llevó esto a su consecuencia más extrema gobernando desde Twitter, donde anunció decisiones de Estado en 280 caracteres y convirtió la política en un stream donde él era el creador y la ciudadanía, sus seguidores. No es una anomalía del sistema, es la lógica del influencer aplicada al Estado.
Lo que se disuelve en este proceso es precisamente lo que hace posible la política democrática, es decir, la idea de un mundo compartido. Hannah Arendt lo formuló con precisión: la política existe en el espacio que se abre entre los seres humanos, en aquello que no es propiedad de nadie y que obliga a la negociación y al compromiso. El individuo tirano coloniza ese espacio con su propia subjetividad. Y la IA lo acelera porque cuando todo puede ser fabricado, nada puede ser creído, excepto aquello que el individuo tirano ya quería creer. Pero si el problema es el tipo de sujeto que nuestra época fabrica en serie, entonces la tarea política se convierte también en una tarea cultural y filosófica de largo plazo, sin atajos, sin interfaces amigables. Exactamente el tipo de tarea que el individuo tirano no quiere hacer. Quizás por eso vale tanto la pena hacerla.







