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Sudamérica a la espera por Ruben Montedonico

Sudamérica a la espera  por Ruben Montedonico
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Lula da Silva viajó la semana pasada a China Popular y firmó más de una decena de acuerdos de cooperación sin que ninguno de ellos implicara contenido o transferencia de tecnologías referidas a algo militar.
En sus expresiones el brasileño expuso su óptica acerca de los inconvenientes que genera que la mayoría de las transacciones comerciales internacionales se hagan con base en el dólar estadunidense, lo que redunda en beneficios únicamente para los emisores de la moneda. Lula hizo un planteo que originalmente, de manera limitada, había expresado en Argentina: apuntó a que Sudamérica negocie en una moneda común que bautizó como Sur. Cohabitaría con los signos monetarios de los países y así respetaría la soberanía de cada integrante.
Esta idea va de la mano con la declaración reiterada del mandatario acerca de que su gobierno no es contrario al de la Casa Blanca y el espacio latinoamericano respetará los acuerdos comerciales heredados al tiempo que declara su neutralidad comercial hacia las relaciones presentes y futuras que mantengan las naciones integrantes. El exdirigente metalúrgico -tenido como el vocero más destacado de la región- no ignora que las encuestas de CEPAL, revelaron multiplicados por 22 entre principios de siglo y 2012 el intercambio con la región y, seguramente, su cancillería le estará aportando las cifras en que creció desde aquella fecha hasta ahora, a pesar de la reducción del impulso exportador-importador asiático y los dos años de pandemia.
Lula hizo propicia su visita para invitar a Xi a visitar Brasil, principal promotor a través de las naciones del subcontinente -en especial las del Mercosur- del relacionamiento comercial con China Popular, que es una forma de acercarlo a los BRICS. Estos son un organismo internacional dirigido desde el Pacífico y, fuertemente, por las necesidades de China Popular. Pensado para ser una palanca de impulso del expansionismo proclamado desde Pekín y conocido como nueva Ruta de la Seda -de varios senderos- aspira al ingreso de 15 naciones de tres continentes a su asociación.
Para Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, con tono diplomático que sobrevuela sobre algunas realidades, sostuvo que la estabilidad financiera de los BRICS constituye una externalidad positiva para la economía global. Entretanto, el escritor uruguayo Jorge Majfud mucho más cáustico, reflexiona y dice «creo que los latinoamericanos están, por lo menos, unos siglos atrasados en cuanto a una reparación económica por las democracias destruidas y por las dictaduras impuestas a punta de cañón».
Desde Moscú, uno de los fundadores de los BRICS, presenta -a través de un vocero del partido en el gobierno- lo que se piensa de Brasil: “actúa como representante de aspirantes sudamericanos a la membresía de la asociación. Al no tratarse solo de una guerra comercial, sino que incluye todos los aspectos imaginables con que cuenta este momento y otros que sobrevendrán ante el avance científico, su aplicación tecnológica y un nuevo mundo del trabajo -como continuación del actual asalariado- Washington intenta proteger sus menguantes dominios territoriales del avance oriental, mientras mantiene el más poderoso poder militar, en tanto Pekín progresa en el campo exportador y en los dominios crediticios bancario-financieros, que acompasan a sus apetitos neo-dominantes.
Mientras la potencia Occidental procura la defensa-ofensiva en el Pacífico fortaleciendo a Surcorea, Japón y confirmando sus compromisos con Taipei, -secundado por su socio inglés e involucrando cada vez más a la dócil Australia- la competencia Oriental avanza con sus planes en Europa, África y América e incorporando nuevas armas a su ejército, el que mantiene reunido territorialmente bajo el mando único del PCCh.
Gary Hufbauer, experto del Instituto Peterson de Economía Internacional y un excargo superior del Tesoro de EE.UU hasta los 70 del siglo pasado, considera que “como ocurrió en la Guerra Fría, ambos bandos van a buscar aliados para reforzarse, pero China tiene más habilidad para eso”, decía en 2020, en tiempos de Trump. Más adelante confesó que “Rusia atrajo aliados con la ocupación militar. Pekín no lo necesita, [el presidente chino] Xi está usando la economía para poner a otros países en su órbita”. Esta es una de las primeras voces estadunidenses -de alguien muy calificado- que admite que su país está desarrollando una nueva Guerra Fría, dirigida ahora contra su principal competidos mundial: China.
La situación habida en los años 60, en medio de la primera Guerra Fría, donde la URSS y China se distanciaron de una manera que parecía irreversible, llevó a la Casa Blanca a hacer enormes concesiones a Pekín, sobresaliendo el respaldo en inversiones y coproducciones a sectores débiles, todo con el fin de ensanchar la grieta con Moscú y procurar el aislamiento de este como su rival militar.
La sucesión de hechos en Asia y Medio Oriente con participación occidental y preeminentemente estadunidense, hicieron dejar a China en posibilidad de buscar un camino comercial propio de expansión, iniciando con la desaparición de Mao, el control de “banda de los cuatro” y los cambios de Deng Xiaoping (continuadas por Jiang Zemin y vueltas a reformar por XI) hasta que Washington percibió que pese a la caída del Muro y la implosión del mundo dicho socialista no llegaba un tiempo de amplio dominio, sino del inicio de una competencia planetaria a todo nivel, en todos los continentes.
Hoy los latinoamericanos nos enfrentamos con un imperio que quiere que permanezca vigente su reducto de “América para los americanos (estadunidenses)” y una nación que ya hecho raíces en África, tiene aliados nuevos en Oriente, hoy disputa hasta lo que los gringos suponían era “su patio trasero”. Vendrán años difíciles -quizá décadas- pero los dados favorecen a Oriente, por ahora. La democracia liberal (las cúpulas de progresistas y derechistas) definirán el futuro del subcontinente, ante la falta de proyectos de los de abajo.

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