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Uruguay, mañana por Luis Nieto

Uruguay, mañana por Luis Nieto
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No se trata de “mañana porque hoy es tarde”, ni “el lunes empiezo”. Antes oímos muchas veces: “el último que se vaya que apague la luz”, o “hermano, no te vayas, ha nacido una esperanza”, y al empezar la larga crisis: “o gana la UBD o todo sigue como está”. Esa ingeniosa frase inauguró casi setenta años de desvaríos y desesperanza sistemática.

La desaparición de la dictadura nos traería el país con el que habíamos soñado, pero no fue así. Por ese sueño tantas familias sufrieron en carne propia el sacrificio de perder a sus hijos, muchos de ellos sin dejar rastro, algunos recuperados tras largos años de exilio o cárcel, y lo peor, el precio que el país pagó por esos absurdos  doce años en pérdidas institucionales, en la desaparición del ascensor social vía educación gratuita, en empobrecimiento de la salud pública, y un largo etcétera.

Desde 1985 gobernaron unos, luego otros, más tarde los primeros, por fin los que faltaban, pero nada de eso enciende el fuego de los corazones orientales, como no sea la esperanza en la celeste. Los jóvenes se siguen yendo, a donde pueden. En muchos casos no es por una razón económica. Si encontrasen aquí lo que necesitan igual viajarían, para ver otras cosas, para aprender algo más, para apartarse por unos días de la aldea, porque esta es su tierra, su  posibilidad de transformarla en el país más lindo del mundo. Aquí viven los abuelos, la tía Maruja, la que nos hace los mejores pasteles, los primos, los compañeros de clase con los que arrancamos juntos en preescolares. ¿Qué maldita niebla nos impide ver a lo lejos?

La reflexión tendría que titularse: “El Uruguay del mañana”, porque algo de luz debería entrar por algún lado.

Otros países invierten para transformarse en tal o cual cosa. ¿Qué queremos ser cuando seamos grandes? ¿Por qué no soñamos con ser un país verde, por ejemplo? ¿Un país que piense y se obsesione con el porvenir que le pueden dar sus recursos naturales y culturales, y trabaje, periodo electoral tras periodo electoral hasta conseguirlo?

¿Está convencido el sistema político que las grandes obras no las termina un único gobierno, sino, por el contrario, es resultado de una mirada de largo plazo, que excede los que le concede la Constitución? ¿No estará haciendo falta que el sistema político se cuestione a sí mismo?

¿No habrá llegado el momento que el sistema político se cuestione la negativa a la reelección del Presidente? ¿Por qué es mala la reelección? En un continente permeado por el populismo, donde la voluntad de los ciudadanos emite una débil señal, resulta una peligrosa tentación, pero Uruguay mantiene un apego notorio a la democracia, lo ha demostrado.  A partir de 1966, con el cambio del colegiado al presidencialismo también cambió el período de gobierno de 4 a 5 años. La  extensión del período buscaba darle al Presidente un año más para ejecutar su proyecto. En los hechos, ni siquiera consiguió apaciguar la fiebre electorera, sin que, en los hechos, se produjera una mirada de más largo plazo en el ejercicio de gobierno. ¿Por qué no volver al período de 4 años con reelección? La elección de medio término permitiría un examen a la actuación gubernamental sin el estrés del todo o nada, y le daría al gobierno una posibilidad real de completar políticas de largo plazo

¿No habrá llegado el momento, por ejemplo, que el sistema político se replantee las elecciones primarias, o internas, si, en los hechos, existe la posibilidad de que se materialice una incidencia  en las internas de otras fuerzas, y con ello una merma decisiva de la calidad de la democracia? ¿No sería más sano, para el sistema político, que las instituciones de cada colectividad elijan, por medio de su actividad interna, al candidato que reúna la mayoría de los votos, genuinamente? No es posible confiar en los mecanismos democráticos si se contamina el propio proceso electoral con dudas de que la voluntad de elegir a sus propios candidatos, pueda estar manipulada por un sector que no tenga la intención de votar a los candidatos de su partido. La elección de los candidatos es el primer paso de un proceso democrático que debe consolidar la confianza en quienes representarán a la ciudadanía. Una democracia sana nace de la transparencia de los procedimientos.

¿No habrá llegado el momento que el sistema político revise la necesidad de un Parlamento bicameral? En los hechos, el Senado retacea el carácter representativo de la Cámara. El Partido Independiente promocionó una reforma constitucional en ese sentido pero se quedó sin fuerzas para llevarla a plebiscito. El Parlamento le ha dado la fisonomía de este país, que comenzó su vida democrática en aquel Congreso de Abril, cuando Artigas proclama ante los representantes de los diversos pueblos: “Mi autoridad emana de vosotros, y cesa ante vuestra presencia soberana”. Los hechos de armas son como un golpe de puño sobre una mesa, pero los actos cívicos revelan el temple de una comunidad para encarar su futuro. Las Instrucciones del Año XIII son mucho más que la palabra de la conducción política de una nación sino la representación de los pueblos  que la componen, es el perfil social de lo que somos hoy, y, quizás, el nacimiento del primer Parlamento oriental. ¿Qué sentido concreto, práctico, le agrega el Senado a la actividad parlamentaria, sino un desvío de la función representativa, y la relación entre ciudadanía y su nexo directo y de calidad representativa en el Estado?

Estamos frente a un nuevo proceso electoral y sólo se habla de crisis, de los 2500 millones de dólares que tenemos que pagar cada año, de que hay que aplicar mano dura. La democracia está enferma, y no lo vemos.

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