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El sabor amargo de la decepción

El sabor amargo de la decepción
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Tully (Tully), USA 2018. Dirección: Jason Reitman. Libreto: Diablo Cody. Fotografía: Eric Steelberg. Música: Rob Simonsen. Con: Charlize Theron, Mackenzie Davis, Ron Livingston, Mark Duplass, Emily Haine. Estreno: 21 de junio. Calificación: Regular.

Tully se ubica en una inconfundible propuesta del cine indie estadounidense, la de estudiar la formación y cotidianeidad de una familia trabajadora típica, donde los roles y las situaciones parecen claramente definidos: vida acelerada, con el hombre que trabaja para sostener al núcleo parental, y la mujer encargada del hogar y los hijos. Por eso, a nivel superficial, la historia de la película exhibe una dificultad normal con una solución obvia: una madre (Charlize Theron), atareada con el cuidado de dos hijos y un tercero recién llegado, contrata a Tully, una niñera nocturna (Mackenzie Davis). Desde ese punto de partida uno espera que surja el conflicto, pero éste nunca llega, lo cual en este caso no es un demérito, porque el film dedica sus minutos a explorar el personaje de Charlize, mujer frustrada por el aburrimiento de su vida cotidiana, que pasa sus días entre la dejadez y la depresión. Para colmo, su marido (Ron Livingston) es un buen tipo que la quiere, pero también es un insulso que la desatiende casi por completo.

Un punto a favor de Jason Reitman como cineasta y narrador es que mediante las imágenes que vemos podemos empatizar (e incluso identificarnos) con el malestar de la protagonista. Por eso, cuando la niñera Tully se revela como un espíritu joven, libre y excitante, las charlas entre esas dos mujeres terminan por convertirse en una suerte de ritual reparador en el que se instala un vínculo muy fuerte, con el cual Reitman resalta la etapa menos glamorosa de la maternidad y el posparto. Hay que decir también que a esa fuerte sensación dramática colaboran muchísimo Charlize y Mackenzie, dos actrices excelentes que por sí mismas instalan en pantalla las características de una película que pudo haber sido definida como una amarga y certera comedia dramática. Otro puntal es la banda sonora, utilizada de manera muy sutil, es decir ubicada en forma suave al inicio de las escenas y ganando protagonismo a medida que los sucesos transcurren.

Pero Tully deja un amargo sabor de decepción, porque su talón de Aquiles tiene nombre y apellido: Diablo Cody, responsable de un libreto que va de lo mediocre al desastre. No es aconsejable revelar cosas fundamentales de la anécdota al lector, pero haciendo malabarismos debo decir que -con el film a la vista- cualquiera puede advertir una serie de falacias que no resisten la más mínima lógica interna. Por sólo citar una, la más gruesa: el rol de la niñera nocturna tal como aquí se lo muestra (velar por el bebé y llamar a Charlize de madrugada para amamantarlo) no tiene sentido alguno. ¿Por qué? Porque Charlize genera litros de leche materna, que envasa y guarda con cuidado en la heladera. Por tanto, despertarla y privarla de descanso es un despropósito, ya que basta con que Tully abra la heladera para que ella misma pueda alimentar al bebé.

De disparates como ese está llena Tully, aunque el espectador podría obviar esa falta de lógica interna, ya que todo está narrado con una honestidad a prueba de balas y con dos labores femeninas estupendas. Pero no contenta con ello, Diablo Cody vuelve a las andadas con una vuelta de tuerca final, que en los papeles puede parecer ingeniosa pero en los hechos resulta un verdadero desatino, lo cual revela claramente que ni Diablo ni Reitman revisaron el guion al decidir terminar así el film. Lo que sucede al final (que no debe revelarse en una nota) está reñido con un diálogo que mantiene el marido y su cuñado mientras Charlize y su hija cantan en karaoke, en una escena ubicada media hora antes. Es una pena que un libreto torpe sabotee su propio mensaje y anule su potencial dramático dando vuelta de campana (mal) a la película. Diablo Cody no es Christopher McQuarrie, y Tully no debió querer ser Los sospechosos de siempre.

Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".