La guerra de Irán ha dejado en evidencia el ciclo decadente de quienes, de una forma u otra, han marcado la política global desde los años 40 en adelante. Pero esta obsesión bélica, asumida como una carrera corta para recuperar terreno, ha desnudado la pérdida de influencia de Estados Unidos en todo el mundo y agravando las tensiones con países ya cansados-agobiados por el segundo mandato del presidente Donald Trump. Un presidente que a pesar del coro de “palmeros” no para de erosionar el poder del que fuera un verdadero imperio. Mientras, los demás países hacen su juego, se plantean nuevas estrategias concentradas en independizarse de esa cargada del pasado, de disminuir sus cotos de seguridad para liberar recursos para afrontar sus propios factores críticos como educación, salud, vivienda e inmigración. Crisis que cuestionan al sistema en su conjunto, difíciles de revertir, y que no se limitan a cuestiones domésticas. Los de afuera, no son de palo, también se la están jugando.
Thomas Wright, exfuncionario del Consejo de Seguridad Nacional, advirtió que la vacilación y la falta de claridad de la administración generan incertidumbre: “los aliados no saben qué creer, los adversarios no saben qué temer”, señalando un daño estratégico a la credibilidad estadounidense frente a Europa y competidores globales.
También en esta línea crítica, Tommy Pigott, portavoz del Departamento de Estado, reconoció que la guerra ha alimentado narrativas antiestadounidenses en varios países y advirtió sobre riesgos para las relaciones diplomáticas y la influencia estadounidense en regiones sensibles, incluida la península arábiga y estados musulmanes.
Chris Wright, secretario de Energía, ha enfatizado que la posición de EE. UU. como exportador neto de energía le da influencia en el corto plazo, pero sus comentarios también reconocen que la guerra ha forzado a Europa y a países árabes a buscar alternativas energéticas y a recalibrar alianzas.
En una columna de la revista especializada Council on Forreign Relations se nos recuerda que la acción militar estadounidense‑israelí no fue consultada ampliamente, provocó choques políticos con gobiernos europeos y creó presiones sobre la seguridad energética y la cohesión de la OTAN.
Tanto desde voces oficiales que se caracterizan por cierta independencia de criterio, así como exfuncionarios, coinciden en que la guerra ha dañado la credibilidad y la capacidad de Estados Unidos para alinear a sus aliados, especialmente europeos, y ha reforzado narrativas antiestadounidenses en el mundo árabe. Adicionalmente, algunos responsables políticos de primera línea insisten en defender la acción por razones de seguridad y ventaja energética a corto plazo.
6 debilidades que les preocupan
Más allá de los matices, existe un amplio consenso en que Trump ha quedado políticamente debilitado por la guerra contra Irán. Sus aliados europeos muestran distancia y desconfianza, incluso no pocos han confrontado públicamente con duras argumentaciones. También actores árabes y regionales recalibran la intensidad de las relaciones así como procuran no mostrarse junto a cualquier representante del gobierno de Trump. También la narrativa de liderazgo estadounidense se ha erosionado, y encuentra poco o ningún eco.
Pero ¿cuáles son esas debilidades? A saber:
1. Europa fragmentada y desconcertada. Varios gobiernos europeos reaccionaron con cautela y sin coordinación tras la operación contra Irán, lo que revela una pérdida de confianza en la consulta previa de Washington y una mayor voluntad de actuar de forma autónoma.
2. Percepción de debilidad estratégica. Analistas e inversores privados e institucionales europeos interpretan la campaña como un retroceso estratégico que refuerza la impresión de que la administración no puede imponer sus objetivos, lo que debilita la posición negociadora de EE. UU. frente a aliados y rivales.
3. Deterioro reputacional frente al mundo árabe. La ofensiva ha alimentado narrativas antiestadounidenses y ha obligado a gobiernos del Golfo y del sur de Asia a buscar equilibrios más cautelosos entre seguridad y opinión pública regional.
4. Erosión de la cohesión transatlántica. La falta de consulta y la rapidez de las decisiones han provocado fricciones con socios clave, como los casos de Reino Unido, Francia, Alemania, y han promovido debates internos en la Unión Europea para elaborar y definir acerca de una mayor autonomía estratégica.
5. Impacto en la credibilidad presidencial. Observadores políticos sostienen que la guerra ha reducido la capacidad de la Casa Blanca para “alinear” a aliados en futuras operaciones, porque los socios dudan de la previsibilidad y del compromiso estadounidense.
6. Reacción pragmática: diversificación y contención. Ante la incertidumbre, países europeos y estados árabes aceleran medidas de diversificación energética, cooperación regional y canales diplomáticos alternativos para proteger intereses sin depender exclusivamente de Washington
El imperio en su esplendor
La estructura militar global de Estados Unidos con sus bases, flotas, fuerzas desplegadas y cadenas logísticas en decenas de países exige presupuestos anuales enormes para personal, mantenimiento, transporte y operaciones, además de gastos ocultos en contratos, arrendamientos y apoyo a aliados. Con los años, ha condicionado las prioridades políticas y económicas, desviando recursos de salud, educación e infraestructura civil hacia la seguridad y la proyección de poder. La inversión en armas de alta complejidad eleva aún más los costos en I+D.
El planteo que se transformó en exigencia y luego en fracaso de Trump para que los aliados europeos dediquen el 5% del PIB en gastos de defensa, con especial foco en armamento de alto costo, fue un intento desesperado y vulgar, tal la condición de este presidente, de ordenar y ser desairado.
Trump y Estados Unidos continúan perdiendo incidencia y cada vez se hace más difícil para sus aliados sostenerse en pie y a su lado. Algunos países optaron por una autonomía estratégica y medidas propias en lugar de alinearse con la exigencia, lo que limitó la capacidad de Trump para convertir la demanda en un resultado colectivo.
La presión pública y la retórica de ultimátum ya cansó y hartó a propios y ajenos. Cada día precipita un desenlace que no sabe cómo evitar porque ha dado muestras de no entender ni comprender. Sólo ha logrado reducir la confianza de los pocos aliados que le van quedando.
Lo que ha logrado es exponer la cara más decadente del ocaso. Otros esperan serenos la nueva aurora.







