Jürgen Habermas, uno de los grandes filósofos del siglo XX y comienzos del XXI, por cuyo reciente fallecimiento se han publicado incontables artículos[1], publicó en sus años de retiro una obra muy original sobre la historia de la filosofía. Y es algo inusual que un pensador sistemático como Habermas, nos ofrezca algo así, y ha logrado una brillante genealogía del pensamiento filosófico occidental. El primer volumen de esta historia de la filosofía lleva por subtítulo La constelación occidental de fe y saber. Con él Habermas anuncia la pregunta conductora de su recorrido: ¿cómo llegó el pensamiento secular a ser lo que es? ¿Cuáles son las raíces de nuestra racionalidad posmetafísica? Y, sobre todo, ¿qué papel desempeñó el cristianismo en ese proceso?
La obra comienza con una reflexión sobre la situación actual de la filosofía, amenazada por la especialización cientificista y tentada de abandonar su vocación comprehensiva. Yo diría metafísica, aunque a Habermas no le hubiera gustado ese término para ello, y este asunto queda pendiente para próximos artículos. Lo fundamental aquí, más allá de los términos usados, es que para Habermas la filosofía traicionaría lo que le es propio si renunciara a mantener una referencia holística a la necesidad de orientación de los seres humanos. Pero esta vocación no puede sostenerse sin que la filosofía se cerciore de su propio contexto genético, sin una autorreferencia histórica que la retrotraiga hasta las raíces de las que surgió. Y esas raíces no son solo griegas, sino de manera decisiva, también bíblicas y especialmente cristianas.
Una filosofía que se interroga a sí misma
El argumento filosófico central del libro es que la filosofía occidental, en su figura posmetafísica y secular, no se constituyó al margen del cristianismo ni simplemente a pesar de él, sino en diálogo productivo y también tenso con sus contenidos. Habermas lo llama una «ósmosis conceptual» y la presenta como el hilo conductor de toda su genealogía. Durante más de un milenio la filosofía fue ejercida por teólogos que no solo configuraron la dogmática cristiana con conceptos filosóficos, sino que también, en dirección contraria, introdujeron en la filosofía un nuevo horizonte para pensar, a partir de la apropiación crítica de motivos teológicos, nuevos conceptos y lenguajes. El resultado de este proceso fue que contenidos semánticos de origen bíblico fueron trasladados a los conceptos fundamentales del pensamiento posmetafísico. Mientras que la cosmología griega fue finalmente erradicada, ciertos núcleos semánticos de origen bíblico sobrevivieron, transformados y depurados en el corazón mismo de la filosofía moderna. El tema de la libertad racional, los conceptos fundamentales de la filosofía práctica, la noción de dignidad individual y la conciencia del tiempo histórico le deben algo esencial al encuentro entre la razón griega y la fe bíblica.
Esta tesis es más significativa porque proviene de un filósofo que practica lo que él mismo llama un «ateísmo metódico» y que en ningún momento pretende rehabilitar teológicamente esos contenidos. De hecho, es conocido por todos que Habermas no es un apologeta del cristianismo, sino un testigo filosófico que reconoce la deuda sin tener ningún interés confesional en hacerlo.
Los procesos de aprendizaje mutuo.
La categoría teórica con la que Habermas articula esta relación es la de «procesos de aprendizaje». La filosofía aprendió de los desafíos que le planteó el encuentro con la tradición bíblica y cristiana, y esos aprendizajes dejaron huellas estructurales en la racionalidad misma.
El primer gran momento de este aprendizaje lo sitúa en el encuentro del cristianismo primitivo con el helenismo, donde el esfuerzo por expresar el mensaje evangélico sobre la persona de Jesús en categorías de la metafísica griega no fue un ejercicio de mera traducción cultural como algunos afirman, sino de enriquecimiento mutuo que forzó a la filosofía a explorar dimensiones que no había sabido tematizar.
Habermas dedica especial atención a Agustín de Hipona como una figura bisagra. Con los temas del pecado original y la predestinación, Agustín saca a la luz la problemática del libre albedrío e impulsa una discusión cuya creatividad conceptual traspasará los límites de la propia filosofía cristiana. Más todavía, al dirigir la atención hacia la conciencia interior del tiempo, hacia la subjetividad de un alma que lucha con Dios por su salvación, Agustín abre un ámbito de experiencias que la filosofía griega había dejado en las sombras. La anamnesis platónica es ahora reorientada, porque ya no se trata de contemplar las ideas eternas, sino de reconstruir racionalmente las operaciones de una subjetividad que actúa, busca, sufre y espera. En este giro agustiniano hacia la interioridad hay un anticipación de lo que siglos después Kant elaborará como filosofía trascendental.
Tomás, Duns Escoto y Ockham.
El análisis de Habermas sobre la escolástica medieval es particularmente iluminador para comprender cómo el pensamiento cristiano impulsó la racionalidad en direcciones nuevas y decisivas. La recepción de Aristóteles en el siglo XIII fue una transformación radical del mismo bajo condiciones teológicas nuevas. Tomás de Aquino, al insertar la metafísica aristotélica en el marco de la doctrina cristiana de la creación preparó el camino para el surgimiento de la filosofía práctica moderna.
Un pasaje especialmente revelador del libro es el dedicado a Duns Escoto y a Guillermo de Ockham, donde Habermas muestra cómo son precisamente motivos teológicos como la contingencia de la creación y la libertad divina, los que dan lugar a reflexiones filosóficas sobre la individualidad y la contingencia del acontecer intramundano, abriendo así el camino hacia el pensamiento científico moderno.
Ockham al introducir en la esfera política el concepto de «libertad cristiana» y traducirlo en términos jurídicos de igualdad y autogobierno popular, infiltra una idea revolucionaria en el orden del derecho positivo. La noción de que una dominación legítima solo puede ser una dominación sobre iguales y libres no es una conclusión de la razón griega, sino que tiene raíces profundas en la comprensión bíblica de la persona humana como imagen de Dios y en la fraternidad universal que predica el evangelio.
Lutero y el umbral del pensamiento posmetafísico
El análisis de Lutero es uno de los momentos más llamativos del libro, donde el filósofo alemán ve en la Reforma no una ruptura con la herencia filosófica, sino su aceleración y su transmisión bajo nuevas condiciones. Lutero, al desacoplar la fe del saber y romper la síntesis escolástica, no cierra el discurso sobre fe y razón, sino que lo remite a la filosofía como una herencia que ella deberá gestionar por cuenta propia. Al concentrar la experiencia religiosa en la subjetividad de un alma que se sabe radicalmente ante Dios, Lutero dramatiza el ámbito de la experiencia que no puede ser comprendido desde la actitud epistémica del observador imparcial, sino únicamente desde la actitud performativa de quien actúa comunicativamente.
Y es aquí donde traza una de las líneas genealógicas más audaces del libro, donde la esfera de la conciencia trascendental en Kant, ese ámbito de la subjetividad legisladora que resulta irreductible a la observación objetivante, es la secularización filosófica del espacio interior que Lutero había pensado como el lugar del encuentro entre el pecador y el Dios Salvador. «Para Kant, el lugar de la comunicación entre pecador y salvador es ocupado por la actividad legisladora de la razón.» Se revela claramente que la autonomía moral kantiana tiene una prehistoria teológica sin la cual no puede ser comprendida en toda su magnitud.
La pregunta por la filosofía hoy
Todo este recorrido histórico lleva a preguntarse: ¿qué puede y debe ser la filosofía hoy? Su respuesta implícita es que una filosofía que ignore su herencia genética está condenada a no comprenderse a sí misma. El pensamiento posmetafísico se originó en el curso de una larga y fecunda controversia con tradiciones religiosas, de las cuales extrajo contenidos semánticos que luego racionalizó y sometió a las exigencias del discurso argumentativo moderno. La filosofía no se originó por un giro limpio de la razón que dejó atrás la fe como una etapa superada e irracional, como han instalado diversas derivas del positivismo. Sino que como el mismo Habermas ha sostenido décadas atrás, en las tradiciones religiosas persisten contenidos semánticos «no amortizados», es decir, potenciales de sentido que el pensamiento secular todavía no ha logrado articular de manera equivalente, como la conciencia de la finitud radical del ser humano, la solidaridad con las víctimas inocentes, la demanda de una justicia que trascienda el presente y la experiencia de ser reconocido incondicionalmente como persona. Una filosofía que cierra sus oídos a estas voces, por un secularismo metodológico mal entendido, empobrece sus recursos para orientar a los seres humanos ante los desafíos de la modernidad.
Su genealogía es una invitación a que la filosofía recupere, con plena conciencia crítica, la amplitud de su propia herencia. Obviamente no le interesa a Habermas reinstalar concepciones religiosas en el discurso secular, sino que no olvidemos que los conceptos con los que pensamos (libertad, autonomía, dignidad, historia, responsabilidad) llevan inscritas las huellas de un largo diálogo entre la razón griega y la revelación bíblica. Y es que la razón filosófica occidental no se forjó en el vacío, sino en el crisol del encuentro entre Atenas y Jerusalén. La constelación de fe y saber que da título a este primer volumen, es el origen de nuestra forma de pensar.
El pensamiento posmetafísico es, en buena medida, teología secularizada, en el sentido de una transformación fecunda que necesitó de ese origen para poder llegar a ser lo que es. Por ello creo que el valor de este libro no reside solo en su erudición histórica, sino en la pregunta que lo anima: ¿qué puede todavía ser la filosofía si quiere seguir a la altura de su vocación de ilustración racional? La respuesta que surge es apostando a una filosofía que no ignora su herencia y que dialoga con las tradiciones religiosas.
La lectura de este primer tomo es una experiencia filosófica significativa, porque uno avanza en las páginas como un testigo de uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo, que se pregunta por los fundamentos, y descubre que son más amplios y más antiguos de lo que cierta lectura de la modernidad suele admitir.
Fuente: Habermas, Jürgen. Una historia de la filosofía. Volumen 1: La constelación occidental de fe y saber. Editorial Trotta, 2023.
[1] En Voces: https://semanariovoces.com/jurgen-habermas-la-modernidad-inconclusa-por-miguel-pastorino/







