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Un cuento de amor, de locura y de muerte por Hoenir Sarthou

Un cuento de amor, de locura y de muerte por Hoenir Sarthou
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¿El odio es un sentimiento más fuerte que el amor?

Durante mucho tiempo creí que sí. Todavía lo pienso a veces. Uno ve demasiado a menudo al amor convertirse en odio, y nunca al odio convertirse en amor.

Sin embargo, la vida, con sus vueltas, a veces hace sospechar que las cosas son más complejas. Quizá lo que llamamos amor y odio sean dos caras de una misma moneda, estados opuestos de una misma sustancia emocional. No lo sé con exactitud, pero los dos aparejan una fuerte dependencia del ser amado u odiado, la dependencia más fuerte que es posible concebir. Por amor o por odio se llega a sacrificar la propia vida. Casi no hay otro sentimiento por el que lleguemos a tanto.

Lo ocurrido en la localidad de Quebracho, el hombre que mató a su suegra y al policía que intentó detenerlo, para después incendiar la casa de la nueva pareja de su mujer y terminar suicidándose, es una extraña historia que seguramente involucra amor, odio, desprecio, carencia cultural, despecho, soledad y frustración.

Si usted cree que el caso se resume en la fórmula “hombre machista quiso matar a su mujer porque la consideraba suya y se suicidó para llamar la atención y tener la última palabra” mejor no siga leyendo. ¿Para què? Si lo tiene todo claro. No se abra a la duda. ¿Para qué complicarse con complejidades humanas? Es más fácil juzgar, condenar, y esperar a la próxima muerte.

En cambio, si cree que el caso merece otra mirada y que puede arrojar luz sobre lo que realmente ocurre en los, por desgracia, frecuentes “femicidios”, lo o la invito a acompañarme en las siguientes reflexiones.

Poco a poco los hechos van trascendiendo y se conocen nuevos aspectos de la vida de todos los involucrados en los sucesos de Quebracho. Además de lo que difundió la prensa, un amigo me ha hecho llegar testimonios directos de vecinos de la pareja, también vecinos del tercero en discordia y de la suegra  y el policía asesinados.

Todos los testimonios indican que el homicida era un hombre tranquilo, muy trabajador, reservado, que iba “de su casa al trabajo y del trabajo a su casa”, y al que no se le conocían vicios ni actos de violencia. Todos coinciden en que era muy apegado a su pareja y en que ella no lo era tanto hacia él. También coinciden que que, desde la separación, en  los tiempos previos al doble homicidio, se había quedado sin casa, sin auto, sin ahorros y sin ver a su hija. Además afirman que se sentía humillado por actitudes públicas (insultos, burlas) que recibía de su ex mujer y del novio de ésta. Para que el tango estuviera completo, hay fotos de él y de su ex pareja, previas a la separación, en las que también aparece el ahora novio de la mujer, como amigo de los dos.

Hay varios aspectos extraños en el episodio. Uno es que cabe dudar de que la intención del matador fuera realmente asesinar a su ex pareja. En un pueblo de tres mil habitantes, no debía resultar difícil ubicarla si la intención era matarla. En lugar de eso, mató a su suegra y al policía que intentó detenerlo y después, muy probablemente, fue a matar al novio de su ex mujer, aunque no lo encontró y terminó por  incendiar su casa, para luego esconderse en el monte y finalmente suicidarse. El otro hecho llamativo es que, en los días en que estuvo prófugo, dejó escritos  varios mensajes, sobre todo dirigidos a su mujer y a su hija.

Raras veces tenemos la posibilidad de conocer lo que pasa por la mente de quien comete esta clase de delitos. A menudo se matan, o, si no, son encarcelados y nadie se ocupa de investigar los procesos mentales por los que hicieron lo que hicieron.

En este caso, algunos de los mensajes que escribió mientras estuvo prófugo resultan reveladores. Son, insólitamente, declaraciones de amor a su mujer y a su hija. También reproches hacia la mujer: “Te daba todo lo que me pedías. Me mataba trabajando para que no te faltara nada”. Los reproches demuestran desconcierto  y un casi infantil desconocimiento del corazón humano, que,  en materia de amor y de deseo, no se rige por obligaciones y deberes. Hay también mensajes de arrepentimiento por lo hecho y un cambio de planes: deja de pensar en escaparse hacia la Argentina, que parece haber sido su idea en algún momento, y escribe un “Ya es muy tarde para mí”, que anuncia inequívocamente la decisión de matarse.

Lo que no hay son expresiones de propietarismo. El “la maté (o “habría podido matarla”) porque era mía” no aparece por ningún lado. No es casualidad. Ese discurso no es real. Es una construcción política, creada para promover soluciones que nada solucionan. Pero no es lo que verdaderamente piensan y dicen los culpables de violencia intra pareja.

En realidad, lo habitual en los responsables de esos actos violentos, hombres y mujeres, es que se sientan defraudados, estafados y vacíos, que no comprendan el desamor y sigan emocionalmente ligados a quien ya no los quiere. Su actitud es de dependencia, no de propiedad.

¿Alguien cree que la posibilidad de ser procesado por femicidio habría detenido por un segundo al hombre de Quebracho? ¿Alguien duda de que  la mejor chance de desactivar a la bomba humana en que se había convertido habría sido que contara  con contención afectiva y tratamiento profesional?

¿Por qué, entonces, cuando casos como éste dan señales previas, se insiste en tratarlos exclusivamente mediante procedimientos policiales y judiciales?

Tarde o temprano deberemos asumir que el diagnóstico y el tratamiento que se aplica a estos casos son equivocados. Que se debe prevenir y no sólo castigar. Que el victimario suele ser  a su vez víctima de una condición psiquica o una historia de vida que no eligió. Prevenir, tratar, y no sólo castigar. Eso si realmente queremos evitar más muertes y el enorme dolor que las acompaña.