25 de abril de 1945. La radio se enciende en el norte italiano. La voz del secretario del Partido Socialista, Sandro Pertini, se apodera durante quince segundos de la atención del pueblo italiano para pronunciar estas palabras:
“¡Trabajadores! Huelga general contra la ocupación alemana, contra la guerra fascista, por la salvación de nuestras tierras, de nuestras casas, de nuestras oficinas. Como en Génova y Turín, poned a los alemanes de frente al dilema: rendirse o morir.”
Con esto, el Comité de Liberación Nacional, organización antifascista compuesta de todos los partidos del abanico político -desde los comunistas hasta los democristianos y liberales-, declaraba la insurrección general en el norte de Italia y el comienzo de la liberación de la ocupación nazi y del yugo de la República Social impuesta por Benito Mussolini.
En las horas siguientes miles de obreros y partisanos tomaron las calles de Milán, Turín, Génova y otras ciudades del valle del Po, desterrando definitivamente a las fuerzas de ocupación nazifascistas. Aquello no era un simple llamamiento a la insurrección, sino el momento en que el pueblo italiano, después de veinte años de dictadura, se apoderó de su destino y se lanzó a la conquista de la democracia, a la construcción de una República fundada en el trabajo y la libertad.
Desde entonces la fecha, convertida en Festa della Liberazione, representa el triunfo de la resistencia ante la bota totalitaria. El triunfo de la unidad en la diversidad, frente al pensamiento único, de blanco y negro, impuesto por quienes se beneficiaban de la segregación.
Hoy, ochenta y un años después, el 25 de abril nos interpela una vez más. El auge de la ultraderecha en Europa, con movimientos con abiertas reminiscencias al fascismo como el Reagrupamiento Nacional en Francia, Alternativa para Alemania, Vox en España, Chega en Portugal o incluso en la misma Italia, con un gobierno encabezado por Meloni y su movimiento Fratelli d’ Italia, dan a la fiesta un panorama francamente desalentador.
La crisis post-pandemia, los flujos migratorios descontrolados, la desconfianza por los partidos tradicionales y el impacto polarizante de las redes sociales han creado un terreno fértil para discursos que prometen orden, aunque sea a través de la pérdida de libertades. En América, se blande la palabra libertad de manera oximorónica, promoviendo, con ello, políticas que van en detrimento de los conceptos básicos de Justicia Social, Soberanía Nacional, Derechos Humanos o incluso en contra de la democracia. No tenemos más que mirar a Argentina para horrorizarnos con la prolongación de ese discurso que deforma el concepto de libertad hasta límites insospechados.
En este contexto, recordar el 25 de abril no implica equiparar mecánicamente a estos movimientos con el fascismo de Mussolini -eso sería un error analítico y político grave-. Se
trata, más bien, de recuperar las lecciones históricas correctas. El fascismo italiano no llegó al poder mediante un golpe de Estado repentino, sino aprovechando una crisis profunda, el descrédito de las instituciones liberales y la promesa de un “nuevo orden” que restauraría la grandeza nacional. Llegó legalmente en 1922 y fue erosionando progresivamente las libertades hasta suprimirlas por completo.
La Resistencia italiana nos enseña que la democracia no es un estado natural ni irreversible. Exige vigilancia permanente, unidad nacional y una ética política que ponga por encima de todo el respeto a la dignidad humana y a la pluralidad de opiniones. Aquellos partisanos, fueran cristianos o comunistas, comprendieron que ante el autoritarismo no cabían divisiones estériles ni estancas, sino la verdadera unidad por encima de todo.
En un mundo donde las promesas de orden y mano dura ganan adeptos entre jóvenes que se sienten abandonados por las élites económicas y políticas. Con discursos que interpelan sus miedos y los convierten en odio. Es necesario reivindicar la memoria como un antídoto contra el revisionismo histórico y el olvido complaciente. Somos los jóvenes quienes debemos construir desde la justa indignación que la situación mundial nos genera, una alternativa política que rechace con firmeza cualquier intento de erosionar el estado de derecho, el diálogo democrático o los derechos fundamentales.
Es imposible no recordar entonces el legado del General Líber Seregni. Militar demócrata y fundador de nuestro Frente Amplio, que defendió siempre una ética política intransigente, anteponiendo la defensa de la democracia, la justicia social y la soberanía del pueblo ante cualquier tentación demagógica o autoritaria en detrimento incluso del propio beneficio político-partidario. Su compromiso con la unidad en la diversidad, su rechazo a los extremismos y su convicción de que la política debe servir al pueblo y no degradarse en confrontación destructiva, resuenan con fuerza en este 25 de abril.
Recordemos entonces, no como un acto de nostalgia, sino como uno de responsabilidad con el presente y, sobre todo, con el futuro. En Uruguay y en el mundo, frente a los vientos tormentosos que intentan deformar la libertad para usarla en su favor, las juventudes indignadas sí, pero decididamente democráticas, debemos alzar la voz con claridad: no existe libertad sin comunidad, sin justicia social, sin democracia.
Que el 25 de abril nos encuentre con la memoria fresca, dispuestos a defender juntos lo conquistado y a seguir avanzando hacia una sociedad más justa, donde impere la ética política.



