Home Cine 30 Años de “Cerca del paraíso (URGA)”.
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30 Años de “Cerca del paraíso (URGA)”.

30 Años de “Cerca del paraíso (URGA)”.
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En cualquier campo del arte la sensibilidad del espectador es mucho más importante que cualquier conocimiento acerca del tema. Uno puede saber mucho acerca de pintura, pero si un cuadro no nos dice nada, es inútil: se sepa o no de arte, debe producir sensaciones. Es obvio que el conocimiento abre las puertas del entendimiento. Aprender a interpretar lo que se mira es fundamental, pero la manera de adquirir ese conocimiento no es única, porque todos sabemos distinguir lo bello de lo que no lo es, al menos en nuestro propio criterio. Nikita Mikhalkov es más conocido últimamente por sus delirios de grandeza política que por su carrera cinematográfica, que fue lo menos destacado de sus últimas películas, pero antes había dirigido cinco films magníficos: Pieza inconclusa para piano mecánico, Algunos días en la vida de Oblomov, Ojos negros, Cerca del paraíso y Sol ardiente. En esas películas mostró una mirada particular y entrañable hacia personajes excéntricos y fuera de lugar. Y lo hizo con un estilo que mezcló tiempos y espacios, sueños y vigilias, en imágenes de gran belleza, trabajando los encuadres con la fotografía más estilizada y el montaje con música suave y envolvente, creando un aspecto visual fascinante e hipnótico que atrapaba la mirada e impedía alejarla de la pantalla.

Donde esos aspectos están más acentuados es en Cerca del paraíso, de la que ayer se cumplieron 30 años del estreno en el Festival de Venecia. La música de Eduard Artemiev mezcla temas tradicionales rusos y chinos (y hasta un pasodoble) con las tonalidades melodiosas de oboes y otros instrumentos de viento y cuerda, usados especialmente en los planos de las estepas de Mongolia, cubiertas de altas hierbas verdes o amarillas (según la hora del día) mecidas por la brisa, como si fuera la tierra la que suspirara entre las interminables colinas. La fotografía de Vilen Kaliuta se detiene entre ellas, mostrándolas bajo un cielo a menudo encapotado, siempre poco expuesto para resaltar el omnipresente verde. Los interiores de la cabaña de los protagonistas y los locales nocturnos de la ciudad tienen colores cálidos y vivos, que invitan a entrar y reposar la vista en las hogueras y las lámparas. Algunos podrán alegar un exagerado esteticismo en el film, pero lo cierto es que aquí la estética está siempre supeditada a una historia extraordinaria cuya sensibilidad requiere de ese tratamiento.

La historia que se cuenta es bastante sencilla. Para empezar, debe decirse que la urga del título original es una caña larga de madera con un lazo en el extremo, que usan los mongoles para atrapar los animales. Cuando quieren hacer el amor en las estepas, clavan la urga en el suelo, y al ser muy larga se ve desde lejos. Así la gente sabe que no debe acercarse a molestar. Es por lo menos equívoca la época en la que está ambientado el film: parecería que fuera en el momento de hacerse la película por varios detalles, pero al final un narrador que no se sabe de dónde sale dice que fue hace 20 años, lo cual resulta difícil de creer por los detalles comentados y los carteles de Stallone, por ejemplo.

La película comienza con un intento de violación. Un hombre, Gombo, persigue a una mujer, ambos a caballo por la estepa, intentando atraparla con la urga, pero al final escapa. Los dos son mongoles que viven de forma tradicional en la estepa de la indefinida frontera entre Mongolia, Rusia y China, cuidando su ganado y trasladando su tienda cuando lo necesitan. Son marido y mujer, pero ella no quiere hacer el amor para no quedar embarazada, pues el médico les ha dicho que es peligroso. Por aquella zona pasa el ruso Serguei en su camión. Se queda dormido y casi tiene un accidente: el camión queda colgado a la orilla del río y su petición de socorro es atendida por Gombo. La pareja le recibe en su casa con toda la hospitalidad de la que son capaces, e incluso sacrifican una oveja para darle un buen banquete (la secuencia del sacrificio del animal, aunque quizá desagrade a los ecologistas recalcitrantes, es una de las escenas rituales más bellas que haya visto nunca). La mujer de Gombo le propone que vaya a la ciudad a comprar preservativos, y al día siguiente va para allá con Serguei. En esta primera parte la historia es más o menos lineal, pero a partir de aquí comienzan a suceder cosas que descolocan al espectador, como ese vecino de Gombo que aparece de repente en casa de Serguei, o los sueños en los que se pierde Gombo a la vuelta de la ciudad, o la curiosa programación de la televisión que compró allá.

El trío protagonista es de antología, con una galería de secundarios (la madre de Gombo, el vecino borrachín, el tío pianista) igualmente talentosa. Los momentos surrealistas sorprenden al espectador y le hacen cómplice entusiasta de la fábula sin moraleja a la que se asiste. La vida de estas personas ha sido siempre sencilla, no ha cambiado desde hace siglos, pero la marea del progreso (siendo positivos) o la civilización (siendo negativos) ronda sus puertas. Ellos la conocen, se aprovechan de ella de vez en cuando, pero llegará un momento en el que no podrán permanecer al margen. Los últimos fotogramas y la voz en off que los comenta plasman la idea que la marea ha de llegar, pero deja la esperanza que los que conocen «la descansada vida del que huye del mundanal ruido» tienen la clave para permanecer a flote. No hay que ir hasta Siberia para encontrarles. Por todo esto la película es una obra de arte, porque arrastra, emociona y hace feliz al espectador, dejándole una sonrisa melancólica y la sensación de ver la vida de otra manera.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".