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Al Pacino cumple 80 infatigables años

Al Pacino cumple 80 infatigables años
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Infatigable es una palabra demasiado larga para título de nota, pero es la que mejor define a Al Pacino, que el próximo sábado cumplirá 80 años de edad. Las primeras críticas que el joven Al tuvo lo definían como un pichón de Dustin Hoffman, quizás porque era bajo de estatura. Pero las similitudes terminaban ahí, ya que Pacino poseía un rostro atractivo y un aire de persona reflexiva, características que no eran las de Dustin. Los errores de apreciación respecto a Pacino continúan hasta hoy, porque se lo sigue emparentando con sus colegas de generación Warren Beatty, Robert Redford, Jon Voight, Jack Nicholson y Robert De Niro. Quienes meten a Al en ese saco se equivocan, porque es diferente a ellos, comenzando por Beatty y Redford, dos divos magnéticos en la pantalla, pero sin caudal dramático, mientras que Pacino es un gran actor. Voight, Nicholson y De Niro también son buenos cuando quieren, pero sólo en cine, mientras que Pacino es además un hombre de teatro. En ese aspecto Hoffman es su rival, pero Dustin se destacó en piezas del siglo 20. Pacino en cambio es un actor clásico, conocedor y frecuentador de Shakespeare.

Pacino tuvo todo muy complicado desde el nacimiento, aunque su destino de actor parecía signado de antemano, ya que sus abuelos eran oriundos de Corleone, villa siciliana cuyo nombre contribuiría a lanzarle al estrellato. Pero antes de la fama, Alfredo James Pacino había nacido en el East Harlem neoyorquino el 25 de abril de 1940 en una familia católica. Era hijo de un ex agente de seguros y un ama de casa que se divorciaron cuando sólo tenía dos años de edad. De esa manera quedó a cargo de sus abuelos maternos, que vivían en el Bronx, ya que su madre debía salir a trabajar para mantener al niño. Ese ambiente de pobreza y marginalidad lo llevó en la adolescencia a estudiar actuación, para evadirse de la depresión y las penurias económicas que lo acosaban desde que tenía razón de ser.

Se matriculó en la escuela de interpretación High School for Performing Arts, aunque su inquietud y seguridad en sí mismo le hizo abandonar las clases, mientras trabajaba como acomodador en un cine. Poco después entró al Actor’s Studio y llegó a convertirse en uno de los alumnos predilectos de Lee Strasberg, con quien años más tarde compartiría cartel dos veces en la pantalla. A mediados de los años 60 comenzó a despuntar y, ya actuando en Broadway, ganó un Obie por su papel en The Indian Wants the Bronx y un Tony por Does the Tiger Wear a Necktie. Ahí comenzó a sonar su nombre, y su amistad con Shelley Winters, benefactora de los jóvenes que comenzaban, le benefició para entrar al cine en 1969, en una mediocre película que ya nadie recuerda: Yo, Natalie, de Fred Coe.

Pero Pacino llegaba para quedarse, porque dos años después se consagró en Pánico en el parque de Jerry Schatzberg, donde interpretó de valiente manera a un heroinómano. Ahí demostró que era mucho más que un actor al uso. Su rol fue un espejo donde pudo reflejar sus posibilidades, su forma reflexiva de actuar y vivir hacia dentro personajes difíciles. Eso llamó la atención de un director que lo catapultaría a la fama mundial. Ese hombre, que se llamaba Francis Ford Coppola, le brindó en 1972 el inolvidable personaje de Michael Corleone, y a partir de ese momento la vida de Pacino cambió para siempre.

Lo demás es historia conocida. La saga de El Padrino (1972, 1974, 1990) es apenas un mojón en una carrera con labores inolvidables. Los años 70 son la mejor época de su labor en cine, cuando encarnó con su habitual profundidad psicológica al policía incorruptible Serpico de Sidney Lumet, al débil mental de Espantapájaros de Jerry Schatzberg, al ladrón de bancos -en realidad, un pobre diablo- de Tarde de perros de Sidney Lumet (la mejor labor de su vida), al irascible abogado de Justicia para todos de Norman Jewison, y al afligido policía que debe sumergirse en el mundo gay buscando a un psycho-killer en Cruising de William Friedkin, labor olvidada aunque muy elaborada y eficaz. Luego, al igual que sus compañeros de generación, Pacino comenzó a caer en manierismos, y su carrera se desdibujó paralelamente a la forma en que sus gabardinas y sobretodos suelen llevarlo a él, en lugar de ser al revés como corresponde. Ese exagerado aire cansino era equivalente a las levantadas de cejas de Nicholson y la tonta sonrisa de De Niro.

Aun así, cada vez que el actor se tomó en serio sus roles logró destaques importantes. No me refiero a su mediática pero exagerada labor en Caracortada de Brian De Palma, ni a su oscarizada presencia en Perfume de mujer, sino a los policías de Prohibida obsesión y Fuego contra fuego, al villano de Dick Tracy, al vendedor de seguros de El precio de la ambición, al gangster caribeño de Atrapado por su pasado, al mafioso pero buen tipo de Brasco, al productor de TV de El informante, al estupendo Shylock de El mercader de Venecia, y sobre todo a su memorable Jimmy Hoffa en El irlandés de Scorsese.

Pacino es infatigable porque por sobre todas las cosas es un apasionado hombre de teatro, en su doble faceta de director y actor, como lo demuestran dos puestas en escena que fueron documentadas para cine y deberían exhibirse en secundaria: En busca de Ricardo III y Wilde-Salomé. Sólo el coronavirus lo detuvo, justo cuando tenía todo preparado para el que sería su definitivo rol shakespeariano, Rey Lear, donde iba a encarnar al anciano monarca, rodeado de Naomi Watts, Gwyneth Paltrow y Keira Knightley como sus hijas, más el venerable Anthony Hopkins en un rol breve pero fundamental. Habrá que esperar la superación de la plaga que nos azota para quizás poder paladear lo que sin duda será un manjar de los dioses.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".