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El sentido de la educación

El sentido de la educación
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La “teatralidad” de una sala de profesores es tema de conversación muchas veces en la propia sala, las conversaciones que se escuchan, las situaciones absurdas que se viven y los personajes extraños que muchas veces las habitan conforman un material que es raro no se haya utilizado antes como insumo para una obra teatral. La convivencia en un espacio reducido de personas que transitan de un aula a otra, con perspectivas ideológicas que pueden ser diametralmente distintas, con personalidades más extrovertidas frente a otras más tranquilas desarrollando actividades tan variadas como preparar una clase, almorzar, corregir o darle alguna indicación telefónica a algún familiar conforman un combo en sí muy potente para trabajar en escena. Pero si a esto le sumamos que el rol de la educación pública en la sociedad está en discusión permanente, siendo tema central en las campañas políticas de todos los partidos, las posibilidades de discusión de la sociedad en general a partir de una sala de profesores se potencia aún más.

No es extraño en cambio ver a Lucía García participando de un proyecto teatral de este tipo. Aquí solemos señalar las dificultades que puede tener un espectador montevideano para encontrar espectáculos que se remitan a la realidad social en que vive. Parece extraño, pero para hablar de los problemas de la educación contemporánea, por ejemplo, a las instituciones teatrales de nuestra ciudad, públicas e independientes, les parece más natural recurrir a  dramaturgos rusos, canadienses, alemanes o norteamericanos que producir un espectáculo que se centre en esa situación desde nuestra propia realidad. García integra, sin embargo, un grupo de creadores que sí se han decidido  a trabajar sobre algunas contradicciones de nuestra sociedad. En particular su último trabajo como dramaturga y directora, Falta grave (2017), se centraba en una asamblea de cooperativa de viviendas y los conflictos allí generados. Justamente durante las funciones de Falta grave surge la idea de trabajar en una obra que transcurriera en una sala de profesores, lo que derivó en el espectáculo estrenado el pasado 5 de Julio en La gringa.

Ya el programa de mano de la obra, titulada sencillamente Sala de profesores, indica el punto de vista en que se tratará de colocar al espectador. El diseño del programa simula una libreta de profesores, y si bien en este espectáculo no se apuesta a la integración del público como sucedía en Falta grave, todos nos ubicamos en nuestro lugar con nuestra “libreta” en mano. En el propio programa se indica el disparador de la acción, los estudiantes han ocupado el liceo, los profesores no pueden salir hasta que cumplan con una consigna esta vez establecida por ellos, logrando de esta forma que el encierro potencie las contradicciones que se viven normalmente en la sala. Pero el hecho de que la consigna sea que los profesores piensen razones por las que consideren que el liceo tiene sentido para los estudiantes pone en debate el sentido mismo del liceo, y el rol que los docentes tienen en la sociedad. Esas discusiones que van desde ser meros “alfabetizadores funcionales” de los estudiantes hasta convertir al liceo en una instancia clave de construcción de ciudadanía toman particular protagonismo, aunque de forma desordenada y estructurada a partir de las manías, la vitalidad o la decadencia de quienes ejercen el rol docente. Los abusos de parte de algunos profesores, el desprecio hacia los estudiantes y las proyecciones de las propias frustraciones forman parte del espectáculo. También aparecen el compromiso que desgasta, el aliento a jóvenes inseguros, la militancia sindical, la necesidad de trabajar una cantidad excesiva de horas… En ese cruce de discursos y contradicciones no se articula sin embargo una defensa clara del sistema educativo por parte de los docentes. Son más las interrogantes que las certezas.

Quizá lo más discutible del espectáculo sea la defensa del liceo de parte de una estudiante que aparece casi como una Deus ex machina para resolver lo que los profesores no han logrado. Parece haber una necesidad de explicitar de parte de los creadores una defensa de la educación pública, algo entendible en el contexto actual, pero que empobrece las posibilidades de que sean los espectadores los que concluyan por sí mismos cual es el sentido que tiene hoy ese lugar. La necesidad de explicitar una defensa del liceo le quita potencial cuestionador a la obra teatral, al menos esa es nuestra visión.

Más allá de lo anterior, es para celebrar un espectáculo que aborda las discusiones sobre el rol de la educación media hoy, cuando hay una lluvia constante de propuestas de reformas que se contraponen y luchan por predominar, dejando un casi nulo protagonismo a quienes llevan adelante cualquier modelo educativo: los trabajadores y las trabajadoras docentes. Y no es un detalle menor que no haya profesores de matemáticas ni de inglés en esta obra. Las asignaturas que protagonizan esta sala son algunas de las que siempre están amenazadas por “innecesarias”: Literatura, Historia, Música o Filosofía entre otras. Hay una posición política ahí, que defiende la formación de  personas críticas y creativas.

Las actuaciones son un placer, seguramente los espectadores que no frecuenten una sala de profesores puedan pensar en que hay algunas caricaturizaciones, pero en realidad las manías del profe de Historia que construye Martín García o la angustia ante una posible falla en su trabajo de la  profe de Literatura que encarna Susana Anselmi son totalmente verosímiles. El personaje que vemos modificarse más en la obra es el de la adscripta, en ese caso el trabajo de Florencia Salvetto es excelente, permitiendo ver como el cansancio acumulado marca el cuerpo de una persona que sin embargo cumple escrupulosamente con sus tareas, casi que sin pensarlo.

El homenaje al actor Héctor Mininni es un detalle más de lo integral de una propuesta necesaria, divertida y cuestionadora, que demuestra compromiso con el teatro y con la realidad social a la que se pertenece a la vez.

Sala de profesores. Dramaturgia: Lucía García y Carla Larrobla. Dirección: Lucía García. Elenco: Susana Anselmi, Elena Pérez, Fernando Amaral, Martha Vidal, Vera Navratil, Florencia Salvetto, Martín García y Magdalena Bosch.

Funciones: viernes 21:00. La Gringa Teatro

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.