Hacia la luz y hacia la vida

Saltó a la vereda, escupiendo flores, hojas, aromas vegetales. Los pocos transeúntes que por allí pasaban, sorprendidos, reaccionaron de maneras diferentes ante el portento. Un señor se persignó y echó a correr; una dama dio un gritito ahogado y apresuró su marcha hacia la esquina; una madre soltó a su hijo, tomó el teléfono y llamó a la policía. El pequeño corrió hacia el lugar donde habían quedado desparramados los milagrosos dones, recogió una margarita, se dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, la bella florecita en la mano oferente extendida hacia el desconcierto de su progenitora.

(Ubicación: Washington 182)