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¿Hacia una Política Pasteurizada y Light? por Nicolás Martínez

¿Hacia una Política Pasteurizada y Light?  por Nicolás Martínez
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En tiempos recientes, la política ha sido invadida por una transformación que la distancia de su esencia original: el debate profundo y la confrontación de ideas. A una semana de finalizadas las elecciones primarias en nuestro país, hemos asistido a la emergencia de una política donde prima la imagen sobre el contenido, y los eslóganes superficiales reemplazan a las ideas complejas. Este fenómeno, podríamos denominarlo como el de “política pasteurizada y light”. Esta tendencia se aleja del concepto de república que el filósofo Aristóteles describía como una comunidad política orientada al bien común, donde los ciudadanos deliberan y deciden colectivamente sobre los asuntos públicos.

En la política de hoy, la imagen manda. La figura del político se construye no tanto por su capacidad de gobernar o su visión del futuro, sino por su apariencia, carisma y capacidad para generar empatía inmediata. Este fenómeno no es nuevo, pero su intensificación en la era digital ha alcanzado niveles alarmantes. Las redes sociales, los medios de comunicación y la cultura del entretenimiento han convertido a los políticos en celebridades, evaluados más por su presencia en pantalla que por sus propuestas.

Esta tendencia puede explicarse a través del concepto de “sociedad del espectáculo” de Guy Debord. En esta sociedad, las imágenes no son meros reflejos de la realidad, sino que se convierten en la realidad misma. Los políticos se transforman en actores de una narrativa visual, donde lo importante no es la sustancia de sus ideas, sino cómo se ven y cómo hacen sentir a su audiencia. La imagen se convierte en una herramienta poderosa, capaz de moldear percepciones y ganar elecciones, pero vacía de contenido real.

Junto con la primacía de la imagen, asistimos a la preponderancia del eslogan sobre la idea. Los eslóganes son frases cortas y pegajosas, diseñadas para captar la atención y ser fácilmente memorizadas. Sin embargo, su brevedad implica inevitablemente una simplificación extrema de la realidad política. En lugar de fomentar un entendimiento profundo y una discusión crítica, los eslóganes ofrecen soluciones simplistas a problemas complejos.

Desde una perspectiva filosófica, esta reducción puede analizarse a través del concepto de “pensamiento débil” de Gianni Vattimo. En una era donde la información fluye de manera vertiginosa y fragmentada, el pensamiento profundo y la reflexión crítica se ven erosionados. Los eslóganes representan esta debilidad del pensamiento contemporáneo, donde la complejidad y la contradicción se eliminan en favor de mensajes fáciles de digerir.

¿Cuál sería la consecuencia de una política pasteurizada y light? Esta concepción de la política puede tener serias implicaciones para la democracia. La superficialidad de la imagen y la simplificación del eslogan no solo contribuyen a la despolitización de la ciudadanía, sino que transforman el proceso político en un espectáculo vacío. Los votantes, en lugar de ser actores críticos y comprometidos en la vida pública, se convierten en espectadores pasivos, más interesados en el show que en el debate sustancial. Esta transformación erosiona la capacidad de la democracia para resolver problemas complejos a través del diálogo y la deliberación, elementos esenciales para cualquier sociedad que aspire a ser verdaderamente democrática.

La política pasteurizada también crea un terreno fértil para los líderes carismáticos y populistas, quienes dominan el arte de manipular la imagen y los eslóganes para movilizar emociones y asegurar apoyo. Estos líderes, con su enfoque en la forma sobre el contenido, tienden a promover un estilo de liderazgo autoritario y antidemocrático. En lugar de fomentar el debate racional y la participación ciudadana, se apoyan en la desinformación y la manipulación, socavando los cimientos mismos de la democracia.

Además, esta tendencia a la superficialidad política desincentiva la elaboración de políticas públicas serias y bien fundamentadas. En su lugar, se priorizan las soluciones rápidas y los gestos simbólicos, que aunque pueden ser atractivos a corto plazo, carecen de la profundidad necesaria para enfrentar los desafíos complejos y multifacéticos de nuestra sociedad. La consecuencia es una democracia debilitada, incapaz de enfrentar eficazmente problemas como la desigualdad, el cambio climático, y las crisis económicas.

Frente a esta posible realidad, es fundamental que como sociedad rescatemos la esencia de la política como un espacio para la confrontación de ideas y la deliberación pública. Necesitamos fomentar una ciudadanía crítica y comprometida, capaz de ver más allá de la imagen superficial y de exigir propuestas concretas y bien fundamentadas a sus líderes. Las instituciones educativas y los medios de comunicación tienen un papel crucial en este proceso, promoviendo el pensamiento crítico y la participación activa.
Es imperativo resistir esta tendencia y luchar por una política donde las ideas y el contenido vuelvan a ocupar el lugar central. Esta resistencia no solo es una cuestión de principios, sino una necesidad urgente en un mundo cada vez más complejo y lleno de desafíos multifacéticos. Asimismo, es crucial recuperar el valor de la integridad y la ética en la política. La lucha por una política de calidad es, en última instancia, una lucha por el futuro de nuestra democracia y nuestra capacidad de enfrentar juntos los retos del siglo XXI.

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