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La mirada corta, victorias pírricas por Ernesto Kreimerman

La mirada corta, victorias pírricas por Ernesto Kreimerman
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Cada cierto tiempo las sociedades enfrentan decisiones fundamentales, muchas veces disfrazadas de cuestiones cotidianas, casi intrascendentes. Pero es precisamente la acumulación de estos desvíos los que van generando tensiones, de agotamiento de los equilibrios erosionados, y comienzan a aparecer en las agendas públicas.

Es que una agenda pública implica un proceso a través del cual determinados asuntos o tensiones o problemas públicos se manifiestan y profundizan, adquieren interés general, y su obstinada irresolución los agudiza hasta alcanzar interés gubernamental, requiriendo de simples o complejas estrategias y políticas públicas para su atención.

La agenda pública no es otra cosa que el conjunto de situaciones que aparecen con la necesidad de llevar a cabo acciones sobre ellas, sobre las cuales se actuará con más o menos rigor, con más o menos análisis y sistematización para su resolución.

Otra manera de aproximarnos a esta misma idea, es que el concepto, hasta intuitivo, de agenda pública, refiere al conjunto de situaciones y tensiones cuya resolución o “disolución” exige de un debate público, de que se asuma y reconozca la cuestión, se la dimensione, para que la administración o las autoridades públicas correspondientes, usualmente a partir de ciertos consensos o una base argumental compartida, aceptada, encaminen o impulsen acciones que hagan posible una solución aceptable y aceptada por los directamente involucrados y por la sociedad en su conjunto.

En ese devenir algo desordenado y tumultuoso, pero canalizado en espacios públicos y en la institucionalidad democrática, la agenda pública se construye y reconstruye permanentemente. La articulación de la agenda pública tiene una relación directa con múltiples factores, así como las prioridades y, por tanto, su ordenamiento. Hay, siempre, una elasticidad en sus prioridades que mucho tienen que ver con los involucrados, el nivel de representación y amplitud, con la calidad del debate y las consistencias argumentales, con la capacidad de sumar, por alianza, o construcción de relatos.

A partir de todo ello, y de otros motivos, la sociedad dedicará tiempo, pensamiento, energía, acciones y recursos para encaminar soluciones lo más duraderas posibles. De este mix, emerge una agenda pública integrada más o menos tácita, como una suerte de idea extendida, cuyos asuntos ponen en funcionamiento una dinámica en la que se sumergen, participan e interactúan no sólo los colectivos sociales involucrados directamente e indirectamente, también los medios de comunicación (todos, radio, diario impreso, tv y la diversidad de plataformas digitales, es decir, diarios online, radios y tv streaming, pero también Twitter, etc), los sindicatos si fuera del caso, las organizaciones no gubernamentales, la academia, los partidos políticos y el gobierno, en un intercambio dinámico de información y análisis. Esa dinámica de la agenda pública contribuye a definir las acciones de gobierno expresadas como políticas públicas, y a (asunto muy relevante en nuestro calendario nacional) a  generar nuevas ilusiones, a promover acercamientos o distanciamientos, a asumir explícita o tácitamente posición, alineamientos, adhesiones o rechazos por parte de los ciudadanos, de los colectivos u organizaciones de diferentes intereses, que más temprano que tarde tendrán consecuencias en las preferencias electorales, o en la construcción de una nueva empatía hacia el gobierno y la oposición; también hacia las fuerzas sociales y sus expresiones de protesta y propuesta.

En resumen, por este conjunto de situaciones y dinámicas, la agenda pública es realmente trascendente; por la forma como se construye, el cómo y el cuándo, los tiempos; por todo ello, la gestación y gestión de la agenda pública es algo fundamental a la hora de las decisiones de la cosa pública. La construcción de la agenda es un asunto de política mayor, que marca rumbos o deja en evidencia la improvisación y el cortoplacismo.

Quien hace la agenda define prioridades

Hay que asumir una obviedad; quien (im)pone la agenda pública, define el orden de prioridades, instala líneas argumentales, incluso significados, lenguajes de cargas implícitas, ideológicas. La cuestión radica en los recursos disponibles para hacer frente a las necesidades estratégicas. Recursos disponibles no sólo refiere a recursos materiales, medios de comunicación contestes a ciertos alineamientos, sino y fundamentalmente a alianzas y estrategias/tácticas. Además de cierto ordenamiento de las acciones.

La concentración o dispersión de los actores o colectivos de interés hacen a la consistencia de la elaboración, estructuración y concreción de acuerdos, que más allá de aciertos o errores puntuales, pautarán el lenguaje, las prioridades, los tempos…todo ello como parte de una concepción de mediano y largo plazo.

En la agenda pública caben todos aquellos asuntos de interés general e incluso particular, que requieren de decisiones de gobierno. Sólo a vía de ejemplo, la calidad del crecimiento económico y los instrumentos de promoción, la calidad de la salud pública y de la educación, el aumento de la inseguridad, la promoción o no de la vivienda, la calidad institucional de la democracia, etc.

En la agenda pública caben temas muy diversos, pero sólo alcanzan interés real cuando los medios de comunicación, en alguna o todas de sus expresiones, los toman y ubican en el debate y diálogo social. Y esta suerte de “realidad publicada”, estas especies informativas llegan allí signadas por núcleos de interés específicos, con carga ideológica propia. Y aunque la resolución en última instancia depende de los distintos órganos de gobierno, la construcción del relato, las alianzas y los alineamientos, se tejen y consolidan en el debate público, y éste se construye a partir de decisiones estratégicas, rara vez azarosa y casi siempre planificada, que responde a una casuística, y se reflejan en los medios. Todo ello para darle solidez a la decisión de gobierno, darle sustento político.

La planificación estratégica no solo prioriza; fundamentalmente proyecta, da rumbos, define objetivos y pauta acciones sucesivas y coordinadas; revisa y corrige. En sentido contrario, la improvisación y el impulso nos lleva desordenadamente a merced de los caprichos de la incertidumbre.

Y si no, por lo menos, aprendamos de Pirro, el hijo de Eácidas, rey de Epiro. Relataría Plutarco acerca de Pirro, que “tuvo la reputación de ser el primero entre los reyes de su tiempo, en la pericia militar, en la pujanza de brazo, en la osadía; sino que lo que adquiría con sus hazañas lo perdía por nuevas esperanzas, y no sabía salvar lo presente, según convenía, por la codicia de lo ausente y lo venidero”.

Al término de una de sus batallas más destacadas, en Apulia, Asculum, Pirro venció, pero murieron 3.505 de sus hombres. En rigor, esta batalla fue en lo táctico muy similar a la librada en Heraclea. Encarnizada, sangrienta, al final la línea romana se quebró y el cónsul Publio Decio Mus murió junto a seis mil de sus hombres. Pero Pirro perdió 3.505 de sus “más valientes”. Celebrado por sus huestes, con tono apesadumbro, les advirtió: “¡Otra victoria como esta y estaré vencido!”

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