Prólogo, por Samuel Blixen
A sus sesenta años, Raúl Sendic enfrentaba el desafío de ser, tardíamente, padre de una adolescente cuya personalidad solo pudo entrever por las escasas cartas que acaso le entregaban en los aljibes, en los pozos, en las celdas donde transcurrió su condición de rehén de la dictadura militar. No creo que la experiencia de una vida de desafíos y sacrificios necesariamente lo capacitara para ese reto íntimo y familiar cuando, tras la liberación, accedió a una legalidad que le permitía ejercer la paternidad.
Carolina Sendic, con sus quince años, estaba quizás más preparada para descubrir al padre que surgía de la leyenda brumosa y de las memorias de su madre, Geny. Sus cuatro hermanos, Raúl, Ramiro, Jorge y Alberto, con los que compartió el exilio en Cuba, le habrán aportado los retazos de recuerdos escasos y condicionados por la clandestinidad.
El encuentro entre padre e hija tuvo como escenario el encanto de una Habana todavía alegre y radiante, incapaz de imaginar el «período especial» que se avecinaba, como tampoco ellos estaban listos para ensayar una cotidianidad familiar en ese contexto.
¿Quién era, cómo era aquel padre que había vivido trece años en la más absoluta soledad, expuesto a la iniquidad y la violencia gratuita de carceleros vengativos, para una niña inteligente y vivaz que creció en una sociedad solidaria ajena a esa violencia? Y, por contrapartida, ¿cómo era aquella adolescente para un padre que abruptamente habría de inaugurar una paternidad no ejercida? Doble desafío.
Este texto de Carolina Sendic, absolutamente íntimo, recrea los tanteos de una mutua exploración en busca de los indicios de un difícil reconocimiento, de un reencuentro sin pasado. El ejercicio a veces revelador, a veces exasperante, de la (re)construcción tardía de algo nuevo; la edificación de lo que debía haber sido. La crónica de ese desafío, a partir de pantallazos, se desenvuelve, para el lector, como una incógnita atrapante.
Así, Mi padre, Raúl Sendic nos introduce en un proceso dialéctico conmovedor, si es dable adjudicar a la unidad y lucha de contrarios sentimientos que revelan choques de personalidad, exploración de emociones, descubrimiento de la ternura. Un ida y vuelta de acechanzas y revelaciones que comenzó en el escenario tropical y se prolongó en los valles franceses y las montañas suizas. En este libro de recuerdos y reflexiones es posible imaginar la danza por aproximación (¿un pericón tropical?) entre una adolescente totalmente cubana, con la autoconfianza que la revolución inoculó a las generaciones posteriores al triunfo, y un viejo dirigente revolucionario que encaraba ahora en la legalidad la nueva batalla por los principios y que, tras el paréntesis, encontraba espacios para experimentar nuevos retos familiares.
Carolina cuenta una anécdota de su primera visita a Montevideo, de la que yo tuve accidentalmente un registro colateral y que anoté en el libro Sendic. Urgido por una nota para Brecha, concurrí a la casona que fuera de Alba, la hermana de Raúl, en la calle Ejido, al costado del cementerio. Prolegómeno obligado, le pregunté cómo andaba. «Cansado, estuve toda la noche vigilando a la gurisa, que se me escapó a un bailongo», se rio. No había bailongo, era una discoteca, y alguien podría haberse preguntado qué hacía allí, cerca de la puerta, el tupamaro más famoso.
Quizás el aspecto más atrapante del texto consiste en que, en buena parte del relato, Carolina se aferra a la imagen paterna de Sendic y elude consideraciones de tipo político, de modo que el lector puede seguir a aquel hombre empeñado en atender los caprichos de la hija, acompañarla en sus estudios, asistir a los ensayos de baile y departir con los amigos adolescentes; en ese primer encuentro el revolucionario y su mito solo aparecen cuando el protocolo oficial, para disgusto de Carolina, altera la atmósfera que ambos erigen con esmero y delicadeza.
De manera que el libro construye otro Sendic, que completa el que conocemos y que lo perfecciona en otro costado de su conocida humanidad. Ese Bebe imprevisto emerge del relato cuando padre e hija se abandonan, sin prisas y sin apuros, al rescate de una vivencia que debía haber comenzado quince años antes y que el destino interrumpiría muy poco después. Compartir un Sendic inesperado es algo que hay que agradecer a Carolina.
Evocación de Raúl Sendic, por Henry Engler
Raúl Sendic fue un ejemplo de luchador social. «Yo no soy un político», decía.
La razón de su influencia en militantes de izquierda, especialmente en los tupamaros, se estableció a partir de sus análisis de la realidad y de sus propuestas prácticas originales.
Su consecuencia y su firmeza en la lucha por el bien de la sociedad, por los más desposeídos, fueron de la mano con una profunda preocupación por el individuo.
Si alguien estaba enfermo, Raúl utilizaba su enorme red de contactos para tratar de aliviar el padecimiento de esa persona. Si alguien le planteaba un problema personal, Raúl trataba de resolverlo o buscaba una posible solución.
Su concepto de que «los hechos nos unen y las palabras nos separan», junto a su negativa de esquematizarse en dogmas filosóficos, le otorgó una gran flexibilidad, generando una confianza enorme en miles de jóvenes militantes.
Sin embargo, a veces, el esquematismo de quienes trataban de meter a la fuerza la compleja realidad dentro del estrecho baúl de los dogmas se le puso en contra.
Es que, para algunos, si Marx o Lenin no habían planteado las cosas de ese modo antes, las ideas eran reformistas y reaccionarias.
Eran tiempos del mito del «socialismo científico», especie de vaca sagrada que aparecía generalmente cuando se agotaban los argumentos y que reflejaba la opinión subjetiva de alguien que quería contundentemente ganar una discusión.
Raúl fue, para mí, el ejemplo viviente de la flexibilidad político-social. En determinado momento de la historia de nuestro país estimuló la rebelión y la lucha armada, mientras que en otro momento, cuando se dieron coyunturas distintas, propuso trabajar en democracia sin cartas en la manga, lamentándose de los «revolucionarios que no eran capaces de trabajar en tiempos de paz».
Considero que él intuyó rápidamente que a nuestra salida de la cárcel se abrían posibilidades de cambios sociales particulares y que la estructura del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros podía ser demasiado rígida como para asumirlos.
En vez de entrar en paralizantes discusiones inacabables, puso un enorme esfuerzo en fundar el Movimiento por la Tierra y contra la Pobreza.
Yo milité con él. Se nos ocurrió la idea de difundirlo a través de un grupo de canto popular llamado Cantares del Calabozo, compuesto por ex presos y exilados.
Yo quedé a cargo del grupo y nuestras actuaciones significaron no solo la difusión, sino además la obtención de ganancias para el naciente movimiento.
Esta idea poco ortodoxa, atípica y aparentemente poco revolucionaria nos valió muchas críticas: ¿a quién se le ocurría abrir conciencias a punta de guitarras?
Sin embargo, mientras duró, ¡funcionó!
Me había dicho: «Si nos ponemos a discutir sobre lo que discrepamos, pasaremos una vida discutiendo. Si nos ponemos a discutir sobre lo que estamos de acuerdo, pasaremos una vida trabajando».
Nota de la autora
La memoria es un tesoro frágil. La memoria es invaluable, aunque a veces resbaladiza e inaprensible. Y, si no la cuidamos, puede borrar una época de nuestra vida, o incluso nuestra vida entera, en muy poco tiempo. Por eso, y por mucho más, he decidido escribir lo que siento y lo que viví junto a aquel hombre admirable que fue mi padre.
No se trata solo de recuerdos propios. He recopilado escritos de personas maravillosas que lo acompañaron tanto en las alegrías como en las dificultades. He consultado antiguos periódicos, que me ofrecieron fechas, nombres y lugares precisos. Pero, sobre todo —y debo decirlo con gratitud—, algunos de los pasajes que comparto se los debo a mis dos pilares de la memoria: a Ana Laura García y a mi madre. Ellas han sido, muchas veces, testigos directos de ciertas historias y me han ayudado a rescatar del olvido detalles que, sin sus voces, quizá se habrían desvanecido.
Mientras escribía estas páginas, un recuerdo se entrelazaba con otro, de modo que la narración no siempre sigue un hilo conductor; más bien, está salpicada de flashbacks. Escribí lo que me brotaba del corazón, lo que sentí como una necesidad y, tal vez, un deber: compartir con las nuevas generaciones —pienso en mi hijo, en mis sobrinos o en todo aquel (aquella) que desee leerlo— algunas historias simples, cotidianas y, al mismo tiempo, universales, entre una adolescente y su padre, un hombre cuya esencia trascendía lo común.
Volver a recordar no tiene por fin aferrarnos al pasado, sino permitirnos vivir plenamente el presente.
Su llegada a mi vida
Vivía en La Habana, en Altahabana, cuando dos hombres con gafas oscuras descendieron de un carro negro y misterioso. Vinieron a mi apartamento y, sin rodeos, nos anunciaron a mi madre y a mí que mi padre había llegado a Cuba.
Yo tenía quince años. Quince años aguardando, sin saberlo, esa noticia; esperándola sin esperar. Por eso, cuando partí con aquellos dos extraños rumbo al encuentro de mi padre, no sentí júbilo ni temor, sino una calma profunda y extraña, como si todo ya estuviera escrito, como si cada paso me hubiera sido marcado desde antes. Era el 22 de noviembre de 1985.
No me había criado con él y no guardaba ni siquiera la sombra de un recuerdo de su presencia física. Sin embargo, gracias a mi madre, su imagen vivía en mí. Ella alimentaba esa llama con fe: me mostraba a menudo las mismas fotografías gastadas, como si en ellas existiera una puerta secreta que me acercara a él. Llevaba en su cuello un medallón con mi rostro de bebé, tallado en hueso por él durante sus años de cárcel. Me recordaba, una y otra vez, la importancia de escribirle siempre que pudiera. Las cartas eran nuestro hilo de unión, frágil y censurado, y, a veces, la ausencia se hacía visible en los huecos de papel recortado por manos ajenas.
Conservo toda esa correspondencia, alineada como un ejército de recuerdos. En una de esas esquelas —quizá la más vívida— le conté, indignada, que mi madre había regalado a mi perrita Duquesa porque, según decía, nuestro apartamento era demasiado pequeño para tener un animal. Él me contestó con su clásico humor: «Hubiese sido mejor regalar el apartamento…». Todavía hoy pienso que es la respuesta más sensata que he escuchado en mi vida.
Y, como si el destino lo hubiera oído, una semana más tarde Duquesa escapó de sus nuevos dueños y regresó a mí. Aquel día la felicidad tuvo olor a libertad.
A pesar de que la vida separó a mis padres, mi madre nunca dejó de hablar de él con afecto y respeto, reconociendo su generosidad sin límites y su valentía incorruptible. Sin saberlo, con esas palabras estaba trazando en mí un mapa que me conduciría, tarde o temprano, a nuestro esperado reencuentro.
De niña lo imaginaba erguido sobre un pedestal, como las estatuas que estudiábamos en las clases de Historia; a veces, montado a caballo; otras, con un escudo en el brazo. Una figura que combinaba el coraje de Simón Bolívar y la obstinación de don Quijote. Estaba más cerca del cielo que de mí… lejos, muy lejos.





