Hay algo en ella que atrae la mirada de los paseantes de fin de semana, los pescadores, los deportistas y toda la variopinta humanidad que, por una u otra razón, frecuenta la rambla Francia. Hasta los vecinos de la zona que crecieron viéndola a diario no pueden dejar de echarle, al menos, un vistazo cuando pasan por sus cercanías.
Es necesario advertir que buena parte de ese magnetismo se relaciona con el contexto donde está emplazada. Empero, más allá de que la explicación de su inusitada presencia en el sitio resulte, en última instancia, una trivialidad, existe en ella algo de portentoso que habilita fabular una serie de razones extraordinarias en torno a su origen.
Tal vez un artista admirador de Giorgio de Chirico decidió darle un toque onírico al paisaje costero y creó allí una escultura en homenaje al fundador de la scuola metafisica. O quizá esa enhiesta figura sea el último vestigio de una fabulosa ciudad perdida, que permanece oculta en las profundidades del Río de la Plata; o una críptica señal que servirá de guía a las naves extraterrestres que, algún día, regresarán a nuestro planeta desde los confines del universo… O, al fin, acaso, solo se trate de “una enorme chimenea roja / que un poeta adora como una divinidad”.
(Ubicación: Rambla Francia esquina Guaraní)




