Home Contravoces El escupeaguas
0

El escupeaguas

El escupeaguas
0
0

Glu, glu, glu… brooo, brooo… glu, glu, glu… plash, plash, plash…

–¡Ay!

El grito vino de abajo, igual que otras muchas veces. Siento las saetas encendidas de odio de la mirada que sube desde la vereda y me desea los peores males, pero sigo en lo mío, imperturbable. ¡Qué otra cosa podría hacer, si este ha sido mi oficio desde que tengo memoria! Y lo cumplo a carta cabal, a fe mía.

¿Que en qué consiste mi trabajo? Pues en esto mismo que hago ahora, evacuar las aguas que, de otro modo, inundarían el balcón en el que vivo.

Las menos de las veces, se trata de que el humano que habita la casa a que está adherido este sitio, balde y lampazo o escoba en ristre, lo lava. En esos casos, es un tanto incómodo dado que, la verdad sea dicha, no me gusta nada tragar y escupir el agua jabonosa ni la mezcla que con ella forman el polvo y los restos del humo de los caños de escape de los autos que se despegan del piso por efecto del frotar de los instrumentos de limpieza. Y eso que nunca me ocurrió lo que a otros de mi especie que laboran en este lugar, que dos por tres se atragantan con algunas hojas caídas u otras suciedades y tienen que meterles y sacarles un alambre por el gañote para destupirlos.

Disfruto mucho más cuando, lo mismo que hoy, de lanzar el agua de lluvia a la calle se trata. Entonces es como si estuviéramos tocando un concierto. Las gotas que descienden del cielo marcan el ritmo: plic, plac; plic, plac; plic, plac… y nosotros, con nuestro borbotear, gorgoritear, espumajear, creamos una melodía que para mí suena a un coro hermosamente afinado. Lo dulce y lo útil ensamblados en una sola acción estética que se complementa con el espectáculo que ofrece al ojo sensible el arco de agua que va de mis labios, redondos como una O, a la calle, un salto brillante, plástico, que estalla en mil perlas-gotas al estrellarse sobre el pavimento.

Empero, he de decir que la mayor parte del tiempo pasamos inadvertidos para los muchos viandantes que transitan por allí debajo. Hasta que, de oportunidad en oportunidad, ocurre lo que acaba de suceder. Entonces, quien se siente perjudicado por lo que no es nada más que resultado de su incuria clava en mí o en uno de mis compañeros unas pupilas de las que parecen brotar rayos y relámpagos, mientras su boca profiere unos improperios irreproducibles.

Si, en vez de molestarse por un insignificante chorrito de agua en la cabeza, se detuviera a escuchar la música que creamos y dedicara un instante de su atención a la visión de esa parábola de gemas líquidas que escupimos al unísono desde nuestros puestos, comprendería que está frente algo especial. Pero los humanos son como son, siempre van apurados; nunca tienen tiempo para hacer un alto en su camino, prestar oído a los sonidos del ambiente y admirar lo bello… Así les va.

Allá ellos. A mí, después de tantos años en esto, ya nada me hace mella. Y tengo la conciencia bien tranquila, porque sé que no solo cumplo con mi obligación, sino que también lo hago con arte.

temas: