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Piratas y millones por Hoenir Sarthou

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Según la prensa (no he visto la demanda y el tema se había mantenido en reserva hasta ahora) Aratirí le reclama a Uruguay más de 3.500 millones de dólares mediante acciones iniciadas hace un año ante un tribunal mercantil en la órbita de las Naciones Unidas.

Según las mismas fuentes, parte de la argumentación de Aratirí es que Uruguay habría alterado las condiciones de su acuerdo al modificar la legislación sobre minería y disponer un cambio de ubicación del puerto previsto para las operaciones de la empresa. Tales cambios, según la empresa, transgredirían los tratados de protección de inversiones vigentes entre Uruguay y El Reino Unido, en los que pretende ampararse.

La palabra “globalización” se usa para muchas cosas. Se la asocia con la supuesta cercanía de todo, con el flujo instantáneo de la información desde cualquier rincón del planeta y con la universalización de los gustos y hábitos de consumo. Muy frecuentemente, además, se la cree sinónimo de otros nombres, más publicitarios, como “modernización” y “progreso”.

Sin embargo, la esencia de la globalización es otra cosa, mucho más descarnada: la capacidad de los capitales y de las empresas transnacionales para operar en cualquier lugar y desde cualquier lugar, pasándose por alto las limitaciones que antes les ponían los Estados.

El de este juicio es un buen ejemplo. Aratirí desembarcó en Uruguay prometiendo inversiones de miles de millones de dólares. Se le abrieron las puertas, se le concedió derecho a un puerto, a una zona franca, a cruzar nuestro territorio con el mineroducto, a exoneraciones tributarias y al uso del agua que necesitara.  También se modificó el Código de Minería con una reforma muy enrevesada que muchos entendimos pensada en su beneficio, aunque la empresa ahora alega que la perjudicó. El argumento resulta poco creíble, dado que la enorme baja del valor del hierro parece ser “la madre del borrego” en el cambio de decisión de Aratirí respecto a la inversión.

Lo cierto es que nos quedamos sin puerto, sin mineroducto, sin puestos de trabajo directo ni indirecto, sin canon, sin impuestos, con una ley de megaminería inútil, una demanda de miles de millones de dólares sobre la cabeza, y las rodillas machucadas de tanto arrodillarnos ante “la inversión extranjera”.

Aratirí es un jugador chico para las canchas globales. Igualmente logrará pasearnos por medio mundo, haciéndonos enviar delegaciones a Washington, discutir  tratados con Londres y litigar en París. Es la cara real de la globalización, que convierte a un Estado soberano en un litigante pobre ante tribunales ajenos. Aun en la mejor de las hipótesis, si se ganara el juicio, la “farra” del litigio internacional costará muy cara y requerirá muchos esfuerzos, merecedores de mejores causas.

Nada de esto es casual. Es el corazón mismo de la globalización económica. Por eso el formato de los contratos de inversión y de los tratados de protección de inversiones incluye sistemáticamente –cada vez con más descaro- un conjunto de condiciones que implican atar de pies y manos al Estado firmante a los intereses del supuesto inversor. Esa es la función de las cláusulas de estabilidad jurídica (que atan a los parlamentos impidiéndoles legislar), de paz sindical y de competencia jurisdiccional de los tribunales internacionales.  El resultado es que los Estados dejan de ser organismos de regulación y de control para convertirse en capataces, bastante asustados,  de los intereses de la inversión extranjera.

Hay que considerar que bajo ese régimen de privilegio operan empresas realmente poderosas, pero también piratas de relativa monta, que ofrecen inversiones faraónicas con la idea de que todo termine en un juico del que puedan sacar alguna tajada.

La pregunta es hasta dónde puede Uruguay seguir firmando contratos de inversión en que compromete sus recursos naturales y se ata de pies y manos para luego ser demandado. La pregunta es muy apropiada porque tenemos ahora en agenda uno de los más descabellados acuerdos o contratos preliminares que se hayan firmado en nuestra historia: el de UPM 2. Del que todavía podemos salir sin daño, por suerte.

Los antecedentes de PLUNA, la regasificadora y Aratirí no deberían ser ignorados cuando se le reza a la inversión privada extranjera.

Porque ya se sabe lo que se dice del que tropieza dos veces con la misma piedra.

¿Qué decir del que está dispuesto a tropezar tres, cuatro, o más veces?