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Realidad y ficción: El año que vivimos en peligro

Realidad y ficción: El año que vivimos en peligro
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La frase podría aplicarse al actual estado de situación, entendiendo peligro en su acepción de “situación en la que existe la posibilidad, amenaza u ocasión que ocurra una desgracia o contratiempo”. Uruguay no sólo recibió al coronavirus, sino que ya generó casos autóctonos. La cultura, el espectáculo, el deporte y la vida diaria se ve drásticamente alterada por las medidas de defensa implementadas, y el cine sufrirá -como todos- un duro golpe económico, excepto Netflix y el resto del streaming, claro. A lo largo de su historia el cine detalló los efectos de todo tipo de plagas y epidemias. Repasemos algunas porque, como casi siempre sucede, la vida copia a la ficción.

LA PESTE. A lo largo de la historia su sombra se extendió, apoyada en trágicos episodios como la plaga de Justiniano (540-590), la peste negra (1346-1353) o la peste de Londres (1665). Aunque en 1894 se descubrió el microorganismo que la producía, dos films de F. W. Murnau mostraron que la peste podía ser causada por los embajadores del Mal. En Nosferatu (1922) hay brotes de peste en cada lugar donde el vampiro posa su planta, y eso se repitió puntualmente (aunque de manera más gráfica) en la apocalíptica versión que en 1979 rodó Werner Herzog del mismo asunto. Por otro lado, en Fausto (1926) Murnau escenificaba una desoladora epidemia ocasionada por Satanás en persona, y allí el protagonista hacía un pacto diabólico para acabar con la plaga. Esos ejemplos del expresionismo, donde la ciencia y el pensamiento racional parecían impotentes para enfrentar un enigmático y malvado poder destructor, surgían en una nación que pagaba aún las consecuencias políticas, sociales y económicas de su derrota en la Gran Guerra.

La peste también sirvió como metáfora de males más recientes. En El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1956), el caballero Max von Sydow regresa a su pueblo natal después de las Cruzadas, pero en el camino se encuentra con la Muerte, a quien reta a una partida de ajedrez para prolongar sus días de vida. Debido a ello será testigo del azote de la peste en su país, con lo cual la película ilustraba los efectos catastróficos que podrían sobrevenir a la humanidad si la guerra nuclear se terminaba convirtiendo en una nueva y mucho más eficaz peste destructiva. Por su parte, el mexicano Felipe Cazals en El año de la peste (1979) especuló sobre lo que podría ocurrir actualmente en su país en caso de surgir un brote de peste. Esa crítica social además advertía que, en caso de catástrofe, la ciudadanía quedaría en manos de políticos negligentes e inmorales, más dañinos que la propia plaga.

LOS VIRUS. La ciencia ficción sacó notable partido de este asunto. Allí los agentes de infección (el espacio exterior, un país extranjero, un laboratorio dirigido por científicos dementes o militares belicistas) provienen de lugares ajenos a la gente infectada. En cierta manera, esos films reviven el mito de Frankenstein, ya que los microorganismos surgidos en el laboratorio pueden tornarse monstruos que amenazan la vida humana. Un precursor en esa materia fue David Cronenberg en Rabia (1977), donde una bella joven era víctima de un experimento que la convertía en una suerte de vampira que seducía hombres, los penetraba con un aguijón y se alimentaba de su sangre, con lo que sin saberlo Cronenberg presagió el sida. Con ese virus ya descubierto surgieron varios dramas valiosos de los que deben recordarse la mediática Filadelfia (Jonathan Demme, 1993), la documentada Y la banda siguió tocando (Roger Spottiswoode, 1993) y la honesta, aunque sobrevalorada, El club de los desahuciados (Jean-Marc Vallée, 2013).

Epidemia (Wolfgang Petersen, 1995) narró una intriga militar relacionada con el diseño de armas bacteriológicas y la preservación secreta de un virus altamente mortal, parecido al ébola, que por falla humana quedaba libre y hacía estragos en la población. Otras veces en cambio las epidemias se desatan y los virus que las originan permanecen en el misterio. Es el caso de Ceguera (Fernando Meirelles, 2008), sobre novela de José Saramago, donde una misteriosa epidemia provocaba el colapso total de la sociedad, metáfora clara sobre la dependencia a las estructuras sociales y las dificultades para implementar nuevos mecanismos de supervivencia. 12 monos (Terry Gilliam, 1995) se situó en el futuro, y en él los sobrevivientes de una misteriosa plaga vivían a duras penas en comunidades subterráneas. Mucho más inquietante -por lo real- resulta Contagio (Steven Soderbergh, 2011), donde un virus mortal surgido en China en pocas horas se propaga por el mundo y diezma la población. Estados de cuarentena, imágenes de ciudades vacías, aeropuertos cerrados, personal sanitario enfundado en vestimenta especial, población con mascarillas, todo hace que las coincidencias con el actual coronavirus sean aquí asombrosas.

Un adelantado en combinar realidad y ficción fue Richard Matheson, que en 1954 publicó la novela Soy leyenda, donde el mundo era devastado por una pandemia originada por una mutación del virus del sarampión, que intentando curar el cáncer convertía a los infectados en vampiros. La mejor de las tres versiones de ese libro es la de 2007, dirigida por Francis Lawrence y protagonizada por Will Smith. Y, por supuesto, hay todo un subgénero de terror y ciencia ficción en el cual las epidemias virales transforman a la población en zombie, desde La noche de los muertos vivientes (1968) y El amanecer de los muertos (1978), ambas de George A. Romero, hasta las más actuales Exterminio (Danny Boyle, 2002), Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013), Invasión zombie (Yeon Sang-ho, 2016) o la saga de Resident Evil (2002-2016). En todas ellas el zombie es un ente monstruoso, devorador y expansivo, y su lucha contra la humanidad simboliza la belicosa relación entre nuestra especie y los virus.    

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".