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“Semo yuyo”

“Semo yuyo”
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“En Artiga, todas las familia istán podada. Faltan padres, gajos, abuelos, ramas gruesas para agüentar las locura de cada istación. Nesta quinta, nadies sabe bien de qué planta es hijo. Semo yuyo.”

La metáfora de un árbol genealógico que parece haber sido podado mediante hachazos sin ningún criterio, al punto de que peligre su propia existencia, resulta perfecta para hablar de un sector de la población de Artigas que desconoce su historia, que busca por todas partes, sin encontrarla, su propia identidad. Paradojalmente la marca identitaria más potente es justamente la que da cuenta de esa búsqueda, una lengua propia de los sectores populares, un habla muchas veces atacada como “incorrecta”, como un “yuyo” que las maestras debían “podar” en la escuelas.

En realidad el problema de la identidad, que parece central en la novela Viralata de Fabián Severo adaptada por Luis Vidal para teatro, trasciende ampliamente la situación artiguense. Vivimos en un país esquizofrénico, que tiene la mayor parte de su toponimia -empezando por el río Uruguay- en guaraní, pero en el que ese idioma no se enseña ni siquiera en la Facultad de Humanidades que sí ofrece cursos de japonés, euskera, alemán o chino. Durante gran parte del Siglo XIX al norte del Río Negro se hablaba tanto español como portugués, pero durante la mayor parte de nuestra historia el portugués no se enseñó en la educación pública, aunque se podía aprender francés, italiano e inglés. Y es que desde la centralidad de la Montevideo “cosmopolita” se diseñó un plan escolar que negó las realidades mestizas con la intención de establecer una identidad nacional más cercana a la de la “civilizada” Montevideo que la del “bárbaro” interior.

No todos los uruguayos somos descendientes de los inmigrantes europeos de fines del siglo XIX y principios del XX, pero sí hubo un discurso que impuso esa idea. En ese discurso nunca existieron los miles de analfabetos de los que, por ejemplo, daba cuenta Julio Castro en las Misiones Pedagógicas de los años cuarenta del siglo pasado. Y es que justamente esos sectores nunca pudieron hacer uso de la palabra. Uno de los aspectos más relevantes de la novela de Severo es la de dar cuenta de una parte de esa población ignorada, y era inevitable que fuera en la propia lengua que desde las escuelas se combatía. Como le dice la Mama a su hijo: “tú tem sorte, Fabi. Sabe escrever, dibujar los sonido y guardar ellos en un papel para escutar depós. Es más fácil existir assim. Con las lembrança rasguñada, el pasado no queda tan lejos.”

Con Viralata aparece no solo una lengua, sino una forma de sentir y de pensar que estaba casi ausente en el panorama literario local. Una forma de sentir y de pensar que, como la Mama de Viralata: “Tenía el color del barrio, el pelo corto, la cara de indio, con las arrugas da tristeza bordiando los labio.” Casi imposible no asociar esta imagen a las estrofas de otro artiguense, el indio Alana Gómez, que cantaba: “Canta mi mama la pobre/ batiendo la ropa con golpes así/ y el agua clara del río/ le dice de paso que vida infeliz.”

La voz ingenua del protagonista-narrador de Viralata llena de ternura y esperanza una realidad en la que la pobreza es un eterno presente, sin asidero en el pasado que permita pensar un futuro diferente. La versión teatral se detiene en ese inamovible presente de miseria obviando algunos de los pasajes más duros de la novela, como la denuncia del abuso que sufren niños y mujeres de la zona. No obvia, en cambio, el profundo clasismo que sienten los humildes al ir a un hospital, el desprecio con el que los profesionales de la salud tratan a los más pobres.

Si bien podía ser una opción, la versión de Vidal no es un monólogo. Rodolfo da Costa, que interpreta al Chicharra, lleva la voz principal del relato, pero en algunos pasajes significativos se apoya en Carolina Pereira interpretando a la Madre y en Dante Alfonso como el Padrino. La apropiación del lenguaje fronterizo es central para que el espectáculo funcione, para que sea creíble. No es menor señalar el éxito de la dirección en este sentido, cuando se ven sucumbir muchas veces intentos de acercarse a la realidad de los humildes justamente por no ser capaces algunos directores de captar el habla de sus personajes. En este caso el público cree en los actores porque reconoce a los personajes cuando los oye, más allá de matices en las interpretaciones. Se lleva en ese sentido todos los aplausos da Costa, quien sostiene el espectáculo yendo y viniendo con su memoria, narrando vivencias e intentando encontrar un sentido a la miseria. El que la actriz que encarna a la madre sea claramente menor que da Costa refuerza esa zona casi mágica de tiempos distintos conviviendo en un presente del que no es posible huir, una de las varias razones que hizo que pensáramos varias veces en Juan Rulfo mientras veíamos Viralata.

La escenografía envuelve a los personajes en ese árbol triste y podado de forma irregular del inicio, un árbol que deberíamos ver siempre cuando nos miramos en el “agua clara del río”, pero que nunca hemos querido ver. En Montevideo, al mirarnos al espejo, siempre hemos querido ver un Uruguay que descendiente de europeos que llegaron hace no más de tres o cuatro generaciones, negando el mestizaje que también forma parte de nuestro ser. Esa negación se tradujo en ocultamiento y marginación de esa otra realidad, que sin embargo persiste. La primera gran virtud de Vidal es dar cuenta de esa realidad, a partir de un hecho artístico valioso y original, que nos permite, al menos por un momento, conocernos un poco más. Sería bueno que en el teatro montevideano podamos ver más esas otras realidades, que también existen en los márgenes de nuestra ciudad.

 

Viralata. Versión teatral de Luis Vidal de novela de Fabián Severo. Dirección: Luis Vidal. Elenco: Rodolfo da Costa, Carolina Pereira y Dante Alfonso.

 

Funciones: sábados 21:00, domingos 19:30. Teatro El Galpón – Sala Cero.

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.