De la lógica del reparto a la del encuentro por Valentina Viera

En estos días, mientras asumen nuevos intendentes, ediles, alcaldes y concejales en todo el país, se renueva también una trama que no siempre es visible: la política vivida en el territorio. No la que se debate en redes ni la que se anuncia con gráficas, sino la que se hace —o no se hace— en las cercanías, en contacto directo con la vida de las personas.

Este recambio departamental y municipal es una oportunidad para preguntarnos cómo se implementan, en la práctica, las políticas públicas. Porque si bien muchas decisiones se toman desde el gobierno nacional, es en los departamentos, municipios y localidades donde esas políticas deben cobrar sentido. Y ahí no todo es igual: no hay los mismos recursos disponibles, ni las mismas redes institucionales —públicas o privadas— que respalden. Tampoco se vive igual la política, ni se interpretan de la misma forma las necesidades o los derechos. Por eso, lo que funciona en un lugar puede no servir en otro.

En especial, las políticas sociales hacen evidente esta tensión. Porque no hay nada más territorial que la pobreza, la desigualdad o el cuidado. No se vive igual criar, enfermarse o envejecer en una ciudad intermedia que en una zona rural o en la periferia de una capital

departamental. Y sin embargo, seguimos intentando respuestas mayormente uniformes, sin adaptar realmente su implementación a las realidades locales.

A esa desconexión se suman las tensiones entre niveles del Estado. Se cuelan disputas de poder que pocas veces se hacen explícitas: entre partidos, entre gobiernos, entre instituciones. Se corre el riesgo de postergar programas, ralentizar apoyos o reubicar recursos, no por criterios técnicos sino por decisiones políticas. Y en ese juego, las personas y sus necesidades quedan atrapadas en medio de negociaciones que no siempre las prioriza.

Lo más preocupante es que ya no hay margen para la improvisación. Tenemos los datos. Sabemos lo que falta, dónde falta y a quién le falta. No estamos empezando de cero. Llevamos más de veinte años con un Ministerio de Desarrollo Social —con sus aciertos, errores y transformaciones— y aún más con una tradición de políticas sociales que no comenzó con el MIDES, pero sí se consolidó con su creación. Ya no se lo puede seguir tratando como un ministerio “joven”. Las políticas que implementa tienen impacto directo en la vida cotidiana, y exigen una estructura sólida y una coordinación real con los gobiernos departamentales y locales.

También es cierto que hemos avanzado. Hoy los partidos recorren más el país, escuchan, identifican matices, reconocen particularidades. Ese ejercicio democrático es un logro. Pero debe traducirse en acciones concretas, en presupuestos, en decisiones coherentes con esa escucha. Ya no hay tales distancias físicas: hay rutas, conectividad, presencia estatal. Pero persisten otras distancias más difíciles de achicar: simbólicas, ideológicas e institucionales.

En ese sentido, los espacios de articulación intergubernamental deberían tener un rol mucho más activo. El Congreso de Intendentes, por ejemplo, no puede limitarse a discutir partidas, tributos o mecanismos de recaudación. Si aspira a ser un verdadero espacio de

articulación con el gobierno nacional, debe contribuir también a una mirada estratégica sobre cómo se aterrizan las políticas en el territorio y cómo se integran con las herramientas locales.

Quienes asesoran y coordinan estos espacios, desde lo técnico o lo político, tienen la responsabilidad de hacer valer esa articulación.Si no se abre el diálogo hacia el contenido de las políticas, su impacto, su evaluación y su mejora, entonces ¿qué estamos articulando realmente?

Después de más de dos décadas de institucionalidad social y más de una de descentralización municipal, Uruguay tiene las condiciones para dar un salto político y democrático importante.

Es hora de entrelazar herramientas, niveles y saberes. De salir de la lógica del reparto para entrar en la lógica del encuentro. De reconocer que una política pública no puede ser exitosa si no entiende y respeta el suelo en el que pisa.

Porque, al final del día, la política más efectiva es la que nace de la escucha, crece con cooperación y se sostiene en vínculos reales.

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