En la izquierda tenemos el síndrome de discutir largo y tendido.
Recuerdo allá por el 84, en los orígenes de la IDI, que durante
horas se debatió en una multitudinaria asamblea, si la bandera que
representara a ese grupo debería ser roja, azul y blanca o rojinegra.
Sesudas arengas y razonamientos estratégicos se expusieron por
parte de los que sostenían una u otra de las opciones, ahí entendí
que las banderas, al decir de Drexler, son solo un trozo de tela triste
El fin de semana en el congreso del FA se armó flor de batahola por
la integración de una de las mesas, ya que solo figuraban varones y
las mujeres patearon por ese hecho en una fuerza que se definió
como paritaria, pero nadie quería ceder el puesto en el estrado.
Como si dirigir por un rato el Congreso tuviera relevancia política.
El martes de noche se presentó un nuevo grupo frentista que es la
conjunción de varias organizaciones, que podríamos denominar
como moderadas, la pata del centro o socialdemócrata del Frente.
La cuestión es que la noche anterior los dirigentes amanecieron
discutiendo si el nombre final sería progresistas o seregnistas.
Quedaron los dos porque no hubo acuerdo en algo tan “relevante”.
¿Tenemos un ADN izquierdista para enfrascarnos en la futilidad?
Algo así me parece, viendo que las dos últimas interpelaciones
fueron por un preso fugado y recapturado y los aviones Hércules.
Ahora se puso en agenda si hay lista gris y si es culpa de la LUC.
Me da la impresión que son temas irrelevantes para los ciudadanos.
La preocupación de la gente hoy pasa por el empleo, la situación
económica y la pobreza, según la reciente encuesta de opinión.
El gobierno y su coalición del arcoíris se quejan de la oposición
baguala, que solo pone palos en la rueda y no los deja gobernar.
Algunos escribas fundamentalistas del oficialismo los acusa de
revivir el slogan sesentista y de buscar: el cuanto peor, mejor.
Se imaginan oscuras conspiraciones, fogoneadas por el Foro de
San Pablo, que coordinan paros sindicales y acción parlamentaria.
No mezclen aserrín con pan rallado, les aviso que no pasa por ahí.
Es casualidad. Para que les quede claro: No hay tanta inteligencia.
Alfredo García






