Las ideologías son como las brujas, que las hay, las hay.
Y la verdad me rechina que se hable de “razonabilidades”,
anteponiendo como elemento central una supuesta contradicción
del énfasis en lo individual frente a otro énfasis en lo colectivista.
Y se cae en viejos clichés dándole al liberalismo la propiedad de la
libertad, la iniciativa individual y la responsabilidad frente a un
dirigismo burocrático que planifica, obliga y vigila a la sociedad.
Me parece que es una manera muy superficial de encarar el tema.
Las sociedades están compuestas por grupos humanos con
intereses e ideas que los unen y que tienen contradicciones con
otros grupos, y ese enfrentamiento es quien oficia de motor social.
Se le puede llamar clases, estamentos, estratos o categorías según
el gusto del escriba y la pertenencia de la gente a uno u otro, no
solo es por una pata económica, sino también cultural e ideológica.
Demás está decir, que su permanencia no es eterna ni inamovible.
La gente cambia de situación y por ende también se transforma su
visión de interpretar el mundo, sus problemas y las soluciones.
Nuestro país vive desde 1985 un régimen democrático que ha ido
evolucionando hasta convertirse hoy, en una democracia plena.
Han rotado los partidos gobernantes y ninguno ha cuestionado el
sistema capitalista dominante en sus bases fundamentales, más
bien, todos lo administraron según su mejor saber y entender.
Sin dudas hay diversas concepciones del rol del Estado.
Y para algunos el mercado y la iniciativa privada es clave.
Mientras que otros apuntan a que lo estatal pese mucho.
Todos creen que su camino es el más indicado para lograr la
publica felicidad y si miramos la realidad vemos resultados diversos.
Están los que se juegan a crecer y luego distribuir por derrame,
mientras que otros priorizan la distribución con el crecimiento.
No creo que hoy por hoy los partidos políticos expresen proyectos
de país muy diferentes, más allá de las etiquetas que se aplican
mutuamente, en una simplificación de las políticas utilizadas.
Motosierra o despilfarro suena bien para las tribunas respectivas
pero en el fondo hay ciertos parámetros que ninguno trasgrede.
La pregunta del millón es hacia qué modelo de país debemos
caminar y la respuesta debería elaborarse en forma conjunta.
Alfredo García




