La verdadera batalla cultural

En una sociedad democrática existen múltiples posturas diversas.

Las categorías izquierda y derecha son instrumentos muy válidos

que se utilizan de manera universal para diferencias políticas.

De ahí en más surgen miles de diferentes categorías: estatistas o

libremercadistas, colectivistas o individualistas, marxistas y

liberales, ambientalistas y productivistas, feministas y machistas,

soberanistas o globalistas, nacionalistas e internacionalistas.

En definitiva, podemos encontrar un sinfín de clasificaciones.

No está mal que las diferentes posiciones intenten ganar adeptos y

lograr hegemonizar la agenda con sus reclamos o propuestas.

No es sencillo lograrlo, y más difícil aun es que se permanezca en

el tiempo y el espacio con una poderosa mayoría inamovible.

Esto pasa a nivel cultural, político, social, económico o cualquier

ámbito que se imagine, y lo único permanente es el cambio.

Entonces no hay que renegar de que exista batalla cultural, algunos

seguimos pensando en que la lucha de clases es como aquellos de

las brujas, podes creer que no existen, pero que las hay, las hay.

La cuestión de fondo no es de contenido sino de cómo es el envase

Las ideas no se imponen, la historia del mundo ha demostrado que

todos los intentos para lograrlo, han fracasado estrepitosamente.

Pero no es menos cierto que es más fácil entrar en la lógica de

amigo y enemigo y promover la polarización, que apostar al dialogo

entre diferentes, buscando los posibles acuerdos entre adversarios.

Hoy por hoy se descalifican a priori las ideas o propuestas de

acuerdo a quien es el que las impulsa, matamos al mensajero.

Nadie es el dueño de la verdad, aunque no es sencillo reconocer

que el facho tiene razón en algo o que el zurdo acertó con una idea.

La elite política, le erra feo al discutir de manera agresiva sobre

temas que muchas veces a la gente común le importan muy poco.

La lógica del matón de barrio o de la matrona de la cuadra podrá

despertar aplausos de las barritas cercanas, pero no mucho más.

Apostemos a una batalla cultural de ideas y propuestas con altura.

Alfredo García

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