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EL PENSADOR por Antonio Pippo

EL PENSADOR  por Antonio Pippo
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He imaginado que al acercarse las elecciones los ciudadanos nos vemos como introducidos a la fuerza en una angostura –imagine lector, dos altas paredes creando un pasadizo por el que hay que caminar hacia una urna- que nos nos pone en riesgo de un accidente cerebro vascular por tanta duda que, mientras caminamos, tozudos y patrióticos, nos proveen los candidatos presidenciales.

Es que siguen verbalizando enunciados: supuestos planes, que supuestamente conocen cómo aplicar para un supuesto futuro mejor.

Dicen: “Vamos a hacer tal cosa”. Pero no dicen cómo, salvo que se entienda por tal cuatro o cinco frases insustanciales.

O dicen: “No haremos tal otra cosa”. Pero todos dudamos si nos mienten o nos esconden la verdad para que después, frente a los hechos consumados, puedan resistir un archivo.

Lo interesante es la teatralización. Es como un paso de comedia de Vacarezza o un acto de tragedia shakespereana, tonos de voz y gestualidad incluidos, que nos impelen a pensar, aunque nos desesperemos por saber realmente qué pasará si se sientan en el gran sillón, si es que se están presentando al modo de protagonistas –al decir del periodista y escritor Elio Gaspari- de “una teoría final del mundo, haciendo que todo parezca nuevo con el objetivo de que todo lo que hay no cambie”.

Gaspari imaginó, para describir lo que está ocurriendo, una anécdota graciosa y patética a la vez: “Imagínese un ciudadano interesado en comprar una casa en la playa. Alguien dice que conoce una pequeña ciudad donde se privatizó las actividades municipales, fue despedido el noventa por ciento de los empleados públicos, liberaron las reglamentaciones para construir y se rebajó a la mitad los impuestos municipales. El ciudadano va y comprueba que todo es verdad. Al mismo tiempo se entera de que la ciudad está en manos del narcotráfico, amenazaron a un candidato y hace poco tiempo mataron al obispo. El ciudadano termina advirtiendo que aquellas reformas modernas y cosmopolitas eran, apenas, un disfraz del viejo”.

Lo que hacen los políticos actuando de manera parecida es crear la idea, que más que idea es mera ansiedad, de que hay que tomar el tren ya, porque probablemente sea el último y el riesgo es quedar fuera del progreso. Y la creación de esa ansiedad se hace en base a generalizaciones, compromisos sin certeza y -¡ah, eso no puede faltar!- ataques a los competidores y comparaciones que siempre remiten al pasado, cuanto más remoto mejor.

Por supuesto que hay que subirse al tren del progreso. Claro, sin correr a tropezones ni tomar ansiolíticos, pues cambiar las cosas en un país como éste requiere ir en el transporte adecuado, pero no es cierto que haya un único transporte. A ritmo cada vez más acelerado pasan varios.

“¡Venid conmigo o les caerá encima la maldición de los infiernos!”. O, dicho de otra forma, “si no me votan se condenan a la exclusión y la marginalidad”.

Esta patraña puede concebirse, y de hecho se está dando, por la abundancia y choque entre sí, como ya lo he sugerido, de excesiva información transmitida a demasiada velocidad que sólo deja sitio a la fidelidad por dogma, al fanatismo o a la ignorancia de votantes que, muchas veces, inclinan la balanza para el lado errado.

Eso, “el disfraz del viejo”, no tiene nada de novedoso. Pero a esta altura deberíamos habernos dado cuenta de que, cuando el camino termine, habremos sido nosotros quienes decidimos adónde ir.

Y al menos yo no quiero hacerlo en medio de este escenario, y digo, en voz alta y clara, que quiero ejercer mi derecho a que los señores candidatos –y debe ser ahora, para octubre- sean intelectualmente honestos.

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Antonio Pippo Tiene 58 años de trabajo en el periodismo. Ha trabajado en todos los canales de TV del país, abiertos y por cable, menos VTV; ha trabajado en casi todos los diarios, semanarios y revistas (los que se han editado y los que aún se editan en el país); ha trabajado como columnista en varias radios. Ha sido docente de comunicación en la Universidad  ORT. Ha publicado seis libros. Ha dictado charlas y conferencias en la capital y diversas ciudades del interior sobre temas de periodismo. Fue productor general y co protagonista de un espectáculo de tango que se presentó en el país durante diez años, cerrando ese extenso ciclo el año pasado.