–¡Vecino, vecino!
El hombre, resignándose a ser víctima del consabido mangazo, detiene la marcha y se vuelve hacia el cuidacoches:
–¿Sí?
–¡Dios está conmigo! –afirma el muchachón, mientras levanta sus brazos al cielo y los agita con movimientos faltos de coordinación.
Un poco descolocado, calculando que todavía le quedan varios mandados por hacer, pero sin encontrar las fuerzas para darse media vuelta y continuar su camino, se queda un segundo de más parado frente al otro, que lo mira con los ojos brillantes y una sonrisa desdentada iluminándole el rostro curtido por el sol.
Interpretando la parálisis del hombre como el deseo de conocer su historia, el cuidacoches no pierde el tiempo:
–Yo guardo mis cosas allí enfrente, en el escalón de la puerta de la iglesia del Hospital, atrás de esa reja que siempre está cerrada, ¿vio? Ayer dejé la mochila ahí y me vine para esta vereda. Pero, después del mediodía, me dio sueño y me acosté a dormir. Al rato me despertó la Ratona. “Che, Gustavo, ¿dónde están tus cosas?”. Pegué un salto, crucé y me encontré con que me habían pelado todo. Me habían dejado en chancletas y sin la ropa mejorcita para cambiarme… Solamente había quedado un palito con la punta pintada de rojo en el piso. Enseguida me di cuenta de que el rastrillo lo había usado para enganchar la mochila, acercarla y afanármela. Entonces, miré al cielo y le dije a Dios: “Bo, esta es tu casa, no puede ser que permitas que roben acá. ¡No puede ser, bo, no puede ser! ¡En tu propia casa!”… Estaba requemado.
Pero fíjese lo que son las cosas, vecino. De tardecita, como a las ocho, de allá abajo, del lado de la Aduana, veo venir a un moreno derechito a donde estaba yo. Todo canchero, va y me dice:
–Ñieri, ¿no viste por acá un palito con la punta pintada de rojo?
Lo abarajé en el aire:
–¡Sacate esos championes y el cinturón, que son míos, y dame la mochila o te cago a trompadas!
¡Ja, ja, ja! ¡Dios está conmigo, vecino, Dios está conmigo!




