¿Hay alguna relación entre las noticias policiales, que nos abruman con homicidios, violaciones, ajustes de cuentas, violencia intrafamiliar, asaltos, robos y rapiñas, y la forma en que manejamos nuestros instintos en las sociedades occidentales?
Sigmund Freud, en una obra breve pero formidable que en castellano se titula “El malestar en la cultura”, hizo una afirmación que nos hemos empeñado en ignorar durante los últimos setenta años.
La cultura –sostiene Freud, aunque la cita no es textual- se basa en la renuncia a la satisfacción de los instintos. Freud se refiere expresamente a los instintos sexuales y agresivos, pero posiblemente el concepto sea más amplio. Por cierto, la vida en común sería imposible si nos permitiéramos dar rienda suelta a nuestros impulsos sexuales o agresivos. Pero también lo sería si consumiéramos libremente todos los recursos disponibles, o cediéramos a la comodidad de no generar nuevos recursos.
Freud analiza varias formas en las que las sociedades y los individuos nos las arreglamos para renunciar o postergar la satisfacción de nuestros instintos, que van desde la negación y la represión hasta la desviación de la energía (“sublimación” la llama él) hacia la ciencia, el arte y las ideas.
Como sea, la noción es simple y hasta no hace mucho era compartida por casi todas las sociedades humanas, al punto que el propio Freud se preguntaba si no gastaría inútilmente papel y tinta para decir algo obvio. Pero Freud no vivió la década de los años 60’ del Siglo pasado. Por eso no llegó a advertir lo oportuno de que gastara ese papel y esa tinta.
Desde hace unos setenta años (básicamente desde fines de los años 50’ pero sobre todo a partir de los años 60’ del Siglo XX), las sociedades occidentales se han empeñado en ignorar y negar eso que antes era tan evidente para Freud y para todas las sociedades, incluidas las occidentales.
¿Qué paso en los años 60’?
Las sociedades occidentales, en mayor grado cuanto más ricas fueran, decidieron liberarse de la represión o contención de los impulsos instintivos y dar rienda suelta a deseos y sueños antes considerados imposibles. No fue por casualidad. Hubo mucho de planificación, publicidad y negocio en eso.
¿Qué tienen en común el Estado de bienestar, el movimiento hippie, las revueltas estudiantiles, la consigna de “la imaginación al poder”, el consumo y prestigio de sustancias estupefacientes, el desarrollo y uso de armas nucleares, el surgimiento de “la juventud” como sujeto histórico, la conversión de los deseos en “derechos”, el cuestionamiento de “La Razón” y de “los grandes relatos”, la “new age” y su caricaturezca versión de filosofías “orientales”, el apogeo del consumo, y la reivindicación de la emoción y de la subjetividad como guía de las decisiones vitales?
Simple y en criollo: tienen en común el abandono de la idea de que la vida en sociedad requiere sacrificar impulsos que nos nacen de las tripas y hacer esfuerzos a los que nuestras tripas se resisten.
Como herederos tontos de familias ricas, las sociedades occidentales desarrolladas se pusieron a dilapidar lo que sus ancestros habían acumulado durante siglos de esfuerzo, trabajo, explotación y rapiña de sociedades más pobres. No sólo lo hicieron, sino que lo teorizaron. La filosofía, la economía, la ciencia política, la literatura, la poesía, la música, la pintura, el teatro y el cine se dedicaron a justificar, estetizar y glorificar la liberación de los instintos, de las emociones y del gasto, y a condenar el esfuerzo, lo racional y lo disciplinario.
El prestigio de las sociedades occidentales opulentas en que nació el fenómeno, como las de EEUU y Europa, hizo que la lógica de su moda ideológica y vital, debidamente publicitada, se expandiera por el mundo y fuera adoptada incluso por sociedades que no tenían ni tienen recursos con que sostenerla.
Vuelvo al inicio: ¿esto tiene alguna relación con las noticias policiales que nos abruman todos los días?
Sostengo que sí. La liberación de los instintos y el abandono del esfuerzo disciplinario en sectores sociales ricos y educados trae como consecuencia cierto libertinaje, gastos inútiles, adicciones, modas estéticas absurdas, algunos desbordes puntuales, ocasionales violencias y quizá una depresión vital posterior. Pero, ¿qué ocurre en sectores sociales que no tienen los recursos materiales y culturales para financiar ni para limitar sus instintos?
La respuesta es obvia: violencia.
Cuando se exalta el goce y el deseo se convierte en un “derecho”, pero ni la educación ni el trabajo se presentan como vías para obtener lo deseado, la violencia es el camino que queda.
Lo que vemos en los noticieros, las monstruosidades que se filman y circulan en las redes sociales, son inseparables de la lógica por la que la sociedad considera “un derecho” la liberación de los instintos y la satisfacción de los deseos. Olvidando que el ADN de la sociedad es precisamente la renuncia o la represión de los instintos y la postergación o reorientación sublimada de los deseos más básicos.
En los sectores socioeconómicos pudientes, los deseos se satisfacen con plata, y las consecuencias negativas se tapan con más plata. En los sectores socioeconómicos menos pudientes, los deseos se satisfacen con violencia y las consecuencias negativas se pagan con marginalidad, cárcel o muerte. Es decir con más violencia.
Esa violencia es, a la vez, síntoma y factor clave de la descomposición social. Y la descomposición social tiene consecuencias y beneficiarios. Una sociedad desarticulada es incapaz de proteger lo que le pertenece.
No sé, podría seguir chachareando sobre ésto durante horas. Pero creo que lo esencial está dicho.
Cuando las sociedades olvidan que su supervivencia depende de limitar y reorientar de manera constructiva sus energías e impulsos instintivos, hay poco para hacer. Si a ello le sumamos que uno de los mecanismos disciplinarios clásicos, el trabajo, está en crisis por el avance tecnológico, el problema se potencia aún más.
No se me ocurre que haya un tema políticamente más importante que la revisión de los objetivos colectivos e individuales que nos planteamos como sociedad. Pero, claro, eso no es algo que pueda hacerse mediante recetas que vienen de las sociedades occidentales, antaño opulentas, donde nació el problema





