Ahora es mi mascota. Aunque no me animo a mostrárselo a nadie, ni siquiera a mi mejor amigo. Porque se asustaría. Tampoco puedo llevarlo a casa, cual si fuera un perro, un lorito o una tortuga. Si lo hiciese, mi mamá se volvería loca. Por eso nos vemos en su guarida.
Lo encontré en una casa abandonada. Una mancha en su descascarado frente llamó mi atención. En ella se insinuaban un montón de figuras como pintadas en grises y negros. En ese momento, recordé un cuento que nos leyó la maestra. Hablaba de una niña que en una humedad de la pared de su cuarto había descubierto “el perfil de Barba Azul”; había tenido “el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro”; y había visto “montañas echando humo”…
¡A mí me pasaba lo mismo!, pensé. En ese instante mágico, sacó su cabeza a través del muro y me sonrió. De allí en más, paso a verlo a diario. Lo llamo y se asoma. Algunas veces, da un salto y baja a la vereda. Entonces, le hago mimos y él ronronea feliz.
(Ubicación: Zabala 1269)





