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Las inocultables grietas de una sociedad fragmentada Por CARLOS ACEVEDO

Las inocultables grietas de una sociedad fragmentada  Por CARLOS ACEVEDO
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La enseñanza y los conflictos que derivan de su ejercicio han sido durante décadas temas recurrentes en la cinematografía mundial. El cine norteamericano, por mencionar uno de los que más ha explotado el tópico, ha sabido elaborar conmovedores ejemplos, dejando verdaderos clásicos como “La sociedad de los poetas muertos” o “Al maestro con cariño”. Incluso, el cine latinoamericano abunda también en filmes que desnudan las dificultades del quehacer didáctico. En ese contexto, la película alemana “Sala de profesores”, actualmente en carteleras uruguayas, es una muestra poco convencional de este verdadero subgénero.
Para aquellos que no están vinculados al tema, la docencia es una disciplina recurrentemente cargada de estereotipos, tanto positivos como negativos. El educador, en el ejercicio de su tarea, que excede en muchos casos la mera transmisión de conocimientos, debe lidiar con complejas problemáticas que a menudo desnudan conflictos sociales, familiares y sicológicos.
Maestros y profesores, al menos los que entienden su profesión desde una vocación humanista, suelen fungir de psicólogos, amigos o segundos padres de sus alumnos, y muchas veces son recipientes de los miedos y frustraciones de sus educandos. Así, mutan en una suerte de involuntario escudo contra los problemas residuales de un sistema en el cual prima la acumulación de bienes y las apariencias por encima de la búsqueda de conocimiento, los valores humanos y el desarrollo espiritual.
En recurrentes oportunidades, el cine ha retratado el complejo universo de la educación, a menudo desde un abordaje idealizado y, por momentos, distante de la realidad. Desde el drama más sensiblero hasta la más ácida crítica social, Hollywood coadyuvó a fomentar una visión algo estereotipada de la tarea docente y de quienes la ejercen. Desde estas latitudes, aunque con una visión más adaptada a nuestro contexto sociocultural, el cine ha ensalzado también la actividad educativa y su dimensión social.
“Sala de profesores”, filme alemán del cineasta Ilker Catak, que puede disfrutarse actualmente en las salas de exhibición capitalinas, continúa en cierta forma la habitual tradición del subgénero, pero aporta una mirada diferente, enfocando el tema desde otros ángulos.
El conflicto que desencadena la trama es una misteriosa sucesión de robos dentro de un local de enseñanza, que genera una ola de desconfianza entre todos los actores educativos, tanto en el cuerpo docente como en los funcionarios y los alumnos. Ello horada la confianza mutua dentro del centro, lo cual fractura un ilusorio equilibrio, desnuda inseguridades, mezquindades y desconfianzas. El peso del relato recae básicamente en la figura de una joven profesora de Matemáticas y Educación Física, idealista y entusiasta, que enfrenta su primera tarea de docencia efectiva.
La aparente perfección en el funcionamiento del colegio donde ella trabaja, se ve cuestionada por la desaparición de dinero y efectos personales dentro de las instalaciones educativas. Esta coyuntura provoca un desmoronamiento del sistema normativo implícito dentro del lugar, lo cual desnuda prejuicios racistas, luchas de poder y desconfianzas dentro del propio cuerpo docente.
Ante esta situación de caos normativo, los alumnos de la novel profesora se atrincheran en un instintivo corporativismo, que los lleva a establecer una verdadera guerra contra las figuras de autoridad dentro del colegio, revelando, asimismo, sus propios prejuicios y temores. Los docentes y los funcionarios, en cambio, se parapetan en posturas personales y mezquinos resentimientos, acrecentando el abismo generacional con sus alumnos y haciendo aflorar sus propios conflictos personales.
Con un ritmo más cercano a un thriller, pero manteniendo siempre la tensión dramática y el cuestionamiento a un sistema perfecto en apariencia pero profundamente disfuncional, “Sala de profesores” es un reflexivo ejercicio cinematográfico que trasciende a los habituales clichés. La tensión intergeneracional, la pugna por el poder entre educadores y educandos, la desidia de padres indolentes o manipuladores que repercute en la conducta de sus hijos y los propios traumas de aquellos encargados de educar y encausar a los adolecentes, son algunas de las diversas aristas de una ardua problemática que plantea más dudas que certezas.

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