Orwell era argentino

La realidad actual argentina no deja nunca de sorprendernos.
Su enorme riqueza económica e intelectual y su debacle social.
Su patriciado, su sindicalismo, su farándula y su peronismo.
Su mejunje de partidos, su corrupción y su débil institucionalidad.
Sus poderosos medios de comunicación deformadores de cabezas.
La constante y masiva idolatrización de personajes muy bizarros.
Su política de enfrentamiento al estilo barra brava y la famosa grieta
Que difícil se nos hace entenderlos desde esta orilla, ¿verdad?
Y con miopes ojos pueblerinos catalogamos de progresistas a
algunos que más vale perderlos que encontrarlos, al mismo tiempo
que identificamos de liberales a otros profundamente reaccionarios.
A nuestros vecinos rioplatenses no los podemos decodificar con los
parámetros de derecha e izquierda, como dice Guillen en su Son:
“negros y blancos; uno mandando y otro mandado, todo mezclado”.
Pero se llegó al domingo pasado al acto eleccionario con una crisis
económica espeluznante, inflación galopante y pobreza extrema.
Y el ministro de economía de la debacle peleando la presidencia.
Por otro lado, un “líder extraterrestre” que prometía cambio radical.
Ocurrió una verdadera Rebelión en la granja, con una impronta
orwelliana porteña, donde la guita que repartió el gobierno, el uso
del aparato estatal y de la estructura peronista no fue suficiente.
¿Qué pesó en la gente humilde para definir a quien apoyar?
Seguramente fueron múltiples los motivos: el hartazgo, la bronca, la
miseria propia, los privilegios ajenos y sobre todo la desesperanza.
No creer en nadie, llevó a un montón de gente a apostar a lo nuevo.
Seguramente muchos se rifaron algunas de sus propuestas y
optaron por algún punto del transgresor discurso que los sedujo.
Sigue más vigente que nunca aquello de: El medio es el mensaje
y vemos que el rol de los medios y las redes sociales es innegable.
Mirando allende del Plata, duele mucho lo que pasa en Argentina.
No podemos creer que hay catorce millones y medio de oligarcas.
Pero nos queda la amarga sensación que había tanto barro en el
chiquero, que esta vez sin saberlo, los chanchos votaron a Cativelli.
Alfredo García