Hace varias décadas, cuando el mundo estaba en plena Guerra Fría, dividido entre los EEUU y la URSS, en varios países de América Latina surgió una postura política que se llamó “Tercerismo”, o “Tercera Posición”.
Su tesis central era que nuestros países no debían embanderarse tras ninguna de las dos potencias dominantes y que debían preservar su independencia y su soberanía política en el marco del enfrentamiento geopolítico que afectaba a todo el mundo.
En Uruguay, esa postura fue defendida intelectualmente por personalidades como Carlos Quijano, Carlos Real de Azúa, Arturo Ardao y Aldo Solari, entre otros, básicamente a través del Semanario “Marcha”, pero el concepto pesó también en otros sectores de la izquierda independiente (no alineada con la URSS) e incluso de los partidos tradicionales.
En el resto de América, la adoptaron movimientos como el Peronismo argentino y el APRA peruano, liderado política y teóricamente por Victor Raul Haya de la Torre, e incluso el Castrismo cubano, que en esa época creó el Movimiento de Países No Alineados.
Hoy nuevamente el mundo parece dividido y enfrentado por dos centros de poder. En particular América Central y del Sur, Uruguay incluido, se encuentran en una nueva situación económica, política, e incluso de seguridad ante intervenciones militares.
Podría decirse que estamos ante dos modelos de dominación política y económica.
El primero es el modelo “blando”, que se fue imponiendo en Uruguay desde mediados de los años 80, con los gobiernos civiles post dictadura.
Se caracterizó por la penetración “pacífica” de intereses económicos globales, financieros y corporativos, a través del endeudamiento con los organismos de crédito internacionales, la firma de contratos secretos con inversores transnacionales, y la aprobación de leyes y reformas “recomendadas” por los acreedores e inversores, y hechas a su medida (lavado de activos, forestación, zonas francas, ley de puertos, bancarización, ley de riego, régimen de exoneraciones tributarias, reformas del sistema penal, de la seguridad social, de la enseñanza, etc.).
Todo ello acompañado y posiblitado por un proceso lento y deliberado de desarticulación social, mediante la corrupción política, la cooptación de la academia y de la prensa, el decaecimiento de la enseñanza, la promoción de políticas de conflicto social (de género, raciales, generacionales, partidarias, etc.) y de políticas de miedo (pandemia, cambio climático, guerras).
En ese contexto de conflictos, incertidumbres y miedos, la defensa de los intereses que nos son comunes a los habitantes del país fue quedando olvidada y se hizo más fácil la penetración y la dominación económica, ideológica y política.
El modelo “blando”, del Foro Económico Mundial, de las burocracias de los organismos internacionales y de una cáfila de gobernantes y políticos que veían y ven en él la forma de obtener promoción, financiación y créditos, incluyó a Uruguay en un esquema en que los capitales financieros, a través de las gestoras de fondos de inversión (Vanguard Group, Blackrock, Fidelity, State Street, etc.), que controlan las acciones de nuestros mega inversores, lograron acceso casi gratuito a los recursos más valiosos del país, el agua superficial y subterránea, tierra, puertos, y ahora incluso el océano y los eventuales recursos del subsuelo marino.
En el Uruguay y en el mundo, ese modelo “blando” ha sido acompañado por el ascenso del régimen chino como potencia mundial, sobre todo comercial (hoy es nuestro principal mercado) en desmedro del papel de los EEUU y de Europa en el comercio y en la geopolítica mundial.
Pero el modelo “blando” se ha topado con algo inesperado. El segundo gobierno de Donald Tramp ha recreado otro modelo de dominación, que podemos llamar “duro”, en el que las herramientas de control no son la penetración ideológica ni la desarticulación social, sino directamente la amenaza, la extorsión y el uso de la fuerza militar. Un astuto refrito de la doctrina Monroe y de la “diplomacia de las cañoneras”.
No es casual que Trump y sus aliados desprecien y se burlen del cambio climático, de las políticas de género, de las pandemias y vacunas, y que corten la financiación de las ONGs y de los organismos internacionales. Lo hacen porque esas son las armas del otro modelo de gestión global, que conduce a los EEUU a un papel de potencia de segundo orden y le otorga al régimen chino y a sus aliados un papel cada vez más poderoso.
¿Cómo interpretar al fenómeno Trump y a sus aliados?
Una interpretación posible es que el trumpismo representa la reacción de la todavía poderosa burguesía estadounidense ante un modelo que la condena a perder poder y ganancias.
Los capitales financieros globales no tienen patria ni asentamiento territorial definitivo. Invierten donde haya facilidades y recursos y les importa poco trasladar sus inversiones a donde convenga más. Empezaron en Europa, pero tras la Segunda Guerra Mundial se centraron en EEUU, y desde 1970 vieron la oportunidad en China e invirtieron allí.
Es así que hoy las mismas gestoras de fondos de inversión (Vanguard, Blackrock, etc.) tienen inversiones muy fuertes en los bancos y empresas de todo el mundo, incluidos EEUU, China, Europa, Rusia… y Uruguay.
¿Qué es el trumpismo, entonces?
Al parecer, una extraña alianza de la burguesía y de la clase trabajadora estadounidense, desocupada por el modelo de deslocalización global, junto con cabezas de la nueva generación de la industria tecnológica (Musk, Peter Thiel de Palantir, el amigo de Vance, etc) a las que Trump les ha dado grandes prerrogativas mediante contratos con el Estado, e incluso ahora hace buenas migas con la industria armamentista, a lo que se suman sectores conservadores de larga data, como organizaciones religiosas y el exilio cubano, que apoya a Marco Rubio.
¿Cuál es el mensaje del trumpismo al capital financiero global?
Algo así como “No nos descarten tan rápido. El aparato político y militar de los EEUU todavía tiene buenos negocios que ofrecer, tanto o más que el aparato chino”.
Y lo está demostrando. En menos de un año, a fuerza de aranceles, amenazas, negociaciones y bombardeos, logró meterse en Gaza y Medio Oriente, recuperó el petróleo de Venezuela, salvó a Milei y abrió más aún las puertas de la Patagonia, arregló la venta del petróleo venezolano a la India (en perjuicio de Rusia), aspira a controlar Groenlandia y tiene achicados a todos los gobiernos de América Latina, a los que les recordó que son su patio trasero y que pueden ser atacados sin que China ni Rusia los defiendan demasiado.
Todo indica que estamos en medio de una guerra por la gerencia global.
El modelo “blando” y manipulador del Foro Económico Mundial, de las burocracias de los organismos internacionales y de sus gobernantes comprados y chantajeados (lo de Epstein no es casual) favorecía al gobierno chino como comisario global, pero se ve desafiado por el modelo “duro” del trumpismo, que opera con promesas de plata (que a veces no cumple) y sobre todo con amenazas y cachetazos.
Pero a no engañarse. Los dos gerentes saben que no deben perjudicar al patrón, al capital financiero global, que invierte en todas las canastas, para ganar sea quien sea el gerente, y que suele decidir quién gana. Por eso la guerra tiene sus límites. No es casual que Trump haya aparecido en Gaza de la mano de Tony Blair y en Argentina con Blair y J. P. Morgan.
La gran pregunta es qué debe hacer el Uruguay en ese nuevo contexto mundial.
Históricamente, las épocas de conflictos globales han sido buenas para los países chicos si juegan al equilibrio. Pero eso requiere inteligencia y ductilidad.
Cabe preguntarse, por ejemplo, si el reciente viaje de Orsi a China, que generó molestia en la embajada de los EEUU, se inscribe en alguna estrategia de esa clase, o si simplemente era algo ya planeado que se cumplió sin demasiada reflexión.
Sorprendentemente, el sistema político no analizó ni discutió el viaje ni su posible efecto geopolítico. Sólo Esteban Valenti, en el acierto o en el error, ha percibido y analizado la importancia del tema.
El sistema político uruguayo y buena parte de los uruguayos parecen no haber advertido que el mundo no funciona ya como lo hacía hace un año, que las reglas son otras y que el poder está repartido de otra forma. Quizá por eso se sigue actuando, y entregando recursos vitales (agua, tierra, puertos, mares, endeudamiento) en base a compromisos adoptados cuando la realidad geopolítica era otra.
Quizá el mayor riesgo sea caer en la polarización que se nos propone y embanderarnos, como país o individualmente, con uno de los dos polos de esta guerra de gerentes.
La situación es compleja y requiere pensar y actuar con criterio estratégico.





