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Ay, Platón por Hoenir Sarthou

Ay, Platón por Hoenir Sarthou
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Cuando empecé a cursar filosofía, en el liceo, me topé con Platón. Me pareció bastante pelotudo. Si ser filósofo consistía en elogiar  la “Verdad”, la “Belleza” y el “Bien” (en los textos esas palabrejas aparecían siempre con mayúscula) hasta mi abuelita era filósofa. ¿Qué mérito había en decir lo que mi abuela me decía todos los días y era sabido por el almacenero de la esquina y –lo practicaran o no, como el almacenero- por todos los gurises del barrio? ¿Qué novedad era esa ensalada de palabras huecas por la que la “Verdad” era buena y el “Bien” bello y la “Belleza” verdadera, y viceversa? Una moralina embolante, concluí.

Me llevó años sospechar que el sentido en que Platón (y tal vez antes Sócrates) decía esas palabras no era tan inocente como el que les daba mi abuelita. Es que ella no se proponía criticar a las instituciones del Estado ateniense. Ignoro qué pensaba de la democracia, pero estoy seguro de que su única preocupación (¡santa!) era que su nieto no fuera a salir delincuente.

Más años tuvieron que pasar para que yo advirtiera que la “Verdad”, la “Belleza” y el “Bien” eran pedradas que Platón tiraba al techo de los políticos de su época. ¿Por qué? Bueno, Platón era un muchacho bastante apitucado. Quizá, si hubiera nacido en Uruguay, habría vivido en Carrasco y habría sido socio de la Asociación o de la Federación Rural. Uno puede imaginar que la democracia ateniense, esas asambleas en las que la masa de ciudadanos era arrastrada por oradores efectistas, no le simpatizaba demasiado. Tal vez él y sus amigos – y sus intereses- no se sentían seguros en ese clima populachero, dominado por oradores profesionales y (la palabra sería novedosa en ese tiempo) demagogos, capaces, al parecer, de convencer a una asamblea de que lo blanco era negro, y después (como te digo una cosa te digo la otra) de que lo negro era blanco.

Cuando supe que Platón proponía un Estado dirigido por sabios, mi juventud militante vio las cosas claras: “Platón era un burgués que le tenía miedo al pueblo”. Su idea de que la verdad (o “La Verdad”) no era algo que pudiera definirse por votación o por aclamación en una asamblea –me dije- escondía la negación de la democracia popular y la intención de sustituirla por el poder de un consejo de oligarcas iluminados.

Fueron necesarios muchos años más, pasar por gobiernos colorados, blancos y frenteamplistas, ver actuar a buena parte de la cúpula del PIT-CNT bajo gobiernos del Frente, seguir la actividad legislativa durante más de tres décadas, leer, azorado, algunos de los “contratos” firmados con inversores extranjeros, ver las cifras de desercion educativa, los niveles de criminalidad y de contaminación ambiental, conocer el crecimiento de la deuda pública, sufrir la entrega de la economía a los bancos y vivir los dos últimos 8 de marzo para entender un poco mejor la discusión entre Platón y sus adversarios. Quizá las dos cosas eran ciertas. Platón era un aristócrata poco democrático y la ateniense una democracia degradada.

¿Qué pasa cuando un sistema democrático se degrada?

La primera respuesta que nos viene a la mente posiblemente sea “corrupción”, porque es uno de los rasgos típicos de la decadencia democrática.

Por corrupción se suele entender la apropiación indebida de dinero público, la coima, el robo, la sobrefacturación, el manejo familiar o clientelar de los cargos públicos, el acomodo, los contratos amañados. Pero tiene también otras formas: la negligencia, cerrar los ojos y hacer la plancha en los cargos públicos, las poses demagógicas, la obediencia obsecuente, la alcahuetería. Y tiene incluso formas más sutiles: fingir oponerse a cosas que en el fondo se consienten, hacer discursos incendiarios sabiendo que no modificarán nada, criticar las formas y no el fondo, acomodarse en bien remuneradas poltronas y disfrutar del viaje mientras se insulta al conductor, oponerse a algo porque lo hace otro, sabiendo que yo, en su lugar, haría lo mismo.

La decadencia de un sistema democrático suele acarrear también el corporativismo, la ruptura de la solidadaridad social y el surgimiento de lealtades mafiosas.

Sin embargo, hay algo previo a todas esas decadencias. Algo sin lo cual la corrupción y la demagogia son imposibles. Y ese algo es la mentira.

No me refiero al simple decir una cosa por otra ni tampoco a la mera hipocresía. Hablo de esa forma superior de la mentira que consiste en un divorcio voluntario entre el lenguaje y la realidad, cuando los discursos públicos, borrachos de soberbia, se lanzan a construir realidades paralelas según la propia conveniencia.

Este artículo no intenta atacar a un sector político o social en particular. En tiempos de crisis sistémica, la insinceridad afecta a casi todos los discursos públicos, desde la producción académica hasta las murgas. De alguna manera, todos los discursos se ideologizan (en el sentido de ser una visión falsa de la realidad, mediada por intereses) y se arrogan el derecho a prescindir de la base común que sólo puede proporcionar el respeto a la realidad compartida.

¿Cómo saber que nos encontramos ante esa situación? ¿Cómo distinguir entre las sinceras diferencias de percepción, o de perspectiva, y los discursos que pretenden manipular fabricando una realidad al propio gusto?

Hay indicios. El principal es cuando los discursos públicos dejan de ser herramientas para analizar la realidad y comunicar sobre ella, y sólo compiten por espacios de poder usando la agresión, la hipocresía, la corrección politica, la seducción publicitaria, la censura al otro y la exaltación de pasiones primarias.

Hay un indicio complementario cuando los discursos carecen de una base fáctica compartida. Si el gobierno afirma que bajó los índices de pobreza, mientras que la oposición afirma que la miseria crece, es evidente que carecen de base sobre la cual hablar. Otro indicio es que los discursos se vuelven inconmensurables, cerrados, sin fisuras. Prescinden de formas dialógicas, del tipo “Es cierto este aspecto que argumenta mi adversario, pero no obstante creo que….”. Así, el gobierno afirma que bajó los índices de pobreza, y la oposición le contesta: “Dicen eso para que aplaudan las focas”. La oposición denuncia un problema, y el oficialismo  contesta “Cuando ellos gobernaban, los niños comían pasto”. Desde enero, los “autoconvocados” del campo han hecho reclamos al gobierno,  y el partido de gobierno ha respondido calificándolos de “oligarcas que andan en cuatro por cuatro”. En la educación, los sindicatos hacen demandas salariales y reclaman más participación en la conducción de la enseñanza,  mientras que el gobierno se jacta de lo que gasta en el rubro y la oposicion señala los malos resultados. Obviamente, hablan de cosas distintas.

Algo similar ocurre con otras reivindicaciones. Las organizaciones feministas describen la historia del Uruguay como una suma de patriarcado, femicidio y brecha salarial. Y quienes discrepamos con ellas, desde distintas perspectivas, denunciamos la falsedad de esas premisas, sin darnos espacio –lo admito- para señalar debidamente aquellos aspectos en que la situacion de las mujeres todavía debe ser mejorada.

En materia de seguridad pública, dos discursos incompatibles se incomunican. El de la mano dura y el de la compasión ante los delincuentes como víctimas del sistema.

El país está lleno de discursos inconmensurables, autosuficientes, mutuamente excluyentes.

¿Cómo llegamos a este estado? Y, más importante, ¿cómo superarlo?

Hablar de cómo llegamos a este punto sería abrir un nuevo frente de incomunicación. Prefiero imaginar qué se podría hacer para superarlo. Y aventuro que una de las principales necesidades del Uruguay es reconectar los discursos con la realidad.

No soy platónico. No creo en arquetipos ni en la eternidad de verdades, bondades y bellezas. Pero también es cierto que una sociedad no puede ser una suma de miradas hemipléjicas y discursos demagógicos. Para ser vivible, necesita cierta visión en común de la realidad y algunos propósitos compartidos.

¿Los discursos institucionales, gobierno, oposición, organizaciones sociales, recuperarán la capacidad de expresar alguna visión común de la realidad?

Si no es así, probablemente otras voces surgirán para decir lo que debe ser dicho. Llamar pan al pan y pobreza a la pobreza, distinguir a quien manda de quien gobierna, decirle ladrón al que roba, autoritario al prepotente y mentiroso al hipócrita.

Una sinceridad casi quirúrgica podría ser el primero y el mejor paso hacia el futuro.