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Clima “Arenoso” por Hoenir Sarthou

Clima “Arenoso”  por Hoenir Sarthou
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¿Cómo pintar el clima que estamos viviendo? ¿Cómo atar por el rabo a moscas tan diferentes?

Habría que ligar cosas como las estadísticas y la publicidad oficiales, o los discursos de Tabaré Vázquez en Pueblo Centenario y en el Antel Arena,  con los 400 asesinatos y las decenas de miles de rapiñas reconocidos por el Ministerio del Interior, o con las cifras de deserción y el nivel de aprendizaje de la enseñanza, o con la agresividad y el desamparo que se exhiben en la calle, o con la invasión de cianobacterias en ríos y playas, o con los montos de la deuda pública y los alarmantes cierres de empresas y pérdida de puestos de trabajo.

Por momentos, uno tiene la sensación de que se habla de países distintos.

En definitiva, “¿Vamos bien”, o “Bamos vien”?  ¿Hay alguna razón para el optimismo oficial y para el relativo entusiasmo de sus fieles votantes, o los datos objetivos dan la razón a los críticos e indican que vamos en rumbo de colisión hacia alguna clase de desastre social?

Una salida fácil a la interrogante es la “arenosa” (la del Antel Arena): ignorar la realidad. Proclamar que uno –piense lo que piense- tiene la razón y que quienes  no están de acuerdo son mentirosos o “descerebrados”.

Quiero creer que existe otra forma de analizar los hechos. Por la sencilla razón de que afirmar que el mitad del país –cualquier mitad- miente, se equivoca o es “descerebrada”, no aporta mucho a explicar la realidad ni a mejorarla.

¿Es posible que se hayan hecho cosas positivas y que sin embargo vayamos acelerados en rumbo de colisión?

Nada mejor que una metáfora para explicarlo.

Supongamos un vehículo, un ómnibus que se desplazara lleno de gente y a considerable velocidad por una ruta. Supongamos que algunos pasajeros empiezan a quejarse ante el conductor. Dicen que la ruta puede ser equivocada, que hay tránsito de frente, que queda poca nafta y que los frenos no andan del todo bien.

Supongamos que el conductor, en lugar de aminorar la marcha, verificar la ruta, comprobar  los frenos, revisar el indicador de combustible y tranquilizar a los pasajeros, se para en el pasillo y les endilga un discurso. Les dice: “este es el mejor ómnibus que ha existido; nunca los pasajeros, incluidos los de atrás, contra los baños, tuvieron más confort, el aire acondicionado funciona de maravilla y la música funcional es un placer; confíen, pasajeros, confíen”.

Supongamos que algunos pasajeros aplauden al conductor, pero otros insisten con sus dudas, dicen que, si bien están de acuerdo con los asientos, el aire acondicionado y la música funcional,  el chofer no verificó la ruta, ni los frenos, ni el combustible, y que existe riesgo de chocar o de extraviarse. Supongamos que los pasajeros discuten entre ellos.

El conductor tendría una nueva oportunidad para justificar o rectificar sus decisiones. Pero supongamos que, en lugar de eso, reitera las maravillas del ómnibus y declara que quienes no están conformes son “descerebrados”. No quiero imaginar lo que ocurriría en ese ómnibus, con la mitad de los pasajeros ofendidos y la otra mitad legitimados para ofenderlos.

Sin embargo, no hay una contradicción completa entre lo que creen los pasajeros que confían en el  chofer y los que se le oponen. Es posible que el ómnibus cuente con confort y que de todos modos vaya en rumbo de colisión o de extravío.

No es muy distinto a lo que pasa en Uruguay. Los adictos al “chofer-presidente” señalan que hay consejos de salarios, que se dictaron normas laborales para las trabajadoras domésticas y los peones rurales, que –al menos en las estadísticas- se abatieron la pobreza y la marginalidad en no sé cuánto por ciento, y que el PBI creció una barbaridad.

Los opositores –muchos opositores- pueden reconocer que es justo tener consejos de salarios y mejorar la situación laboral de domésticas y peones rurales. Pero eso no garantiza que el País vaya en rumbo cierto.

Si dos tercios de los chiquilines no completan enseñanza secundaria, si la deuda pública crece sin parar, si cierran empresas y desaparecen puestos de trabajo, si, a consecuencia de un modelo agroindustrial equivocado y sin controles, el agua potable y las playas se contaminan comprometiendo la salud pública y la actividad turística, si las políticas sociales son erradas y la marginalidad cultural y la delincuencia aumentan exponencialmente, si las grandes inversiones económicas y el crecimiento formal del PBI corresponden a actividades exoneradas que no pagan impuestos, si todo eso ocurre,  el rumbo a mediano plazo es de colisión. Nos estrellaremos con consejos de salarios, domésticas y peones, planes del Mides, aire acondicionado y música funcional.

En resumen, es posible repartir ciertas comodidades entre los habitantes-pasajeros y al mismo tiempo ir en rumbo equivocado.

Quien mire a corta distancia, atendiendo sólo a medidas parciales, tal vez se convenza de que lo hecho en los últimos años es mejor a lo hecho antes de 2005. Pero, quien mire a más distancia, calculando los efectos mediatos de la situación, notará que el rumbo de fondo no ha cambiado en los últimos treinta años.

Vamos desde hace décadas, alegremente, acelerando, hacia un País endeudado, dependiente de los bancos y de las inversiones extranjeras, con el agua, la tierra y los recursos naturales dañados y en manos ajenas, condicionado por las políticas y los préstamos de los organismos internacionales, sin proyecto económico propio, sin planes educativos autónomos, culturalmente empobrecido, socialmente fragmentado y políticamente enfrentado.

Sin embargo –insisto- reconocer y preocuparse por este rumbo peligroso no significa defender la desregulación laboral, ni la esclavitud de domésticas y peones, ni el retorno de quienes gobernaron antes.

En poco tiempo se nos planteará a los uruguayos una falsa disyuntiva: elegir entre quienes condujeron al País antes y quienes lo conducen ahora.  En otras palabras, elegir el chofer y algunas comodidades,  pero no el rumbo del ómnibus.

La cuestión, la verdadera cuestión de fondo, no es quién será el chofer sino cuál será el rumbo.

Hay algo importante, y conviene recordarlo: el chofer no se decide en octubre. En octubre, ante todo, se eligen diputados y senadores.

¿Habrá alguna forma de que esa elección sea un mensaje –un mensaje sobre el rumbo-  para todos los candidatos a chofer?

 

 

 

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