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El brillo del poder por Hoenir Sarthou

El brillo del poder por Hoenir Sarthou
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El período de transición, después de las elecciones, y los primeros meses de cualquier nuevo gobierno, producen una sensación engañosa. El brillo del éxito, la expectativa de lo nuevo y el aura flamante de las autoridades electas  suelen hacernos creer que se inaugura algo definitivo. Elegidos y electores tendemos a confundir los anuncios y los discursos de asunción con la realidad.

Pero la realidad suele ser menos dorada. Sin importar qué hayan anunciado el presidente electo, sus ministros y sus legisladores, ni cuántos aplausos hayan cosechado, tres meses después de asumir sus cargos, a lo sumo, empezarán a sentir la hostilidad de sus adversarios políticos, el tironeo negociador, a veces amenazante, de sus aliados, los eternos reclamos de intereses insaciables, la insatisfacción de los realmente necesitados, las presiones de acreedores e inversores externos, las parcelas corporativas de poder dominadas por  empresarios, sindicalistas y funcionarios, el ciego deseo de perpetuarse sin sobresaltos, propio de todas las burocracias.

Veo el gabinete presentado por Lacalle y tengo sensaciones contradictorias. Por un lado, ha reunido a un grupo de personas de peso, ya técnico, ya intelectual, ya político. Por otro lado, si uno se fija en los lugares  de procedencia de esas figuras, percibe un retorno de instituciones que históricamente han jugado un papel conservador en la sociedad uruguaya. Mucho peso de instituciones católicas, muchos técnicos del modelo liberal-empresarial, muchos políticos de corte tradicional, y además el ejército.

¿Qué resultado dará esa suma? ¿Se articularán en un proyecto coherente? ¿Dividirán el Estado en feudos con enfoques diferentes? ¿Negociarán o se pelearán?

Entre los futuros opositores circulan vaticinios dramáticos. Algunos esperan una suerte de restauración hiperconservadora. Otros temen procesos autoritarios. Y no son pocos los que aguardan una debacle en medio de contradicciones. En cualquier caso, el futuro Presidente no la tendrá fácil.

En lo personal, tengo respeto y mucho aprecio por varios miembros del próximo gobierno. Durante toda la vida mantuve con ellos discrepancias grandes, de las que siempre pudimos hablar con libertad y respeto. Deseo que les vaya bien, además, porque nadie quiere un País en crisis. Pero hay algo que todos, futuros oficialistas y futuros opositores, deberíamos tener muy claro: el gobierno no es “el poder”. O no es todo el poder, ni mucho menos.

Durante quince años vivimos una situación inusual. El Frente Amplio tenía mayorías parlamentarias y vínculos privilegiados con el movimiento sindical, con el estudiantil, con la Universidad y con miles de organizaciones sociales, lo que le aseguraba una suerte de gobernabilidad a prueba de balas.

Esa extraña conformación no es la que tendrá el futuro gobierno. Con un peso parlamentario relativo, que lo obligará negociar mucho, sin alianzas con los sindicatos ni con la Universidad o el movimiento estudiantil, casi sin apoyo de organizaciones sociales de base, el nuevo gobierno dependerá de alianzas políticas, de su capacidad negociadora, del poder formal del Estado, del vidrioso apoyo de instituciones y entidades empresariales nacionales y de organismos internacionales, todos ellos poderosos pero socialmente poco numerosos.

Para ilustrar lo vidrioso del tema, acabo de leer un informe del Fondo Monetario Internacional sobre Uruguay. Para variar, recomienda un drástico ajuste fiscal. El FMI, con sus recetas, es el verdugo de los gobiernos que caen en el error de hacerle caso o –peor- de pedirle plata prestada.  Si dudan, vean a Macri, o a Grecia. Esperemos que nuestro próximo gobierno no caiga o se vea obligado a caer en ese error.

Lo que en realidad quiero decir es que el peso aparentemente monolítico (en lo interno; ante intereses internacionales fue otra cosa) de los gobiernos del Frente Amplio no será la característica del gobierno entrante. Inevitablemente, deberá negociar con mucha gente, políticos, sindicalistas, empresarios, tecnócratas, acreedores, académicos, población carenciada, como para que pueda instalar un modelo económico y social hegemónico. La política, en su sentido más amplio, tendrá la chance de volver por sus fueros, dando lugar a la lucha tanto de intereses como de ideas. Porque nadie debe creer que el conglomerado de fuerzas y organizaciones sociales que no se ven reflejadas en el futuro gobierno dejarán de actuar y permanecerán pasivas durante cinco años.  En todo caso, lo que cabe preguntarse es si ese retorno de la política producirá una gestión negociada o desembocará en la parálisis.

Por otra parte, hay una zona oscura en la que nadie con peso político parece querer meterse. Me refiero al modelo determinado por la inversión extranjera, al peso del sistema financiero y a  la debilidad que nos ocasiona el endeudamiento público. Sí, claro, para fastidio de Alfredo y de otros amigos, me estoy refiriendo otra vez a UPM2, ese pecado inconstitucional de origen con el que pretende nacer el nuevo gobierno. Pero no hablo sólo de UPM2, sino de una forma de concebir el desarrollo del País, como una prostituta resignada a darlo todo para seducir a inversores exóticos que no la aman y en el fondo la desprecian.  Para variar, el informe del FMI presenta a UPM2 como la única esperanza de paliar la posible crisis. El FMI y sus consejos de viejo proxeneta…

Esta es mi última columna de 2019. Quiero cerrarla diciendo que nos equivocaríamos si creyéramos que nuestro  futuro  depende sólo de la galería de gobernantes que nos anuncian la televisión y los diarios. La sociedad uruguaya –los ciudadanos uruguayos-, a través de viejas y de nuevas organizaciones,  tenemos la posibilidad de ejercer una considerable cuota de poder y de determinar en buena medida lo que ocurrirá.

Todo bien con el nuevo gobierno. Pero es un error creerlo omnipotente. Como todos los gobiernos, en tanto sean democráticos, mandará sin contención en los espacios que, como ciudadanos, dejemos abandonados. A no olvidarlo. Feliz 2020 para todos.

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