Home Entrevista Central Franklin Rodríguez, actor: Mujica es el gran actor del Uruguay, a su lado, Alberto Candeau no existe.

Franklin Rodríguez, actor: Mujica es el gran actor del Uruguay, a su lado, Alberto Candeau no existe.

Franklin Rodríguez, actor:  Mujica es el gran actor del Uruguay, a su lado, Alberto Candeau no existe.
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Tiene décadas trabajando en teatro ya sea como actor, director, escritor o empresario y ha pasado por todos los medios de comunicación. Se define como un hombre de izquierda y reivindica a muerte su libertad de opinión. Es políticamente incorrecto y mantiene su independencia a rajatabla. Durante la entrevista habló, actuó y dijo todo lo que se le ocurría, sacándonos carcajadas continuamente.   Se levanta el telón, con ustedes:  un  librepensador.

Por Leonardo Flamia y Alfredo García / Fotos Rodrigo López

PERFIL:

Nació en 1963 en el Cerro, a una cuadra y media del estadio, y vivió allí hasta los 16 años. Tuvo cuatro hermanos. El padre era tipógrafo en la Fuerza Aérea. Hizo parte de la escuela en el Maturana y parte en la escuela pública. Lo mismo que en el liceo. Vivió también en Rivera, por unos años, con su familia. Es casado, tiene tres hijas y dos nietos.

 

Contaste que una vez pasaste por el Teatro Florencio Sánchez y que había varias gurisas y que te gustó por eso. ¿Cómo era la escuela de teatro en el barrio?

Ensayamos una obra de Tennessee Williams, éramos seis o siete. La historia más linda fue cuando hicimos un sainete y yo hacía de un viudo. Yo me movía mucho, estaba nervioso y con miedo. El director me preguntó que de quién eran los zapatos que tenía. Eran de mi padre, tres talles más grandes. Me dijo que me sacara uno y le puso un clavo. “De ahí no te movés”, me dijo. Y no me pude mover. Se olvidó que después venía el aplauso y el saludo: cuando se abrió el telón todos fueron para adelante y yo quedé clavado al piso, saludando solo. Fue una experiencia muy linda. Era todo muy elemental.

¿Cómo te surge la vocación teatral?

Por las chicas. En ese momento no había vocación. Hace poco encontré un cuaderno donde escribía novelitas, cuando llegaba el verano y me aburría. Leía mucho, sobre todo Patoruzito, Nippur de Lagash y otros. Empecé a ver que había novelitas de cowboys chiquitas de Marcial Lafuente Estefanía, pero tenían más letra y me duraban dos días. Después tengo un tío proxeneta que ahora vive en Ecuador y que vivió acá mucho tiempo y estuvo preso en el Tacoma. Se recibió de periodista por las revistas Patoruzito que atrás tenían un aviso que decía: “Sea periodista en veinte clases”, y lo hizo. Hoy muchos tendrían que haber hecho ese curso (risas).

Algunos ni ese hicieron.

Yo me había ido de mi casa a vivir con mi tío, antes que cayera en cana. Él tenía tres chicas que vivían con él y trabajaban en Bonanza. Era raro, porque era del 26 de Marzo y había estudiado en el Colegio Pío hasta tercero de liceo, lo cual en esa época era una barbaridad. Era un tipo de mucha fe, religioso y del 26 de marzo.

Qué contradicción andante.

Totalmente. Tenía una Vespa celeste en la que llevaba a las chicas a ver ópera al Solís. Dejaba a una e iba a buscar a la otra. Las chicas lo adoraban, pero era un proxeneta que tenía un bufo guardado. De noche, cuando yo venía cansado de trabajar, comíamos todos juntos y él nos obligaba a rezar a todos en la mesa. Agradecíamos el pan y él se iba con las chicas. Después cayó preso. Me daba libros de la biblioteca. “Lea esto”, me decía. Un libro que todavía conservo, sin tapas, es Las fuerzas morales, de José Ingenieros. Mirá quién me lo regaló, mi tío proxeneta. Es maravilloso. Después me dio Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, Tolstoi. ¿Te das cuenta la cabeza del tipo? El tipo que hablaba del socialismo, del cambio, era un proxeneta. Era muy raro, pero a la vez tenía una avidez maravillosa por conocer y por saber. Jamás ponía música de cuarta, ponía siempre música clásica en el casetero. Y las mujeres eran del nivel que él quería. Las tenía bien cuidadas, las llevaba a lugares divinos. Yo lo adoraba, para mí era mi ídolo. Yo me equivoqué de profesión. ¿Para qué me dediqué al teatro? Ya veía que era una lucha, que había que remontar contra todo para poder ser actor. Lo digo en chiste, pero en ese momento me parecía admirable. Capaz se podía ser actor y proxeneta a la vez, pensaba. Con el pasar del tiempo me di cuenta que había sido interesante convivir en ese mundo. Yo me levantaba para ir a la escuela y ellos estaban volviendo. Cada una de ellas alternaba con él. A mí nunca me dejó entrar en esa historia. Fue divertido. Y sobre todo me dio de comer un año y pico, y me daba para los boletos para ir a estudiar. Mi padre me había echado cuando supo que me dedicaba al teatro.

Era inadmisible.

Tenía que estudiar abogacía o la carrera militar. Es más, estuve cuatro meses en el liceo militar y me echaron a la mierda. Para mi padre fue una desilusión, y me llevó muchos años reencontrarme con él y que él aceptara lo que yo había hecho. Fue cuando vio que yo no era homosexual. Después volvimos. Si vivera y ve esta entrevista me dejaría de hablar de nuevo.

Hiciste la EMAD en época de dictadura.

Sí. Había estado cerrada como tres años, y se abrió de nuevo en el ochenta. Fue la generación de Omar Varela, Margarita Musto y toda esa gente. Yo entré un año después. Para mí era un mundo extrañísimo.

Entre tu vida de barrio y ese mundo.

Empecé a ir ahí, a clase de danza, de esgrima, de maquillaje, de arte escénico, de técnica vocal. Aparecieron millones de cosas que para mí eran nuevas, y con desventaja, porque había gente que estaba preparada. Estaban Tabaré Rivero, Andrea Davidovics, Ariel Caldarelli, tipos que tenían un bagaje, que venían del teatro. Yo estaba lejísimos. Nunca había visto una obra de teatro, imaginate. Tuve que remar mucho en la biblioteca que estaba a la vuelta del Solís, para empezar a tener una idea de qué hablaban. El choque más grande fue cuando hablaban del teatro del absurdo. ¿Qué era eso? Empecé a hacer absurdo cuando Eduardo Schinca hizo La Cantante Calva. No entendía. Fueron saltos grandes. La educación juega un papel importante, y yo no la tenía. Ahí empieza la locura de estudiar, de leer y leer, que terminó en empezar a escribir. Creo que fue eso lo que me generó la ansiedad de no quedarme, de decir que “como no sé nada, me jodo”. Estaba Manolo Varela, un escritor, que me prestaba cosas para leer. Turgenev, los autores rusos. Ahí apareció Chejov en mi vida. Me empecé a nutrir de cosas que por ahí lo que hacían era tapar pozos, emparchar. La EMAD fue un mundo que era raro. Hasta que egresé no supe qué había estado haciendo ahí adentro. Siempre estaba a punto de dejar, de abandonar.

Tenías esa contradicción. ¿Eras sapo de otro pozo?

Sí, claro. No ligué una, todas me borraban, eran minas más grandes. Si había fiesta no me invitaban. Y no tenía un mango. La pasé muy mal. Un día le conté esto a Omar Varela. Le tengo que agradecer: cuando se enteró que un loco de primero iba a dejar la escuela, hizo una colecta, y todos pusieron plata para que yo tuviera para ir y volver a mi casa. De verdad me salvó la vida hasta que aparecieron los bolos, es decir, los personajes chicos. Apareció una obra en la Comedia Nacional con un buen sueldo, y ahí de alguna manera logré ir llevándola hasta que egresé. Pero Omar fue el hacedor de que esto siguiera adelante. Si eso no hubiera pasado, yo no habría seguido. No podía pagar los boletos. Venía caminando del Cerro y cruzaba por la cancha de Progreso, pasando por la ANCAP, en invierno. Eso lo hice cuatro veces, y dije que no lo hacía más. Claro, hacer todo ese sacrificio para llegar al teatro. “¿Qué hago acá?”, pensaba. “Me voy a laburar por ahí, como hacen todos mis amigos, y me dejo de joder con esto, qué voy a hacer teatro.” Era incongruente mi posición en la vida frente a la demanda de saber historia del arte. Hablaban del movimiento dadaísta. ¿Qué mierda me importaba? Pensaba en que tenía que comer dentro de un rato. Jugaba en Progreso, además.

¿Eras bueno?

Espantoso. Pasaba de ir a hacer la pretemporada en los médanos de  Carrasco y después llegaba al teatro: “Pónganse, uno, dos, tres.” “¿Quién soy yo, para dónde voy?”, pensaba. “¿Estiro o no estiro? ¿Elongo o no elongo? ¿Tiro la pelota para adelante o meto la plancha?” El fútbol se terminó un día en que jugué contra Peñarol, que en ese momento jugaba en la sexta Coquito Rodríguez. ¡Cómo corría! Peñarol en Los Aromos nos hizo ocho goles. El último gol, el negro me hace una tirada por arriba, entra con una zancada brutal, y entro a correrlo, y paralelamente a mí y a la línea blanca estaba el técnico, que corría atrás mío diciéndome que lo matara. “¡Cuando lo agarre!” Porque había que agarrarlo, al negro… Y no lo agarré nunca. Ahí dije que eso no era lo mío y el fútbol quedó relegado. Era la época en que los jugadores de fútbol se cagaban de hambre. En eso yo era muy efectivo: siempre en cosas que no daban laburo. Ahí seguí con el teatro y apareció el arte escénico, que es lo que hago. Tampoco estoy seguro de si es lo que quiero hacer.

¿Todavía no estás seguro?

Cuando venía para acá estábamos en Sarandí del Yi esperando el ómnibus con mi productora, y me preguntó si volvería a hacer un vida así, si tuviera que elegir. No, no lo haría. Me gustaría ser hijo de estanciero, si tengo que elegir. Alguien que no tenga que hacer sacrificios y venir en este ómnibus que va a Montevideo por los pozos que hay en la calle. Ella se reía. No volvería a ser el mismo. Sí el mismo tipo, pero no con estas cosas. No fue fácil.

Cuando salís de la EMAD abren el grupo de Teatro Sin Cueva.

En el 83, a instancias de Tabaré Rivero. No te llama nadie, si no generás vos tu espacio. Empezamos a actuar en la feria de Tristán Narvaja. Hacíamos teatro todos los domingos a las nueve de la mañana. Hoy lo mirás y es de una inocencia… Hacíamos sainetes españoles adaptados, y los entremeses de Cervantes, uno por domingo, nos quedamos sin repertorio. ¿Y ahora a quién se le ocurre algo?  A mí. Como me daba vergüenza, empecé a firmar con un nombre ficticio: Quiñones de Benavente. “Está bueno, ¿de dónde lo sacaste?” “De la Biblioteca Nacional” Como eran una manga de burros, yo lo patentaba como que era de otro. Años haciendo Quiñones de Benavente, y un día les confesé que era yo, y que no les había dicho porque, si les decía, no me habrían hecho la obra. Y me dijeron que sí, que no la habrían hecho. Ese es el ninguneo del uruguayo. Ahí me gustó la idea de empezar a escribir. Pasé al Circular. Vino Veinte años no es nada; Ah, machos; Tuya, Héctor, y un montón de cosas, porque me sentí con confianza y capaz de escribir una obra de cuarenta páginas.

Te tocó en algún momento que alguien escribiera: “nació un nuevo Florencio”

Tan maltratado por los críticos como Florencio Sánchez en esa época. En aquel momento me enojé mucho, hoy ya no me enojo. Separados son muy buena gente, pero como grupo de críticos me caen mal. Hoy, lamentablemente, no tienen ninguna fuerza. No hay diarios, no se publican críticas, y eso es un problema para el teatro. Lo cierto es que había una cosa que me parecía buena: lo crítico. Decían que estaba mal, pero explicaban por qué. Abbondanza, Taco Larreta. Podías estar de acuerdo o no, pero daba una visión de cómo hacer las cosas. Estaba bueno, me gustaba. Hoy es lo que salga, lo que puedas y quieras poner, pero en otro momento había un teatro comprometido, con un sentido, que iba hacia un lado, que generaba algo. Los ochenta fueron efusivos en discusiones. Extraño discutir, charlar después de la función. Claro, no hay Sorocabana y los bares son todos espantosos, con fútbol todo el día. Eso se perdió, y extrañás esas cosas. Hoy es cada uno a la bartola. Es curioso que cuando más técnica tenemos, menos posibilidad de discusión tenemos también. Para ver una película teníamos que ir a lo de Meltzer o a Cinemateca. Hoy la bajás por internet. Eso se perdió, y eso es una crítica, también. No sabés si está mal o bien lo que hacés, porque nadie te lo dice. ¿Te guiás por el público? Yo qué sé. Capaz que sí, capaz que no. El público avala cualquier cosa.

Hay cantidad de teatro en Uruguay. Muchos grupos, muchas obras, muchos escritores de teatro.

Toneladas. Setenta obras había la semana pasada en cartel. Y ahora con vacaciones de julio, con las de niños, va a llegar a cien. Es increíble, sí. Hay muchas.

¿La cantidad da la calidad? ¿O se genera cualquier cosa?

¿Cómo puede haber tantos cuadros de fútbol y jugadores, en un país tan chiquito? ¿Por qué no les pasa a Eslovenia, Eslovaquia o Suiza? Creo que es una tradición, una forma, una manifestación. Brecht decía que cuando queden dos personas en el mundo, una le va a hacer teatro al otro. Es maravilloso, es un lugar de explosión. Yo tengo una escuela de teatro, y hay gente que te agradece, porque eso salvó su vida. No sé si va a ser actor o actriz, pero ha hecho algo con su vida. Y esto me parece fundamental para entender esta forma de ser. Creo que está en el ADN. Sobre la calidad, no sé, pero está la intención de hacer cosas. Hay un grupo nuevo al que se le ocurre juntarse a hacer un Chejov o un Lorca. Más allá de que los derechos son abiertos para todo el mundo, hay que hacer un Lorca, che. Estuve mucho tiempo en España: allá si no está la plata antes, a los tipos no se les ocurre pensar en una obra. Acá se juntan, deciden hacer una obra y después se ve cómo se solventa. En España, si no le decís que está la plata, el actor no se mueve. No es a riesgo. No lo hacen. Cuando vienen acá, se preguntan qué cómo nos arriesgamos así. Bueno, es nuestra forma. Y nos admiran. Porque hacemos eso: sentarte a esperar una vez que tenés el producto. Vendés aire. No es una empanada, que te la podés comer si tenés hambre: es aire. Tiene más seguridad el que vende tortas fritas en Convención y Mercedes. Y si juega Uruguay en Sub15, no viene nadie. ¿Juega Nacional contra Peñarol en la sexta, o llueve o hay paro? No viene nadie. Y salen los pelotudos del tiempo a decir que capaz que hay tormenta, y sale todo el mundo corriendo. Estos pelotudos, que viven y curran de generar miedo. Me acuerdo de María Julia Muñoz, en otro rol pelotudo que tuvo, cuando fue ministra de Salud y dijo que había mucha gripe y recomendó a la gente que no fuera a los teatros y cines. Pero no se le ocurrió decir que no fueran a los shopping. Me acuerdo cuando dijo eso. ¿Por qué no recomendó no subir a los ómnibus? Con el capital no te metés.

¿La izquierda hizo algo por la cultura?

Hay que preguntarle a la izquierda. Yo no lo noté. Esto va a generar que los grupos de teatro me llamen al orden. Claro, como hay subvenciones les cago la vida. Lo siento en el alma, yo también me perjudico. Hay ayuda a veces por parte de la Intendencia con el tema de que pagan la luz, el agua y el teléfono, que en realidad son trueques: les das entradas por función para que ellos repartan en los barrios, y ellos te brindan la posibilidad de ir pagando lo mínimo. Y hay otra cosa que ha generado Michelini, que se portó muy bien en este sentido, al generar la ayuda anual del parlamento a los grupos. Obviamente que, cuanto más grande, como en el caso de El Galpón o El Circular, la cifra es mayor. Esto es una gran ayuda: arreglás las sillas, el aire acondicionado o el baño que se rompió. Esto lo hizo Michelini, y hay que decirlo. Podrá ser pelotudo, como le dicen, pero hizo esto. Y no soy de Michelini, antes que me digan nada.

Hiciste el aviso de su grupo. ¿Lo cobraste?

Se lo cobré todito. Tres años de colegio de mis hijas. Lo hice porque votaba al Frente. Si no, no lo habría hecho. Yo votaba al Frente, creía en el Frente. El año pasado me llamaron para hacer lo mismo y dije que no lo hacía, porque no creía en absolutamente nada de todo eso. No hay chance de que crea en un proyecto que fracasó. No me quiero pelear con mis amigos, porque muchos siguen creyendo en esto, pero creo que fue todo una gran mentira, un falso amor. Capaz que yo creía demasiado. Ellos me dicen que bueno, que la política es así. Ayer veía en el diario a Daniel Ortega. No puedo creerlo. Tengo su libro guardado en mi casa. Le creí todo, pensaba en los que habían ido a plantar café, en la revolución sandinista, en Ernesto Cardenal. Todo esto me parece doloroso, y ahora pasa acá, lo vivimos nosotros. Creía que el futuro iba a ser distinto. No pensaba que iba a cambiar el mundo, pero sí que las creencias se iban a mantener más fuertes. Nunca hubiera pensado que un vicepresidente iba a renunciar por todas las matufias que pasaron. Me duele, y aunque ahora no soy del Frente tengo mis raíces en la izquierda y me duele mucho.

¿No hizo nada bien la izquierda?

No, hubo cosas que se hicieron bien. Hay dos posibilidades que me parece terrible considerar: una es que sean jodidos, malos, y la otra es que sean ineptos. Creo que son ineptos.

Es menos doloroso.

Si la educación tenía dos puntos de miércoles, ahora tiene un montón. Y quieren más. Y la educación es paupérrima. Fui hace un mes a Dolores a hacer una función: siguen con la escuela rota. Hace dos años fue el ciclón. Si no podemos levantar dos escuelas, entonces olvidate si un día nos llegan a bombardear de algún lado. Nunca más. ¿Vieron el video de Beltrame de Rusia, donde se ve cómo en diez cuadras arreglan una avenida de cinco carriles en una noche? Y en el centro de Montevideo veinte obreros con el agujero. Y salieron de la Intendencia a justificar que con las máquinas que tienen ellos. Es ineptitud. Tampoco quiero creer que sean unos monstruos que hacen por gusto las cosas. Quiero pensar que no saben nada. Nunca se pensó la cultura como un proyecto. Lo que nos sucede hoy en la calle con los robos y los asesinatos tiene que ver, además de la educación, con la cultura. Los valores. Una vez, de niño, me traje un lápiz Faber de la escuela. Mi padre me lo hizo devolver al otro día. “Sí, papá.” Y lo devolví. Pero porque mi viejo, que no había terminado quinto de escuela en Paysandú, sabía que lo que no es tuyo no lo agarrás. Y la frase “pobre pero honrado” la hacías valer a rajatabla. Hoy es la viveza. Antes los tipos que empezaban siendo nada, progresaban, como Magurno, que teminó de presidente de La Española. O Novick, que se jacta de que empezó cargando cajones pero es verdad.

O Tabaré.

O Tabaré. “Estoy acá, pero mañana voy a estar allá”, pensaba uno. Hoy los cuidacoches se jubilan de eso. Y eso también está en la cabeza. Por suerte he viajado mucho con mi profesión, y te da lástima ver que un país tan chico con cuatro climas, con la ganadería y con todo lo que tiene, no pueda salir del pozo en el que está. Y que haya dos países: Montevideo y el resto, que es el olvido. ¿Altos índices de suicidio? ¿Cómo no te vas a suicidar? Yo me imagino tres días ahí y me suicido cuatro veces. Es lógico. ¿Qué podés hacer, aparte de embarazarte, mamarte y matarte? No hay un proyecto, no lo piensan como país. Y yo no entiendo eso ni mil cosas más.

¿Qué cosas?

No entiendo cómo un día Tabaré iba a llamar a Bush si pasaba algo en la frontera con Argentina. No lo puedo creer, no me entra que un tipo que está en la izquierda te hable de llamar a Bush. Ahí se mezclan los cables y entrás a ver que el bueno no era tan bueno ni el malo era tan malo. Y ahí tenés un lío bárbaro, porque te educaron con que eso era así. Me acuerdo siempre de Chiflet, que se fue porque la operación UNITAS fue autorizada por el Frente. Renuncio y me voy. “¡Qué huevos!”, pensé. Porque viste que a veces hay gente del Frente que no está de acuerdo, pero votan en bloque. El bloque ponételo en la cabeza, a ver si pensás un poquito estas cosas. Esto es lo que a mí me parece patético y terrible. Veo dirigentes del PIT-CNT que vuelven de Venezuela y dicen que todo allá funciona muy bien. ¿Me están jodiendo? Lo único que falta es un apoyo expreso a Nicaragua. Esos son los momentos en que a mí se me quiebra algo internamente. Me costó decirlo, porque te pegaban un hachazo. Empecé a encontrar pares que piensan lo mismo, y que también se la comieron. Y un día te envalentonás y lo decís, y ahí viene la andanada de puteadas de todo tipo; porque, claro, te animaste a decir lo que pensás. Por segunda vez voy a votar anulado, no tengo empacho en decirlo. Me tienen que enamorar, y no me sirve el menos malo. Casi toda la gente que me rodea vota al Frente. “Qué querés que vote”, dicen. Me acuerdo de mi mamá, que decía que votaba a Batlle porque era el mejorcito. Pobre mi vieja. La hice cambiar y votar a Mujica. Le pedí perdón. Votó sesenta y cinco años al Partido Colorado, y por mi culpa votó a Pepe Mujica. ¿Quién era yo para hacerle cambiar el pensamiento? Fijate qué tipo jodido era, qué mal hijo. “Este va a cambiar”, le decía.  Ahora me mira y me dice: “¿Y? ¿Qué pasó?”.

Hay cosas que sí han cambiado. La reconstrucción del Auditorio en el primer gobierno del Frente Amplio.

Ni hablar. El SODRE es maravilloso. También hay que pensar en lo que pasó con Julio Bocca después. Fue una tortura. El SODRE hoy hace el ballet con música grabada. Está todo mal, no puede ser tan complicado manejar un país de tres millones. No quiero saber lo que es Brasil. ¿Tres millones y no podemos arreglar esta cosa? Esto es lo que me parece que es jodido del Uruguay. Teníamos a Julio Bocca. Lo querían de Londres y el tipo estaba en Uruguay, se quedó acá por mucha menos plata. Se terminó yendo por el sindicato. Esas cosas me enferman. En el teatro no tenemos un sindicato fuerte, gente que salga aguerrida. Los popes y la gente conocida no pone la cara. Hay un gran miedo. Mirá lo que pasó con Petru Valensky, pobre. Dio su opinión y lo mataron. Pidió disculpas, y fue peor. Yo lo quiero a Petru, es el tipo más bueno del mundo. Lo mataron. Esos cagones que se esconden en un Facebook para putear a una persona deberían tener coraje para enfrentar esas cosas. Yo no sé si el ejército es la solución, pero lo que está ahora tampoco lo es. Sale Bonomi a decir que salió a comprar balas de goma en Rusia. ¿Les informás a los chorros que tenemos balas de goma? Es un chiste todo esto. Yo no tengo por qué vivir con miedo. Y la misión de ese tipo es que no vivamos con miedo. Muchas cosas no están bien, y me da risa cuando escucho los argumentos. También pasa que uno crece y ya conocés a los que están en el poder, que son como compañeros tuyos. “Me estás jodiendo, te estás acomodando”, pensás. “¿Viste que le dieron un puesto?”, te dicen de alguien. ¿En serio? ¡No te puedo creer! Y ahí te da bronca. No creas que a mí no me ofrecieron un puesto político. Claro que me lo ofrecieron. ¿Querés trabajar en el ministerio? Es muy fácil orquestar. Después te jubilás de eso. Pero me niego a ser empleado público. Con todo respeto. Y no porque sea un crack, sino porque no me sale. A los dos días me peleo y me voy. ¿Cuánto puedo durar yo?

Sos de irte, vos.

Soy un salidor rápido, de todos los lugares. Si algo no me gusta y no me siento cómodo, no me quedo. Y no tiene sentido pasarlo mal en la vida. Me voy de un programa de televisión en vivo, no tengo ningún problema. Si me decís que son miles de dólares que me van a hacer una diferencia, me banco cualquier cosa. Pero si no está esa diferencia y no la paso bien… ¿Por qué voy a hacer cosas que no quiero, si puedo sobrevivir con lo que hago bien? No me sacrifico más por cosas que no me gustan. Pero no lo hago por gusto ni por llamar la atención.

¿Está bien Socio Espectacular?

No, está mal.

¿Por qué?

Porque estás recibiendo plata de los socios, y los actores es una miseria lo que cobran. Y además es desleal. Hacé una cosa muy sencilla, agarrá los edificios con los obreros del SUNCA adentro y deciles: “Chiquilines, ¿cuánto cobran la hora? ¿Quinientos pesos? Ta, vamos a ponerla a ciento cincuenta” ¿Sabés lo que hacen los del SUNCA, que son unos cracks en ese sentido? Vienen con un hierro y te rompen la cabeza, literal. No, en el teatro vienen y te avisan que bajaron la entrada. ¿Cómo vas a bajar la entrada? “Sí, porque así viene más gente.” Y claro, en el fondo lo que importaba era salvar el presupuesto del teatro El Galpón. Pero tenés que involucrar a todos, para no quedar pegado. Es un gran negocio. Libros, fútbol, básquetbol, cine, ocho teatros. Pará un poquito. ¿Cuánto le toca a cada uno? La Comedia Nacional también era gratis. ¿Y esto? ¿Cómo dividís trescientos pesos entre veinticinco tipos? Hacé la cuenta y decime.

¿Para quién era el negocio, para El Galpón?

No era, es.

¿Y los teatros no podían marginarse de eso? ¿Por qué aceptaron los otros teatros?

Porque recibían la platita por mes.

Segura.

Y ahí hay otra lectura: hago lo que quiero, y siempre voy a tener gente, que viene gratis, y recibo una guita por mes para solventar los gastos. No hay riesgo. El riesgo es cuando vos comés de esto. Acá hay que diferenciar lo profesional de lo amateur; el amateur es el que labura de otra cosa y además hace teatro y no depende de eso. En mi caso, como en el de muchos, si no vendemos, no morfamos. Yo pago mis cuentas con la venta de entradas, ahora mejor que antes. Laura Sánchez, Silvia Novarese, el Flaco Denevi, César Troncoso; vendían entradas y de eso comían. Si no, no pagan las cuentas. Es muy sencillo. Habíamos optado: hacés esto y no lo otro, laburás acá y dejás de hacer otra cosa. Elegir la obra, arriesgarse, laburar con profesionalidad, eso tiene un costo. Ahora, si vos hacés una obra al lado y cobrás dos pesos. Yo he visto gente llegar a El Galpón y preguntar qué había para ver, porque total era gratis. No querían ver algo en especial: era el garrón. Eso existe, se instaló. Ya no lo podés combatir, yo no lo combato más. En un momento saltó mucha gente, después se fue apaciguando, y después se integró al sistema y el sistema ganó. En mi teatro no hay ni Socio Espectacular ni tarjetas: es contado rabioso. Hace once años la gente preguntaba por las tarjetas. No, no tenemos nada de eso.

¿Qué representatividad tiene el rol de la SUA y la FUTI? De alguna manera están integrados a Socio Espectacular, forman parte. Cuando criticás Socio Espectacular una de las primeras cosas que te dicen es que lo resolvieron por asamblea.

Me enteré de Socio Espectacular cuando vi a Walter Reyno un día en televisión haciendo una publicidad que era una parodia de la película Bajos Instintos. Todo a espaldas de los actores, y el SUA nunca pidió disculpas ni habló de rever la situación. Jamás. Y no lo van a hacer, porque en el fondo hay presiones de los teatros grandes. Hay mucha presión. Levantás la mano, mayoría, cagaste; es así. No hay forma. FUTI es la Federación Uruguaya de Teatros Independientes, cada uno tiene un enviado y cuando voy y digo algo… “Mayoría”, te dicen. Soy un perdedor nato. Lo asumo, es un país democrático. Mayoría es mayoría. Bueno, es una opción de ellos, y me parece muy bien. No hay quejas. Ahora bien, yo como individuo tengo derecho a decir que no me parece bien que vengan los argentinos y dejen dos pesos, ni que vengan en grupo y no se pague tal cosa, o que no aporten. Puedo decirlo. De ahí a que me den bola… Ni siquiera guardo esperanza. Pero si me preguntás qué pienso, te digo. Hace mucho tiempo que ya no me sale no decir la verdad. Si me preguntan, digo lo que siento. Y lo que siento, muchas veces, es eso. Funciona mal, pero funciona bien para otros. Para mí es negativo. Pero claro, yo no estoy en la misma posición. No es equitativo, la gente no paga la entrada, va con un recibo y ve veinticinco obras de teatro. La Comedia Nacional, por ejemplo.

¿Hay un público acotado para teatro en Uruguay? ¿Son siempre los mismos, que van a todos lados?

Hay un público acotado, sí. Este año hicimos Nuestras mujeres, en el Notariado, con Troncoso, Delgrossi y yo, una comedia de Mario Morgan. Hacíamos seis funciones por semana. Y pagaban. O sea, cuando quieren, pagan. No es verdad que no puedan pagar. Está acotado si hablás de un público determinado, pero hubo espectáculos como Italia Fausta; Ah, machos; Rescatate; Barro Negro. Hay gente que ha nacido durante el estreno y sigue yendo. ¿Está acotado? No. Lo que está acotado, capaz, es el gusto. O el tema que tocás, que hasta ahí llega y tiene un tope. Pero no pasa con todo. Debajo de las polleras estuvo nueve años seguidos en cartel. ¿Cuánta gente la vio? Capaz mucha, que no va nunca y va ese día, o en esa hora, porque le dijeron. Qué sé yo, viste que esto es muy variable. Pero creo que el público, en general, va, y conocen al actor más ahora que hace unos años. Ahora conocen de teatro, la televisión y las redes sociales han hecho que te conozcan. No van a verte, pero te conocen de ahí o de otro lado. Tienen una idea de quién sos o de qué hacés, mucho más que antes. Y no tenemos ni televisión ni cine, que es lo que hace que los actores cobren más. César Troncoso vive en Parque Posadas, hace los mandados, tira la basura. ¿Me entendés? Estaba conmigo y había ganado un festival en Miami en febrero, mejor actor por la última que había hecho acá.  Lo llamaron de Miami para decirle que le daban el premio. Estaba emocionado. El premio se lo ganó por La Cordillera a Darín y decía: no digas nada. Y Diego y yo lo empezamos a decir por todos lados. ¡Le ganó a Darín! ¡Le ganó a Argentina con Messi! ¿Cómo no voy a contar eso? Obvio que sí. Y el tipo es tan modesto que no lo hace, no lo cuenta. En la terna estaban Darín, él y otro actor más, y ganó él. Le daban guita por el premio, pero estaba acá porque no podía viajar, porque no tenía plata. Esto es terrible. Si habrá valores, loco. Hay millones, está lleno. Pero claro, no los conocés, no tenés posibilidad. Un Fernando Schmidt no sale de acá. La televisión es el gran juego, pero no lo tenemos. Se terminó la televisión para el actor uruguayo. La ley de medios se terminó. La sacó Mujica, la mostró y la guardó Tabaré.

Teóricamente está por salir.

Me hacen acordar a la jubilación de los actores, a lo que nos dijo el imbécil de Diego Cánepa un día, cuando fuimos a hablar con él. Nosotros lo que pedíamos era que por semana cada canal nos pusiera tres minutos de spot de teatro, que no les sale nada. Tres minutos. Nos dijo que eso no se podía hacer, que eran canales privados. Pero se podía pedir que lo hicieran como gauchada. Gauchada a presión, ¿no? “No, pero no sé qué, no sé cuánto”, nos decía. Y se ve que se hartó de nosotros. “No sé para que siguen insistiendo los actores ahora que tienen jubilación.” Un atrevido. ¿Una jubilación de qué, si no trabajamos? ¿Van a mandar inspectores a los teatros, a ver cuánto genera un actor por día? Quinientos pesos. Es un chiste. Lo que da plata no es el teatro, es la televisión.

¿Por qué se acaban los programas de televisión uruguayos? Hubo tradición de humor en televisión. Eso se liquidó todo. ¿Es porque es caro?

Es porque si hacés algo acá no hay dónde venderlo. A nadie se le ocurre. La gran contradicción del Frente Amplio es que han criticado siempre el capital, el capital en manos de algunos, y la televisión es eso. A los canales no los toca nadie. ¿Quién le perdonó la deuda a Tenfield?

Sí, como los canales digitales, que se los dieron automáticamente a…

Todos. Dejate de joder, loco. Tenés la posibilidad de hacer algo histórico y no lo hacés. Era el momento, y no lo hiciste, y no lo vas a hacer. ¿Por qué el señor Romay va a agarrar un canal y va a poner una telenovela con sus gastos? Porque no hay nadie que quiera venderlo. Están acostumbrados a ser repetidoras. ¿Hay algo más lejos que un turco? Acá no hay califas, no hay jóvenes vírgenes para casarse y sin embargo prende. Lo vendieron a la fuerza. Olvidate de los Brian y los Johnatan en la selección: hoy se llaman todos Orán Gonzalez o Sherazade Pereira. Claro, si nos obligan a ver eso. Mi madre ve todo el día las  novelas turcas.

 Tenemos el ejemplo de Oreiro en Rusia con las comedias que hizo.

Ahora capaz que se le caga la vida, pobre, con esto que hizo ahora en Rusia. ¿Quién la convenció? Tiene razón ella, hay que hacerlo, sí. Pero es Putin, y los tipos son cuadrados, y dijeron que el homosexual es un enfermo y que ahí no entra. Si te dicen eso…

Es demasiado popular, vamos a ver.

¿En Rusia? Popular es él, que ganó tres veces las elecciones.

Hablando de lo popular, una de las cosas que caracterizan a “La Cachetada” es tratar de ver lo que pasa alrededor y escribir algo sobre eso. Es algo que pasa en “Rescatate”, que lleva público. Y sin embargo no es la característica del teatro montevideano.

En “La Cachetada” yo pongo una maestra golpeada. Conozco varias, por eso. Lo que pasa es que está bravo meterse con el gobierno bolivariano del Uruguay. No saben los líos que tuve con eso: amenazas, cosas, puteros en las redes. Yo no tengo red social ninguna.

¿Te amenazaron por eso?

Diciéndome fascista, reaccionario, cosas horribles. “Tenés un puesto en el Partido Nacional.” ¡Ojalá! Voy a llamar a Lacalle Pou. Porque cuestiono la educación, que todos decimos que está mal. Todos decimos que es horrible lo que pasa. Y me cuestionan que por qué mis hijas van al colegio privado. Porque la pública está mal, y si puedo, hago el esfuerzo. ¿Qué les voy a dejar? Si puedo, les dejo eso, educación. Y la educación en el barrio no está buena. Lo siento, pagaré el privado. Y me rompo la cabeza para pagar los veintidós mil pesos por mes. No tengo otra. Plantear esa discusión significa que en seguida te catapulten al infierno. Y no hablo de la gente común, hablo de los compañeros de teatro. Compañeros que tienen Facebook me mostraban cómo me puteaban ahí. Técnicos, actrices. Yo los conozco. “Te vendiste, ahora tenés un puesto en el Partido Nacional.” ¿Por qué fue? Porque la semana de estrenar cae Lacalle Pou con su esposa, a ver la obra. Y pagó la entrada.

¿No lo dejaste entrar gratis, estás seguro?

No, pagó la entrada. Pero si me decía que quería ver la obra, lo habría invitado. A cualquiera, incluso del Frente. Porque la obra es para discutir. ¿Qué le voy a decir al tipo, que no entra porque es el Partido Nacional?

¿El quilombo fue a partir de que él te fue a ver?

Porque vino a verme. Fue el fiscal Zubía, también.

Te estás juntando con toda la flor y nata, vos también.

No fue nadie del Frente. Estaban entretenidos en defender a Sendic, no podían ir, viste.

Sin embargo es fantástico que una obra genere esto.

No me enojo. Cuando fui a FUTI uno me dijo: “Me voy, llegó el poncho blanco.” Así que ahora me esmero en decirle a la gente que yo voto en blanco. Es una declaración de principios dura, pero lo digo para que no me rompan más los huevos. Yo no pertenezco a nadie. A partir de acá no me busquen la vuelta, porque no hay. No voy a volver para atrás. No mentí, no voté a Lacalle Pou. No es cierto. Pero el tipo vino, sabiendo que en la obra digo que de “todos los partidos políticos han mentido con la educación”. “Te felicito, tenés razón”, me dijo el tipo. Alguien me lo dijo. Y Zubía al otro día en Canal 12 dijo que fueran a ver la obra. Zubía es lo que vos quieras, es un show, yo no lo conozco, y dijo: “Mirá que pagué la entrada”. Por otro lado, si hubiera sido del Partido Comunista o del MPP y viene el loco, ¿qué le digo? ¿Que no entra? ¿Yo le voy a decir a una persona que no puede entrar a un teatro porque piensa distinto? ¿Qué quiere decir eso? Yo no hago esas cosas. Y me parece lo más antidemocrático. Por esta entrevista me van a volver a decir fascista, nuevamente. No hay chance de que no estés muy de acuerdo con el gobierno: es que sos fascista. Y el fascismo como palabra más allá del chiste, tiene una presencia vocal muy fuerte. El fascista, el facho, eso es otra cosa, remite a gente muy jodida. Yo soy absolutamente democrático, pero hay cosas que me pusieron mal. Yo no la estoy buscando, pero la vivís y te sentís mal. Está mal, y tenés que decirlo. ¿Por qué no voy a decir que la educación está mal?

¿Es muy autoritaria la izquierda?

La gente de izquierda sí, lo es.

¿No se tolera la disidencia?

Para nada.

Y en el teatro, peor.

Peor.

¿Hay ideología ahí, o es envidia?

Es obsecuencia. Son obsecuencias. “Somos de acá y no hay vuelta que darle. No hay vuelta atrás.” Sí, pero está todo mal. Es así. Es como con lo de a la gorra. El 95% de los actores están de acuerdo en que no pueden laburar gratis, porque va contra ellos incluso. Pero es tanto el miedo a decirlo, a exponerse, a opinar.

¿Es la dictadura de lo políticamente correcto?

Sí, lo es. Y tampoco es solamente acá, es en el mundo. Mirá Argentina. ¿Cómo va a terminar esa fractura social en los actores? Como vas a pensar que en una cancha de fútbol no haya fractura social. La intolerancia de los compañeros míos fue muy grande. Discutí mucho con mucha gente, tratando de no pelearme. Bo, dame chance de equivocarme, pero no me acuses de ser fascista. “Te diste vuelta.” ¿Yo? Quiero recordar que yo hice dos veces la publicidad del voto verde, con Margarita Musto. Dos veces, y las dos veces la perdimos. No me digas que estoy en contra de esto. Lo que digo es que cuando algo me parece mal, lo digo. Yo, y veinte más. Y no nos podés catalogar de reaccionarios. Por algo lo diremos. A mí me caen muy mal algunas cosas, me cae muy mal cuando se ríen de los maestros. La maestra de mi escuela del Cerro —Margarita, se llamaba— fue la tipa que me generó las ganas de leer la poesía de Juana de Ibarbourou. La maestra fue mi referencia, mi mamá, en serio. Y esa maestra hoy perdió autoridad con el cachetazo, y de esto habla la obra. Sobre todo con el cachetazo que le da la misma sociedad y la misma Dirección de Cultura cuando se ríe de los maestros, o cuando Mujica dijo que no trabajan. Eso no es cierto, es insalubre ser maestro en este país. Y ni te digo en contexto crítico. ¿Cómo me podés decir eso, ningunearlas así? Y cuando veía quiénes eran los que ninguneaban a las maestras, no podía creerlo. Como no podía creer lo que pasaba en Nicaragua, y lo que estaba haciendo Daniel Ortega. “Me están mintiendo, decime que no”, pensaba yo. Me costó, eh. Sí, era verdad. Me cuesta creer que esa misma gente sea la gestora de esto. Dije que no se puede trabajar a la gorra, nada más que eso. Y puse el ejemplo del SUNCA, donde si trabajás una hora más barata te tiran para abajo. ¿Cómo vas a bajar el precio del trabajo?

Y sin embargo entre la gente de izquierda del teatro vinculada a la política se dan roces, como con lo que pasó con la dirección de cultura: salió Hector Guido y vino Mariana Percovich y cambió todo de vuelta.

Son lugares de poder.

No hay política cultural, a eso voy.

Son lugares de política, donde hay ganancia para después. No debería ser así, ni en educación ni en cultura. No debería ser que llega uno y tira abajo lo que hizo el otro, que es lo que pasa siempre. Y del mismo partido. Vas a ver que ahora ganan la intendencia de nuevo, porque la gente a esta altura ya es frentista y ya no sabe ni qué vota, cuando todo el mundo está enojado por la mierda en que vivimos todos los días. Y va a venir otro y va a decir “no va más” y va a empezar de nuevo con todo. Y así vamos a estar siempre. Hablamos de intolerancia, y esto de Petru Valensky es el ejemplo. El tipo dio una opinión política, no dijo que él votaba a Berlusconi, dijo que le parece que tendrían que ir los militares. Y mirá que lo masacraron en serio. Y ya ni es: “fascista, reaccionario, de derecha”, sino que  es: “¿te acordás, puto de mierda?” ¿Te parece, a un tipo que está en televisión, que ha ido solidariamente a millones de lugares? ¿Que lo agredan por su condición sexual? Y eso es gente de izquierda.

Gente que se supone ha sido la abanderada de la diversidad. Y sin embargo a él, por dar una opinión…

Lo mataron. Lo hicieron darse vuelta, pedir perdón, decir que no había querido decir eso. No pidas perdón nada. Que se vayan a cagar todos. ¿Qué tienen que opinar, ustedes? Además viste que el Facebook es lo más cobarde que hay, y la gente lo da por válido. Ahí ves la intolerancia. Lo mataron, mal. Capaz que mañana salgo a decir que salgan los milicos a la calle, a ver qué pasa. Para probar. “Franklin Rodríguez apoya.” Cuando salga eso, agarrate. Me llamaron el otro día de Búsqueda para una entrevista. “No voto más, no soy de nadie, ponelo”, dije. No sé si lo puso porque no la leí. Pero le dije que lo pusiera. No voto a nadie, me cago en todos. No me acerqué a los blancos, no fui a comer un asado, no me invitó. Si me hubiera invitado, hubiera ido. ¿Por qué no voy a comer un asado con Lacalle Pou? Eso no quiere decir que lo vote. ¿A qué estamos llegando? ¿No se puede saludar a alguien? Carlos Muñoz, el periodista, me decía que lo acababa de llamar Mieres, y le preguntó si yo estaba con los blancos. Le dijo que no creía, y que por qué se lo preguntaba. “Porque el año pasado lo vi en la playa y me vino a saludar bien, pensé que era de los nuestros.” ¡Yo nunca le dije que lo votaba! Sólo lo saludé. Es raro, bo.

Das una visión muy negativa de la sociedad. ¿Vamos para el orto, o ves alguna salida posible?

Todas las salidas posibles. Vamos para el orto. Claro, cómo no va a haber salida. Yo vivo acá, no me fui. Lo estoy pensando, realmente, pero todavía no me fui.

Veo un Sarandí del Yí tu futuro.

No en Sarandí, justamente. Más lejos. No, estoy con ansias de hacer cosas. Me gusta, tengo un teatro. Me dicen pesimista, pero tengo un teatro, hago obra, estreno, viajo. Soy lo más optimista del mundo. Pero la realidad es muy fuerte y no la puedo soslayar. Al crecer van muriendo muchos, y vamos quedando nosotros. Este es el Uruguay que va quedando, les guste o no. De alguna manera tengo que ser lo más honesto posible para decir las cosas que a mí me parecen. Yo estoy en mi puesto de laburo, y de ahí digo lo que pienso. Cada vez que digo algo me pasa algo. No se puede creer. Hace dos meses fui a VTV, a un programa de mierda que no ve nadie a las cinco de la tarde. Nadie ve VTV siquiera, ¿van a mirar ese programa de mierda? Me preguntaron que qué pensaba de la educación, con la plata que hay, y con que cada vez estamos peor y estamos cada vez más abajo en las pruebas PISA. Y le contesté lo que te dije antes: o son unos reverendos hijos de puta o son ineptos. Me inclino por lo segundo. Me levantaron. Salió la ex fiscal Guianze a pegarme, a “este actorcito de cuarta”. ¿Si soy un actorcito de cuarta qué mierda le importa lo que yo opine? ¿Quién me va a tomar como referencia? “Ay, lo que dijo este muchacho, hay que tenerlo en cuenta.” No soy nadie, doy la opinión como la puede dar cualquiera. Y la tipa se dedicó a escribir un tweet para putearme.

Tiene tiempo libre ahora, por eso.

Que se dedique a garchar, y no a hablar de un “actor de cuarta” que ni conocés. Cuando hice la propaganda de Lacalle… Perdón, de Michelini…

Te traicionó el inconsciente.

Bueno, si me pagan… Me acuerdo que recién había abierto el teatro, y en la esquina de Convención y Mercedes, donde ahora hay una verdulería, el tipo no me dejó entrar más. “Acá no entrás, no te vendo nada.” Por el aviso. “Te vas de acá, comunista.” Y hasta que el tipo no se fue, nunca entré al supermercado ese. Y en la calle me gritaban hijo de puta. Había una página en internet: “Odio a Franklin Rodríguez”, la habían creado los jóvenes blancos. ¿Qué es lo correcto? ¿No decir nada? No opinar, no meterse, no perder el puesto. Está bien, es una posición. A mí no me funciona, me hace mal, me enferma. Prefiero venir exultante por haber dicho lo que pienso antes que apocado porque haberme guardado todo y pasarla mal. Es mi forma de ser, yo soy así. Me voy de un canal de televisión en vivo. Como decía el flaco Invernizzi el otro día: “este el él único tipo que yo conozco que se fue en vivo de un programa de televisión.” Y me fui. Y el Nano Folle me miraba, un 18 de julio.

¿De qué programa te fuiste?

De uno que hacía Claudia Fernández en el Canal 10, de tarde. Me fui, y no me podía sacar la camisa del canal: la partí en el corredor, de la ira, y nadie osó pararme. Vino el Nano Folle: “¿Qué pasó, hermano, estás bien?”, me decía. Ochocientos grados bajo cero y yo desnudo por el corredor de canal 10, un jueves 18 de julio a las siete de la tarde. Nunca más fui al canal. Es más, me pagaron por fuera, fueron a mi casa a pagarme, porque no podía entrar al canal. Me fui en vivo, me arranqué todo y me fui a la mierda. “Todo bien, ¿pero para qué me tienen acá?, había dicho yo. Yo tenía cincuenta en ese momento. Pagaban muy bien. La productora era la hija de Hugo Moser, el argentino. “Te queremos para hacer entrevistas, para hacer un sketch.” Bueno, ta. Una hora por día, no costaba nada, pensé. Pasó una semana, dos semanas, y yo no hacía nada. Era el Susano de Claudia Fernández. “Tenés que bailar cuando venga el Gucci.”  No, hasta acá llegamos, pensé. Yo había edificado mi penosa carrera con mucho esfuerzo, no para bailar con el Gucci. Con todo respeto.

¿Y qué pasó?

Yo tenía la vincha, estaba en vivo. Entonces estaba Claudia con la música, y rápidamente paneaban y me tomaban a mí, que iba a hacer un juego. “Te vas al juego”, me decían por la cucaracha. “¿Ta, pero qué hago acá, qué tengo que hacer?” “Te quedás ahí, no te pongas nervioso.” “No me hagas hacer esto.” Atrás mío había una jirafa con medidas. “Tenés que medir la palma de la mano de la gente que va entrando, de a una.” Todo esto mientras en el otro lado estaba la acción. “La mano, para ver cuán grande la tiene el hombre. ¿Entendés? Es un juego.” Y miro y había un negro puto alto, del club de fans de Claudia Fernández. Me estás jodiendo, pensé. Estaban todos con la mano pintada de blanco, para ponerla en la pared. Dije que yo no lo iba a hacer, y me insistían. “Yo esto no lo hago”. “Hacelo carajo, después lo discutimos”.  “Chau”, dije y me fui. “Vamos con Franklin, que tiene sorpresas”, decían del otro lado. La cámara me enfocó, me arranqué la cucaracha. Quedó la jirafa con el negro. Me fui a la mierda, en vivo, humillado. Era 18 de Julio, estaba todo el mundo en su casa. Por la fiesta patria. Todo el mundo dice que todo el mundo estaba mirando el programa ese día. Si fuese cierto no se habría bajado por falta de rating. Obviamente no lo miraba nadie, pero todo el mundo comenta que cómo me vieron salir ese día. Nunca más aparecí, ni explicación dieron. (risas)

Esa no te la quita nadie.

Era humillante, pasé vergüenza. Todo lo hacía Claudia, ella entrevistaba, actuaba ella, conducía ella. Yo sacaba el sobre del concurso: “Chocha Pereira en Sarandí del Yi, acaba de ganar un mes gratis de UTE.” Era un Susano. Llamá a un guacho lindo, págale diez mil pesos, y te baila y te salta. Pero no un viejo amargado. Pero se había empeñado conmigo, que tenía que ser yo. Pobre.

Vos hacés teatro, y tenés un teatro que es de verdad independiente, que no depende de hacer lobby. Mucha gente del medio está haciendo lobby con el poder. Eso te permite decir lo que se te antoja.

Dependo de la gente que vaya. Hago un lobby especial: cuando no actúo bajo a la platea, voy al hall, abro la puerta de los taxis para que no las roben a la viejas, me quedo con la gente, la saludo, la recibo. Es mi casa, mi boliche, tengo que defenderlo a muerte. Abro la puerta de los taxis para que la viejita no se caiga y se rompa el culo y después diga que fue al teatro y la robaron y que entonces nunca más fue. Las cuido de los chorros, de los borrachos. Es tremendo lo que hago, pero es así. Ese es el lobby que hago, el más personal. El otro es lo que yo soy. Por ahí soy un loco de mierda y no vale la pena ni siquiera pensar en mí como una posibilidad de seguir mis pasos, para nada. Hay dos teatros, uno arriba y otro abajo, y se abre la cancha, hay alumnos, gente que va. Bien o mal, es lo que uno sabe hacer. La boletería depende de eso, y son casi diez personas con un sueldo. Es una familia chiquita que tengo. Una fábrica de esperanza, porque no vende nada, vende teatro, palabras. La verdad es que no me siento desconforme con eso. Y si el apoyo viene condicionado, más vale que no venga. Le buscamos la vuelta. Y por eso también yo soy el escritor de la sala. Porque, claro, pagar un derecho de autor no podés, porque no lo podés desquitar. Soy el que escribe, el que dirige, el que hace todo, para que esto funcione. Y no funciona mal.

¿Qué te gusta más, escribir, actuar, dirigir?

Ah, yo soy actor. Mi vida es la actuación. Escribir es un placer, por esto de que los textos son caros, está muy idealizado y es difícil de hacer. Y dirigir porque nadie agarra viaje. Mientras otro piensa si hace algo, yo tengo que poner tres espectáculos por año para que la sala se mantenga. Porque a la boletera, la acomodadora, la técnica, la limpiadora, la secretaria y los profesores todos los meses hay que pagarles. Es una fábrica que te come, que te obliga a estar siempre haciendo cosas. Pero soy actor. En la entrevista pueden poner “empresario teatral”, me encanta esa palabra, me siento como en Argentina. ¿Empresario de qué? Pero me gusta la palabra, me defino así, porque tengo una empresa con todos esos valores para llevar adelante.

¿Aconsejarías a la gente joven que haga teatro?

Sí. A los jóvenes y a los no jóvenes. Tengo muchos no jóvenes a los que les cambió la vida. Si  no son actores en el futuro, son buena gente. Porque tocás puntos muy claves; hay una humanidad implícita en las palabras, en las acciones, en el comportamiento, en lo social. Es colectivo. El teatro no lo hacés solo. Habrá quilombo, como siempre, y aparecen los egos, pero también está lo que compartís, lo que sufrís, lo que descubrís de las acciones humanas. El teatro es un instrumento maravilloso, sensible al 100%. En Espacio Teatro los alumnos tienen posgrado y tienen la sala para hacer lo que quieran. No se les cobra. Y han hecho cualquier cosa, cosas buenas y cosas muy malas. Pero ese es el quehacer: las cosas malas, y cuando sean buenos se tienen que acordar de eso, de que para llegar a serlo hubo que hacer todo eso. Una nota tuya de hace cuarenta años no es una nota tuya de ahora. Eso cambia muchísimo, y el actor también tiene que foguear su cuerpo y su instrumento. La sensibilidad es fundamental. Le gente que va al teatro sale sensible. Ayer a “La cachetada” fueron veinte personas, no es una obra que lleve público como “Debajo de los pantalones”. Pero sábado y domingo me permito bancar con ese espectáculo lo que se hace el viernes. Y el viernes van veinte, pero salen emocionados por un espectáculo que los toca. Al resto no le importa, pero bueno, es así. Pero hay gente a la que sí le importa, y eso vale oro. Lo viví ayer en Sarandí del Yi, en un teatro donde había una luz de color azul, dos sillas arriba del escenario, un fondo blanco, un escenario gigante, la gente abrigada porque no hay aire acondicionado. Y hacés el espectáculo y quedan conmovidos. Ahí decís que todavía se puede. Esa es la parte de confianza de que me preguntabas al principio. Hay un momento en que uno confía en el ser humano. Y hay otros que no, pero bueno. Sucede, cuando ves barbarie y decís que no hay salida.

Optimista pese a todo.

Soy optimista. Hay muchos que son pesimistas mal informados. Lo que odio es la buena onda. “Qué mala onda que tenés”, me dicen. ¿Por qué, porque soy realista? La ONDA ya cerró, te recuerdo. Tengo humor, jodo mucho, vivo riéndome. Tengo mucho humor para todo, me divierto en los ensayos. No soy un bajón, soy muy para arriba, pero también soy crítico cuando las cosas no me gustan. No puedo ser cómplice de lo que me parece mal, y muchas cosas son un horror. Como con aquello que decía Netto, el pope de la educación…

José Pedro Varela.

Sí… Aquello de que pasen todo y nadie repita. ¿Y para qué estudian? ¿Yo soy un genio porque me di cuenta, o es una obviedad que esto está mal? Cuando aquella chiquilina repitió y el juez dijo que no repita. ¿Cómo vas a mandar un abogado para eso? ¿Estamos todos locos? ¿A dónde hemos llegado? Tenés que quejarte de eso. Yo vivo acá, y tengo derecho a decir que esto está mal. Y tenés más derecho cuando fuiste muy de izquierda. En mi vida voté a un partido tradicional. Nunca fui, no sé lo que es, nunca coqueteé con eso. No lo soy. Siempre fui oposición absoluta a eso. Lo que yo lloré cuando echaron a Germán Araújo… Dos días lloré. Yo venía de trabajar con cajas de cartón, y llegaba a escuchar a Germán Araújo a las once de la mañana. Yo me prendía a lo que decía el tipo. Y cuando lo echaron del senado y se murió, me morí. Creía mucho en todo eso. Si me duele hoy cuando veo a los carapintadas del poder. Qué dolor, ¿eh? Mirá que hay gente carapintada ahí arriba, gente que no tiene ningún mérito. Cualquiera de nosotros podría ser un tipo en el poder. Veo a Oscar Andrade y pienso que esa cuadradez no es la mia. Esa intolerancia no es la mía. Esa ceguera humana, ese decir que estamos en un país maravilloso. ¿Cómo voy a pensar que un tipo así me puede representar a mí, con las cosas que dice? O cuando a veces veo discutir a Alejandro Camino, que es un colega de teatro. Las cosas que dice en Esta Boca es Mía. Tenés mi edad, no podés ser tan neófito. No podes negar la realidad. Hay que aceptarla, loco. Aunque digas que sos del Frente igual, y que hicieron cagadas pero igual lo votás. Capaz vos te preguntás, en este soliloquio que estoy haciendo, por qué es con el Frente. Y, es porque ahí aposté todo.

Porque viene de tu palo.

Me duele lo que pasó. Me duele el veto al aborto de Tabaré Vázquez.

¿Qué te dolió más de Mujica?

Es el gran actor del Uruguay. Alberto Candeau no existe al lado de él. Y lo digo con propiedad, porque fuera del país decís algo de él y te masacran. Hablé de él en Viena y para qué… Dije que era un actor, un gran mentiroso, alguien que habla mal en Uruguay y muy bien afuera. Afuera habla perfecto. Pero no se le puede negar lo que ha logrado; ha llenado el Estadio Azteca con un discurso. ¿Quién mierda lo hace eso? Es maravilloso. Es un gran vivo. Dice que no va a ir a las elecciones, pero está coqueteando. Le da para adelante a Astori. Pobre desgraciado, Astori, que no emboca una; es como Rampla Juniors, nunca entra en nada, pobrecito. Siempre ahí, con su lentitud. Me lo imagino a Mujica dándole manija, para que se tire y después tirarse él atrás. Es genial lo que hace el viejo. “Ahora se murió Manuela, no tengo tiempo, estoy con las lechugas, andá Daniel”, eso le debe decir. “Constanza, no te quedes atrás, vos tenés que ir, sos la esperanza de la mujer.” Los manijea a todos y atrás va a él. Es lo mismo que Sanguinetti, que lo mandan de vuelta.  ¡Llegó Sanguinetti! ¡Supercan! ¿Te das cuenta de esto? ¿Cómo (…) aparece Sanguinetti de nuevo? Y pasa lo mismo con Mujica, un tipo que ha logrado la adhesión, con los disparates más grandes que ha dicho. Fue un gobierno divertido, ni lo dudes. Mucho más que el de Batlle. “Traigan a los de Guantánamo, traigan a los de Siria.” ¿No se te ocurrió pensar que estás trayendo gente que reza cinco veces por día y le pega a la mujer? ¿Cómo los vas a meter por la fuerza acá? ¿No se le ocurrió pensar eso, por un momento? El de Guantánamo dijo que prefería estar en el medio de la guerra en Siria antes que estar acá. ¿Se acuerdan de eso?

Algunos se adaptaron.

¿Ahora es la mujer que le pega? Te pongo este ejemplo pero te puedo poner la ley de la marihuana, todo lo que pasó con las farmacias. Tiró cosas, y todo el mundo lo seguía, en esa euforia, en esos años de bonanza. Creo que nunca pensó seriamente las cosas. Tiró todo lo que había, y después llegó el otro, el monje loco, Tabaré Vázquez, a arreglar las cosas, con ese estilo tranquilo. Hay que decirles a él y a Astori que hablen más rápido, porque el tiempo en televisión vale oro, y ellos demoran mucho. Lo último terrible que pasó fue cuando alguien se opuso al gobierno y salieron a mostrar lo que debía el colono. Eso no se puede hacer. ¿Te pensás que el colono es poderoso? Mostraron la casa, vive en un ómnibus de mierda en mitad del campo. Yo no puedo creer que ese tipo sea millonario. No es un latifundista. No lo podés matar así. Lo mataron, a él y a otro más. No podés hacer eso. En la izquierda se siente que se están perdiendo cosas, ¿entendés? Y son equivocaciones de ellos, no de los demás. No es culpa mía. Yo no me hago cargo del gobierno. Sos vos, vos tenés que hacer las cosas bien. Mujica fue un gran actor. Ha vendido la pobreza en que vive, que es cierto. En Ámsterdam no lo podés tocar, es Dios, nunca escuché una crítica en contra. Los que vivimos acá somos los que lo padecemos, pero para los demás es Dios. Es un tipo que ha engañado, que ha engatusado. Es un gran bla bla bla. Y ahora vuelve, así que tranquilo, que lo tenemos otra vez. Sin perra, pero bueno.

¿Estás seguro que vuelve?

¿A quién van a poner? Estoy seguro que va el viejo. Si no querés aparecer más, pedís que no te pregunten más, pero él da entrevista, y da entrevista. Vas a ver que es tanto el ego que tiene… Necesita que se lo pidan. Y el actor va a ir a dar su último bocadillo. Capaz que la queda antes de terminar, hay que rezar para que el segundo sea digno. Si nos toca otro Sendic estamos en problemas. Sendic me hace acordar a Pacheco Areco. No habla, no sabe hablar. ¿Cómo no nos dimos cuenta que no hablaba? ¿Cómo llegó? ¿Cómo Mefisto llegó ahí? Pacheco llegó porque uno se moría y el otro no agarraba, no agarraban Zelmar Michelini ni Amílcar Vasconcellos. ¡Y salió, y quedó presidente! Es el misterio de la vida.

¿De qué trata “La cachetada”?

Es el día después de la maestra que fue golpeada. El mensaje final es que la cachetada no la dio ni el niño ni la madre, “sino ustedes”. Y ahí hay seis lingas llenas de libros, que caen. La educación se va a pique, es impresionante. Impacta, no sé si está bueno pero impacta porque habla de un tema muy real. Lo plantee como una preocupación, para ver qué pasaba con ese tema. No pasó nada. A nadie le importó una mierda. (Risas.)

¿Qué estás leyendo ahora?

Un finlandés maravilloso, que escribe cosas geniales. También estoy con un inglés que me gusta mucho, y después con Murakami, que es otra historia. Terminé de leer un libro de cuentos de César Di Candia, el último que sacó. Es precioso lo que escribe el viejo. Muy divertido, irónico. Es rescatable que siga escribiendo a la edad de él. Me parece precioso. Leí el último de Jaime Clara, también. Pico mucho, leo muy salpicado, por falta de tiempo. Tengo muchos libros, y tengo una cosa terrible: me pongo numeritos escritos a mano para saber en que orden leer, porque tengo tanto amontonado que me olvido. Todo el mundo sabe que cuando me regalan algo no puede ser absolutamente nada que no sea un libro o un litro de vino. Una cosa o la otra. No me regalen perfumes que no voy a usar ni ropa que no me gusta, o cosas que no uso. Entonces, claro, llega mi cumpleaños el 15 de mayo y tengo veinticinco libros.

¿Y cuántas botellas de vino?

Más. Pero pregúntame qué queda: los mismos libros, pero menos vino. Tomo una botellita por noche.

¿Vas al teatro?

Voy, cuando puedo. El domingo voy a ver “Yerma”. A la Comedia voy siempre. Hay estilos que no me gustan, a eso no voy. Mariana Percovich no me gusta. ¿Para qué voy a ir a criticar a una colega que no me gusta? Es como ver una película que no me gusta. No voy a ver una película de Suar, no me gusta. No es preconcepto, pero no me gusta. Y no lo critico. Voy a ver lo que me gusta, voy a ver a Woody Allen, incondicionalmente. Hace mierdas grandes como una casa, pero le perdono todo.

¿Ves series?

Sí, veo series. Estoy viendo Fargo. Las series son lo más grande que tiene Netflix. Es increíble. te enfermás.

¿Cuál recomendás?

Fargo, y Vikingos. Es de una crudeza que no podés creer. El mundo de ellos era maravilloso. Respetaban a la mujer como no la respetamos ahora. Cuando choca el mundo vikingo, que es bárbaro, con el mundo intelectual, de historia, de grandes creadores y de religión católica. En un momento está el rey católico con un esclavo acá, que es un vikingo, y viene una mujer golpeada a decirle que el marido le pega todas las noches. Y al vikingo le preguntan qué hacen en su pueblo cuando eso pasa: “No hacemos nada, porque en mi pueblo no se le pega a las mujeres”, responde. Tenían cincuenta mil años de historia antes que estos otros locos, y amaban a muchos dioses, no era un solo, eran dioses de muchos tipos. Y nunca un dios los castigaba, jamás. Está basado en una historia real, y es un mundo que yo desconocía. Obvio, cuando empezaban a cortar cabezas, cortaban cabezas. Pero me atrae eso, lo histórico. Hay muchas series que me atrapan, termino enfermo, veo cinco un sábado. Con la estufa a leña al lado no me levanta nada. “Andá, que ya voy”, digo, y que se vayan todos a la mierda. Esos es una maravilla. Es lo que tiene Netflix, porque de cine no tiene nada. Aunque descubrí una página que es increíble, Cinefilia Malversa, que tiene todo el cine del mundo, por autor. Con los iraníes se me parte la cabeza. Es gratis. Las van bajando, pero las vuelven a subir. Ves cine que no ves en otro lado. Y cine de las décadas del cuarenta y cincuenta. Otto Preminger. Cosas que no ve nadie. Scorsese está todo.

¿Vas a seguir el mundial?

Esa es otra mierda. Fijate vos lo que hicieron ahora, el desembarco de la Agraciada con jugadores de fútbol. Es terrible, loco. Me encanta el fútbol, y la selección es seria y está laburando, pero las chances son limitadas, no van a ganar, porque no sirve económicamente. Hay poderosos. Pero está lo que generan en la gente, la cantidad de tramposos colgados que se van al mundial. Va a ser un mes de tortura, continuamente viendo cosas en televisión como si se nos fuera la vida en eso. Y se para todo. ¿Viste la noticia de la Universidad Católica? El día del partido con Uruguay no hay clases. No podés cerrar una universidad privada, habilitar que este gran negocio de uno sea de todos. Este tipo de patriotismo me funciona mal. ¿Y sabés qué es lo peor? La desilusión, la caída estrepitosa, que abruma a la gente. Los jugadores de fútbol son millonarios, loco. Millonarios. ¿De qué estamos hablando, de once tipos y una pelota? Está bien, pero no para que estemos prendidos. Y lo peor es que no va a ser sólo Uruguay, van a ver todos los partidos. Durante veinte días nadie va a laburar. Creo que es perjudicial para todos. La euforia, la locura, la escuela que va a parar. ¿Y la productividad? Esto no pasa en otros lados del mundo, pasa solamente en Latinoamérica. No es tercer mundo, es sexto. Se vino abajo todo. Todo es pasión. Ahora mandan a Rusia al hijo de Bananita González, al que casualmente le dicen El Rusito. “Acá estamos, tomando un samovar.” Lo mandan a cubrir el mundial. Y van todos los comentaristas. Es un gran negocio, la televisión explota de publicidad. Guita de todos lados. Y todo el mundo hablando del mundial, con el Uruguay embanderado.

 ¿Y qué crea esto?

Un fanatismo. Pero después cuando llega la realidad… Y cuando hay que apoderarse de lo que está mal, no lo hacemos. Esos son los momentos en que te das cuenta que la gente está adormecida. Lo que pasa con el perro de Godín es más importante que lo que pasa en el Hospital Militar o en el Clínicas. Suárez abrió ayer un complejo, porque la mujer estaba aburrida. “Estoy cansada de tener plata, hacé un negocio para mí.” Y el marido puso como dos palos verdes para abrir un complejo de gimnasia, con canchas de básquetbol y fútbol. Dicen que es impresionante. Y todo para que ella, que vive en España, no se aburra. Y todos los canales cubrieron, gratuitamente, como él llegó con los dos hijos a patear una pelota e inaugurar. Y en este momento debe tener treinta y cinco mil socios pagando una cuota, a un tipo que no lo necesita. Está todo transformado, está todo raro. El papá de Cavani salió antes después de haber matado un tipo con la camioneta, porque era el padre de Cavani. No puede ser eso. Esto es lo que antes pasaba con los blancos y los colorados, y nosotros nos quejábamos. Los hijos de. El que cómo vas a meter preso a un jugador famoso. Todo eso hace que nos sintamos mal. Hay puesta una bandera en eso, como que nos representa, pero es un cuadro de fútbol, y no me va la vida. No voy a ir más feliz a laburar, al yugo diario, porque gane Uruguay. Ahora, si pierde Uruguay va a haber un bajón colectivo, porque hay una euforia… El otro día en Mar Carrasco, un teatro que hay en Arocena, donde doy clases de mañana, fue Adidas, que alquiló la sala: cada chiquilín que compraba un par de zapatos de quinientos dólares lo recibía firmado por Suárez, que estaba ahí en vivo. Fueron todos los chiquilines. Yo no estaba, pero me enteré. Vallaron Arocena, no entraba nadie. Y la seguridad de Suárez decidió que no firmaba nada. ¿Sabés cómo lloraban los niños en la puerta? Él no se debe haber enterado.

 

 

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