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Lágrimas de cocodrilo

Lágrimas de cocodrilo
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Los hechos políticos de los últimos días, que amenazan prolongar sus consecuencias más allá de lo que muchos imaginaban, no son sencillos de explicar alejados de locas pasiones y encendidas polémicas.

Como pensador sin diploma pero reconocido, he elaborado algunas hipótesis que tienen bases filosóficas, científicas y hasta de boliche.

Yo creo que todo comenzó cuando el Gaucho Payador se comió la pastilla más grande de su vida y, luego de lograr trabajosamente la anuencia del Pastor Masón, eligió como cabeza –manejable, obvio- de la renovación generacional del Frente Amplio al nunca bien ponderado Raúl Sendic: buena pinta, ascendencia entre la militancia joven, votos inesperados en la interna y un apellido pesado. Lo pensó, intuyo, como un pontifex, un vocablo latino que significa “constructor de puentes”. ¿La verdad? La maniobra le salió como el orto: lo único que hizo Raulito durante el corto tiempo que duró su delirante protagonismo fue dinamitar con sus actos los pocos puentes que ya tenía instalados la fuerza política que integra. Luego de su paso, el escenario que quedó hoy parece la playa de Dunkerque después de la batalla.

¿Qué falló en el supuesto heredero?

Sigo con las hipótesis, lector. En primer lugar, nadie advirtió, hasta que fue tarde, que vive en un raro estado anfibio: por lo tanto, como muchos animales que le preceden en la evolución de las especies, ha conservado, sin necesidad de ser buzo, la capacidad de hacer cosas bajo el agua y volver a la superficie, con amplia sonrisa de propaganda de Kolynos, y hacer otras. Claro, debajo del agua no es igual a debajo de la tierra; es decir que el enterramiento de lo indeseado no fue posible y, por más turbia que haya estado aquella, se terminó viendo lo que este muchacho no quería. Se le podría comparar con un cocodrilo y, para eso, retorno a mi recurrido Negro Fontanarrosa, recordando algún lloriqueo de Sendic que nunca llegó al arrepentimiento: “No es que las lágrimas del cocodrilo sean falsas; son demasiadas horas bajo el agua”.

Pero no es esta la totalidad de la hipótesis. Tampoco advirtió el Gaucho Payador que su pollo tiene una pobreza de vocabulario equivalente a un ñery del Marconi, dicho con todo respeto por el barrio. ¡Con lo necesarias que son las palabras usadas como telón, cortinado o mantón de Manila para disimular macanas! Como dijo Huxley: “Cuando se tiene semejante limitación no es extraño que el hombre no sienta los hechos en su real dimensión”.

Finalmente, hay una cuestión adicional que los filósofos han denominado “el celibato del intelecto”. En ese encuadre, cuando una mente es célibe no sale de su esfera e interés domésticos y el individuo en cuestión –acentuando el riesgo de meter la pata, bah, de hacer cagadas por doquier- no une sus ideas con otros intelectos, salvo aquellos que son virtualmente acólitos o alcahuetes (en lenguaje criollo). Por lo tanto, se aísla, achica el margen de defensa y, cuando ya no le queda ni poner el ómnibus delante del arco, aumenta los riesgos de que sus diarreas de conducta salten por el aire como globos de cumpleaños de pibe de cinco años.

Si esta hipótesis mía fuese plausible, explica a Sendic. No lo hace, en cambio, con todo el quilombo que un solo tipo armó dentro de una coalición política. O sea, algo anda mal también ahí.

Ah, pero para esto tengo otra hipótesis: la más grande lección de la política es que nadie aprende jamás las lecciones de la política (como se notará, he parafraseado de modo un tanto grosero a Hegel, que dijo: “La más grande lección de la historia en que nadie aprende jamás las lecciones de la historia”; espero no tener líos en AGADU).

La coalición política de marras –con toda la parafernalia adentro: la candombera, el mofletudo, la mujer con más cantidad de rulos y de dientes del mundo, el barbudo que se babea cuando habla, los zamarreados veteranos del Tribunal de Ética Política y tantos más- tiene semejanzas con lo que pasa en el Líbano, por su compleja y multitudinaria conducción política de credos religiosos, cuando hay que resolver un asunto a todas luces sencillo; por ejemplo, intentar la reforestación eliminando a las cabras que se han comido todos los árboles. Trasladado al aquí y ahora sería como que un ministro (con su camiseta puesta) entrara al escritorio del Pastor Masón y dijera: -Señor presidente, debe usted saber que nos va muy bien con las cabras de la montaña, donde están los pastores astoristas, socialistas y seregnistas, pero lamentablemente las cabras del sur, en manos de los bolches y los mujiquistas todavía hacen grades estragos.

Qué sé yo. Tengo la sensación de que este desarreglo –parecido a querer bailar el tango con cortes en ojotas- va para largo.

Antonio Pippo

Tiene 58 años de trabajo en el periodismo. Ha trabajado en todos los canales de TV del país, abiertos y por cable, menos VTV; ha trabajado en casi todos los diarios, semanarios y revistas (los que se han editado y los que aún se editan en el país); ha trabajado como columnista en varias radios. Ha sido docente de comunicación en la Universidad  ORT. Ha publicado seis libros. Ha dictado charlas y conferencias en la capital y diversas ciudades del interior sobre temas de periodismo. Fue productor general y co protagonista de un espectáculo de tango que se presentó en el país durante diez años, cerrando ese extenso ciclo el año pasado.