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Y sin embargo te quiero

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Estuario Editora lanzó a fines de 2017 la colección Discos, que cruza un autor con un disco de rock o pop rioplatense para desembocar en un libro. La serie se inauguró con un “número cero” a cargo de Gustavo Verdesio. El siguiente fue “Tango que me hiciste mal / Los Estómagos”, de Gabriel Peveroni. Un trabajo con varias aristas que fue escrito en tono confesional y concebido desde lo vivencial, desde las entrañas mismas del movimiento del rock uruguayo de los 80.

El libro de Gustavo Verdesio abrió el fuego y pretendió “instalar el escenario” donde se desarrollaría, año más, año menos, la colección que inauguraba. Se refirió entonces a “un par de momentos” del rock – sus comienzos en los 60 a ambos lados del Río de la Plata y el “resurgir” de mediados de los 80 – y se detuvo a arrojar luz sobre el llamado “rock chabón”. El libro de Gabriel Peveroni afina el lente y posa su mirada en el – hoy emblemático y de culto – “Tango que me hiciste mal”, de Los Estómagos, editado en 1985.
Gabriel Peveroni es escritor y periodista cultural y fue un participante activo de la movida musical de los 80. Publicó sus primeros artículos y textos en el fanzine “Cable a tierra” (entre 1987 y 1988) y ya en los años 90 publicó poesía. Por esos tiempos debutó como novelista con La cura (Alfaguara, 1997). En el icónico reducto Juntacadáveres dirigió la obra teatral “Cervezas y navajas”, una experiencia que lo animó a incursionar en la dramaturgia. Estrenó varias obras – Groenlandia, Berlín y Shanghai – y ha publicado críticas musicales en Posdata, Rolling Stone y Zona de Obras. Hizo radio y televisión, es coautor del libro “Rock que me hiciste mal” y en 2016 publicó la novela “Los ojos de una ciudad china” (Editorial HUM).
El libro de Peveroni se abre con un encuentro con el mítico cantante español Loquillo. Desde allí, inevitable pero necesaria, queda instalada como una bandera que recorrerá todo el libro la palabra “punk”. Una etiqueta que acude a socorrer al lector y lo ubica en el escenario que antes, en el libro anterior, había descrito Verdesio.
Casi enseguida comienza a sucederse una serie de recuerdos personales que se intercalan con testimonios de los músicos que fueron parte de la banda y de aquel disco. Peveroni se sube a su auto y recorre varios kilómetros entre Montevideo, Pando y Empale Olmos para ir tras sus recuerdos. “Los círculos se abren y cierran. Puedo mirar con perspectiva aquellos tiempos modernos y admirar la inocencia de una generación que se educó en los liceos de la dictadura y emergió del silencio con la necesidad de gritar y la angustia de saber que la batalla estaba perdida de antemano. (…) Una generación parricida porque no le quedaba otra”, dice el autor.
Lo que sigue es un viaje – literal y metafórico – de paralelismos, una especie de camino de migas que te lleva de la nariz al Uruguay de mediados de los 80. Ahí se cruzan y conviven pacíficamente Eduardo Darnauchans, Juntacadáveres y The Cure con Joy Division, Village People, el documental “Mamá era punk” o el Palacio Salvo. Biblias y calefones, barrio y música. Esto convierte al libro en una Wikipedia de bolsillo sobre qué sucedía por acá y por otras comarcas en materia de cultura y, específicamente, música.
En el medio de aquel enjambre el autor tiene tiempo incluso para abrir una caja personal e íntima: sus vínculos familiares – en especial con su padre – lo que ayuda a entender y hasta acompañar su sentir de aquellos tiempos lejanos. Peveroni es un joven que cuenta, que comparte y que siente a través de una prosa “donde el tono predominante, casi confesional, hace que este libro ostente una calidez infrecuente para este tipo de obra”. Peveroni es la “contraescena” necesaria para ayudar a entender el fenómeno en general y la banda y el disco en particular. Recuerda, sí, pero tiene un mérito accidental pero bienvenido: fue parte de la masa que anduvo tras los músicos de aquellos tiempos. Una masa que alguna vez Parodi distinguió con la frase “el verdadero protagonista de todo aquello fue el público”.
Y eso transforma al libro en un testimonio vivencial. Se habla de música, sí, pero se reconstruye un tiempo que ayuda a entender esa música. Delimita el terreno en el que se moverá y establece, además de que hará “un viaje por canción”, los cinco caminos alternativos que transitará en el libro: Tango que me hiciste mal “como antecedente y piedra angular del postpunk”; “como disco maldito que entierra una obra secreta y olvidada”; “como síntesis de un conflicto constante” que tuvo su “expresión más visceral” una tarde de 1983 cuando Los Estómagos discutieron y durante 20 minutos dieron por terminada la banda; “como ejemplo de la importancia central de un dealer musical, Gonchi López”; “a través de una conversación con Parodi en el puente del ferrocarril sobre el arroyo Pando y otra con el Hueso Hernández, en la estación de trenes de Empalme Olmos”.
En la disección del disco cuenta cómo se originó la banda, incluyendo los intentos previos, y detalla sus procesos creativos internos (“Parodi se convirtió en una máquina autista de componer canciones de dos minutos”, apunta Peveroni). En esta parada del viaje establece la ansiedad del Hueso por descubrir cosas nuevas. “Ese punto es clave en la historia de Los Estómagos. Es al mismo tiempo fundacional y punto de quiebre. Es el centro gravitatorio de las futuras desavenencias entre Parodi y el Hueso, y a la vez el pulso creativo que provocó la fermental obra de Los Estómagos”. En ese sentido, Peveroni señala más adelante un proyecto de hacer un disco punk que quedó por el camino. “Simplemente se archivó ese proyecto. El tiempo que siguió transcurriendo más el desvío post-punk que iba tomando el Hueso lo terminaron enterrando. Hoy es casi un mito, hasta que alguien se decida a publicar esos primeros borradores que han sobrevivido”.
Hay fotos, afiches, dibujos y recortes de prensa. También, como prometió al comenzar el libro, analiza cada una de las canciones del disco. En el lado A están “Gritar”, “Ídolos”, “Amo de la noche”, “Areanistan”, “Torturador” y “Vals de mi locura”. En el B “Fuera de control”, “Los seres vivientes”, “Ningún lugar”, “Invierno” y “En silencio”. Al referirse a la primera canción, dice Peveroni: “Gritar’ es para gritar solo. Y es lo que hago, encerrado en este auto en el que viajo rumbo al este, y decido en ese mismo momento que este libro, o lo que sea que vaya saliendo con palabrY sin embargo te quiero
Estuario Editora lanzó a fines de 2017 la colección Discos, que cruza un autor con un disco de rock o pop rioplatense para desembocar en un libro. La serie se inauguró con un “número cero” a cargo de Gustavo Verdesio. El siguiente fue “Tango que me hiciste mal / Los Estómagos”, de Gabriel Peveroni. Un trabajo con varias aristas que fue escrito en tono confesional y concebido desde lo vivencial, desde las entrañas mismas del movimiento del rock uruguayo de los 80.

El libro de Gustavo Verdesio abrió el fuego y pretendió “instalar el escenario” donde se desarrollaría, año más, año menos, la colección que inauguraba. Se refirió entonces a “un par de momentos” del rock – sus comienzos en los 60 a ambos lados del Río de la Plata y el “resurgir” de mediados de los 80 – y se detuvo a arrojar luz sobre el llamado “rock chabón”. El libro de Gabriel Peveroni afina el lente y posa su mirada en el – hoy emblemático y de culto – “Tango que me hiciste mal”, de Los Estómagos, editado en 1985.
Gabriel Peveroni es escritor y periodista cultural y fue un participante activo de la movida musical de los 80. Publicó sus primeros artículos y textos en el fanzine “Cable a tierra” (entre 1987 y 1988) y ya en los años 90 publicó poesía. Por esos tiempos debutó como novelista con La cura (Alfaguara, 1997). En el icónico reducto Juntacadáveres dirigió la obra teatral “Cervezas y navajas”, una experiencia que lo animó a incursionar en la dramaturgia. Estrenó varias obras – Groenlandia, Berlín y Shanghai – y ha publicado críticas musicales en Posdata, Rolling Stone y Zona de Obras. Hizo radio y televisión, es coautor del libro “Rock que me hiciste mal” y en 2016 publicó la novela “Los ojos de una ciudad china” (Editorial HUM).
El libro de Peveroni se abre con un encuentro con el mítico cantante español Loquillo. Desde allí, inevitable pero necesaria, queda instalada como una bandera que recorrerá todo el libro la palabra “punk”. Una etiqueta que acude a socorrer al lector y lo ubica en el escenario que antes, en el libro anterior, había descrito Verdesio.
Casi enseguida comienza a sucederse una serie de recuerdos personales que se intercalan con testimonios de los músicos que fueron parte de la banda y de aquel disco. Peveroni se sube a su auto y recorre varios kilómetros entre Montevideo, Pando y Empale Olmos para ir tras sus recuerdos. “Los círculos se abren y cierran. Puedo mirar con perspectiva aquellos tiempos modernos y admirar la inocencia de una generación que se educó en los liceos de la dictadura y emergió del silencio con la necesidad de gritar y la angustia de saber que la batalla estaba perdida de antemano. (…) Una generación parricida porque no le quedaba otra”, dice el autor.
Lo que sigue es un viaje – literal y metafórico – de paralelismos, una especie de camino de migas que te lleva de la nariz al Uruguay de mediados de los 80. Ahí se cruzan y conviven pacíficamente Eduardo Darnauchans, Juntacadáveres y The Cure con Joy Division, Village People, el documental “Mamá era punk” o el Palacio Salvo. Biblias y calefones, barrio y música. Esto convierte al libro en una Wikipedia de bolsillo sobre qué sucedía por acá y por otras comarcas en materia de cultura y, específicamente, música.
En el medio de aquel enjambre el autor tiene tiempo incluso para abrir una caja personal e íntima: sus vínculos familiares – en especial con su padre – lo que ayuda a entender y hasta acompañar su sentir de aquellos tiempos lejanos. Peveroni es un joven que cuenta, que comparte y que siente a través de una prosa “donde el tono predominante, casi confesional, hace que este libro ostente una calidez infrecuente para este tipo de obra”. Peveroni es la “contraescena” necesaria para ayudar a entender el fenómeno en general y la banda y el disco en particular. Recuerda, sí, pero tiene un mérito accidental pero bienvenido: fue parte de la masa que anduvo tras los músicos de aquellos tiempos. Una masa que alguna vez Parodi distinguió con la frase “el verdadero protagonista de todo aquello fue el público”.
Y eso transforma al libro en un testimonio vivencial. Se habla de música, sí, pero se reconstruye un tiempo que ayuda a entender esa música. Delimita el terreno en el que se moverá y establece, además de que hará “un viaje por canción”, los cinco caminos alternativos que transitará en el libro: Tango que me hiciste mal “como antecedente y piedra angular del postpunk”; “como disco maldito que entierra una obra secreta y olvidada”; “como síntesis de un conflicto constante” que tuvo su “expresión más visceral” una tarde de 1983 cuando Los Estómagos discutieron y durante 20 minutos dieron por terminada la banda; “como ejemplo de la importancia central de un dealer musical, Gonchi López”; “a través de una conversación con Parodi en el puente del ferrocarril sobre el arroyo Pando y otra con el Hueso Hernández, en la estación de trenes de Empalme Olmos”.
En la disección del disco cuenta cómo se originó la banda, incluyendo los intentos previos, y detalla sus procesos creativos internos (“Parodi se convirtió en una máquina autista de componer canciones de dos minutos”, apunta Peveroni). En esta parada del viaje establece la ansiedad del Hueso por descubrir cosas nuevas. “Ese punto es clave en la historia de Los Estómagos. Es al mismo tiempo fundacional y punto de quiebre. Es el centro gravitatorio de las futuras desavenencias entre Parodi y el Hueso, y a la vez el pulso creativo que provocó la fermental obra de Los Estómagos”. En ese sentido, Peveroni señala más adelante un proyecto de hacer un disco punk que quedó por el camino. “Simplemente se archivó ese proyecto. El tiempo que siguió transcurriendo más el desvío post-punk que iba tomando el Hueso lo terminaron enterrando. Hoy es casi un mito, hasta que alguien se decida a publicar esos primeros borradores que han sobrevivido”.
Hay fotos, afiches, dibujos y recortes de prensa. También, como prometió al comenzar el libro, analiza cada una de las canciones del disco. En el lado A están “Gritar”, “Ídolos”, “Amo de la noche”, “Areanistan”, “Torturador” y “Vals de mi locura”. En el B “Fuera de control”, “Los seres vivientes”, “Ningún lugar”, “Invierno” y “En silencio”. Al referirse a la primera canción, dice Peveroni: “Gritar’ es para gritar solo. Y es lo que hago, encerrado en este auto en el que viajo rumbo al este, y decido en ese mismo momento que este libro, o lo que sea que vaya saliendo con palabras que jamás podrán revelar el misterio de un disco y ni siquiera de una canción, estará dedicado a mi padre, por la sencilla razón de que tuvo muchísimo coraje para soportar momentos muy difíciles, más o menos al mismo tiempo que transcurrieron las historias que quiero contar”.
Sin embargo, él se acerca bastante a develar los misterios de “Tango que me hiciste mal”. Por lo pronto, al cerrar el libro – en realidad pasa varias veces durante su lectura – dan ganas de calzarse los auriculares y volver a escuchar el disco. Por lo que bien puede decirse que ha cumplido con creces el traer al presente aquella música única de un momento único. O como bien dice Parodi en la última frase del libro: “Como presentación de una banda, el Tango que me hiciste mal fue algo tremendo, y bueno, más tremendo fue cómo se grabó. Y sí, sin duda alguna es un disco de referencia, un disco de culto”.

as que jamás podrán revelar el misterio de un disco y ni siquiera de una canción, estará dedicado a mi padre, por la sencilla razón de que tuvo muchísimo coraje para soportar momentos muy difíciles, más o menos al mismo tiempo que transcurrieron las historias que quiero contar”.
Sin embargo, él se acerca bastante a develar los misterios de “Tango que me hiciste mal”. Por lo pronto, al cerrar el libro – en realidad pasa varias veces durante su lectura – dan ganas de calzarse los auriculares y volver a escuchar el disco. Por lo que bien puede decirse que ha cumplido con creces el traer al presente aquella música única de un momento único. O como bien dice Parodi en la última frase del libro: “Como presentación de una banda, el Tango que me hiciste mal fue algo tremendo, y bueno, más tremendo fue cómo se grabó. Y sí, sin duda alguna es un disco de referencia, un disco de culto”.