El canto de Zitarrosa por Jorge Alastra

Cuando Alfredo Zitarrosa grabó su primer trabajo discográfico contaba con 29 años. Previo al histórico registro ya era un profesional de la locución radial y estaba abocado a la literatura. Lo del canto surgió en el Perú, en una vuelta paradójica del destino, ya que lo había imaginado como un viaje iniciático con el propósito de conocer en persona la revolución cubana. Aunque por motivos menos épicos no pudo pisar la isla. No le alcanzó el dinero y tuvo que quedarse en Perú; ese país tan importante en su decisión de volcarse de lleno a la música. Fue un amigo peruano, César Durand, el que insistió para que Alfredo se presentara en un canal televisivo limeño en 1963. Al año siguiente viajó a Bolivia para un encuentro de escritores y debió regresar a Lima (su idea era bien otra: volver a Montevideo, pero, otra vez, no le alcanzó el dinero y en la capital peruana sus amigos recolectaron, generosamente, para el pasaje de retorno). De esta manera azarosa es que se encaminó hacia un viaje insospechado, sin retorno. Lo que empezó como un deseo juvenil de ser testigo de una revolución popular en ciernes, terminó siendo otra, introspectiva e individual. En aquellos momentos y en Bolivia conoce el taquirari “El Camba”. El taquirari es una danza de la zona de Santa Cruz y la canción estaba muy difundida para cuando Zitarrosa visitó esa ciudad. Alfredo la trajo al sur de contrabando, solo que con un autor diferente. En sus dos versiones aparece la autoría de un tal Gilberto Rojas, cuando en realidad es del compositor cruceño Godofredo Núñez. Al estar ya instalado en Montevideo, y con el viento en la camiseta todavía fresco, es que intenta una grabación profesional llevada adelante en los estudios de Radio Ariel de Montevideo. A instancias del dueño del sello discográfico Tonal, Luis Rodríguez Roque (que había escuchado unos demos de prueba hechos en Radio Centenario) que lo convoca para hacer un EP (Extended Play) con cuatro canciones: “Milonga para una niña”, “El Camba”, “Mire amigo” y “Recordándote”. Como es notorio, tres de estas canciones son de su autoría, lo que habla a las claras de una definición, ya en esa etapa, como autor y compositor. Los guitarristas de apoyo que –según testimonio del maestro Hilario Pérez– habrían participado, fueron Juan Bogao y “Lito” Chavarría

En la versión (in)augural (no la oficial) ya se nota una fuerte personalidad, en el dominio del fraseo y de lo expresivo. Ni hablar de lo literario. El texto de la milonga, en décimas, lo deja en claro: “El que ha vivido penando, / por causa de un mal amor, / no encuentra nada mejor, / que cantar y d’ir pensando. / Y si anduvo calculando, / qué culpa pudo tener, / cuando ve que una mujer, / no conoce obligaciones, se consuela con canciones, / y se olvida de querer”. Siendo sinceros, el acompañamiento de guitarras en esta versión es bastante precario, si lo comparamos con el que escucharemos al año siguiente. Y la influencia – 

consciente o no – de Ignacio Corsini aletea en esta versión. De cualquier manera, ya está definido el rumbo y la impronta estética, y el interés por un sonido personal, más allá de influencias notorias (como las guitarras cuyanas, tan presentes). Igualmente, para ser justos, el arreglo de guitarras de “El Camba”, el segundo surco del EP es soberbio y tiene una llevada y una alegría como no tiene la posterior de 1966. El texto de “El Camba” está repleto de regionalismos. Veamos el texto: “Vengo del rancho del motacú, / donde canta el sayubú, /en jasayeses traigo urucú/ pa’ vender en Santa Cruz”. 

(“Motacú”, es una palmera de la zona oriental de Bolivia. “Sayubú”, es un pájaro de Santa Cruz. “Sajasé”, es una especie de bolso hecho de hojas de palmera. “Urucú”, un aderezo.) 

“En mi churuno traigo somó/ para invitar al patrón, / y en este tari traigo el alcohol/ pa’ ablandarle el corazón”. 

(“Churuno”, recipiente hecho con calabaza. “Somó”, bebida refrescante a base de maíz. “Tari”, otro tipo de recipiente con un orificio para servir líquidos).  

El estribo es bastante polémico y lo menos revolucionario que pueda pedirse: “Y de borracho yo le diré: “Arrégleme la cuentita patrón/ no quiero más trabajar por aquí/ quiero irme para el pobla’o”// Y el patrón que enoja’o dirá/ “Agárrenme ese camba por favor, / tírenle dos ‘arrobitas’ nomás, / y que se mande mudar”. Las “arrobitas” son los azotes para el rebelde trabajador. Es curioso como Zitarrosa pudo cantar esto que olía a servidumbre por todas partes.  

“Mire amigo” es la visión zitarrosiana del chamamé. El arreglo de guitarras vuelve a ser resaltable, otorgándole el color necesario para un texto cargado de guiños e ironía: “Mire, amigo, no venga con que los gringos son gente dada/ Yo lo vi a míster Coso tomando whisky con los del clú/ Pero nunca lo vide tomando mate con la pionada/ No dirá que chupaban y que brindaban a mi salú”. Poco que ver con el discurso de “El Camba”. Cierra con una de las zambas históricas: “Recordándote”. Una aproximación a la danza norteña argentina – que inundaba las emisoras y los tocadiscos compatriotas entrados los sesenta – y donde se percibe una gran influencia en lo musical y letrístico del cordobés “Chango” Rodríguez (José Ignacio Rodríguez). En lo melódico y el espíritu sobe todo, y en la construcción de los versos: “silencio en el silencio, y siento/ que es el vino que me engaña, otra vez”, o en “la noche es tan amarga y lenta/ la zamba te recuerda tanto”. En síntesis, “El canto de Zitarrosa” (Tonal, 1965) fue una excelente carta de presentación; un presagio de lo que llegaría un año después. 

Ilustración: Oscar Larroca 

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