La milonga es uno de los géneros más importantes de nuestra cultura. Atravesó la maleza del tiempo, transfigurándose, adaptándose y perviviendo como el musgo que resiste en las rocas milenarias. Nombrarla es sentirse en el hogar. Su asombrosa diversidad demuestra que es uno de los géneros populares más ricos y potentes de la música popular. En la nuestra –tan joven– la milonga tiene distintas formas de interpretarse. No es la misma especie con la que se acompañan los payadores que la usada por un Osiris Rodríguez Castillos o un Alán Gómez. Es que el género se fue adaptando como una malla misteriosa a cada región y a cada artista sin perder su esencia.
La idea de estos apuntes es hablar de dos obras que tienen el formato de milonga, pero cuyos intérpretes-versionadores no forman parte del área folclórica precisamente. Son músicos que provienen de otras tiendas estéticas, aunque tengan una conexión profunda con lo folclórico. Lo interesante de estas versiones es su carácter de cruzamiento, escapando a la rutina y manteniendo el sustrato de la forma.
Víctor Lima (1921-1969) fue un poeta-compositor salteño que fue uno de los autores más importantes para la concreción de un cancionero uruguayo cuando este no existía, o estaba en construcción. La mayor parte de su obra fue dada a conocer, sobre todo, por Los Olimareños. Escribió una milonga que se hizo popular justamente por el dúo y que Jorge Lazaroff (1950-1989) grabó en su álbum “Albañil” de 1979. La canción es “Milonga del caminante” y la versión se aparta no sólo en la base armónica de la original, sino que crea una nueva dimensión desde lo expresivo. La forma de cantar no es la de un folclorista que entonaría esto en el medio rural. Sin embargo, es tan sugerente que hasta un defensor a ultranza de lo nativista se resistiría a refutar. El inicio son notas que se repiten como gotas de agua cayendo suavemente, y que crean la sensación de espacio y hasta de cierta angustia. Luego el arpegio va acomodando el rumbo, como si el protagonista se hubiera decidido a arrancar el paso. Lo curioso es la escasa materia armónica utilizada (solo dos acordes, salvo un breve pasaje) que sin embargo nos dan la sensación de que son más por la tensión que mantienen. Lazaroff dice estos versos desde la introspección, como entendiendo que está contando algo ya reconocido por el público y que no es necesario enfatizarlos. Sobre el final hay un corte abrupto: “(…) que no pregunta hasta cuándo”. El “cuándo” se queda en una nota larga, interminable. Y en el final el arpegio agrega un armónico “falso”, como si ese aparente defecto fuera un poco el trajinar incierto del caminante.
En 2001 Eduardo Darnauchans (1953-2007) registró en disco un recital en vivo en el Teatro del Centro que se llamó “Darno x3” y de donde surgió “Entre el micrófono y la penumbra”. Allí versionó la legendaria milonga de Rodríguez Castillos, “De Corrales a Tranqueras”. El inicio es enigmático ya que agregó unos versos de Washington Benavídes (parafraseando la canción “El viaje” que aparece en “Las Quemas” de 1974) que mucho encajan con el contexto: “Viaje duro este que vamos/ con tantos idos y vueltas/ haciéndonos al oficio de la ausencia”. El norte estético es el “dark rock” donde sabiamente la milonga va montada sin caer nunca en el registro campero burdo y sin abandonar su espíritu. Darnauchans se movía muy bien en ese territorio porque lo conoció muy bien; y es por esto por lo que canta así las estrofas de un autor que corría en otra dimensión creativa. Las guitarras van abriendo el camino; y la eléctrica con el pedal “trémolo” se acopla misteriosamente, arrojando un aire melancólico. El cantor canta casi en un susurro (quizá en la misma sintonía de Lazaroff, sabedor de que estaba interpretando una obra consabida). Y es magistral como lleva el relato; cuenta y nos sumerge en aquel viaje. Sobre el final –a manera de coda– agrega unos versos y la sumerge en su propia biografía: “De Corrales a Curtina/ cuántos años quedarán/ acaso toda una vida/ yo no los quiero contar”.
Dos ejemplos (hermosos) del acercamiento serio de artistas que sin pertenecer al ámbito folclórico (esa estéril etiqueta que sabemos que significa alguien que incursiona en un género determinado y lo hace sin “salirse de la huella”), igualmente lo mamaron y lo incorporaron. Es una buena lección cuando notamos que se están volviendo anacrónicas muchas propuestas del lado del folclore, como ancladas en los años 50 y 60; como si nada hubiera pasado con esta música en tantas décadas. Como si no hubiera existido en nuestro medio artístico un Daniel Viglietti, por ejemplo. Pero esto daría para una discusión más amplia.
Ilustración: “Vidalita” (óleo sobre cartón) de Pedro Figari
(Agradecimiento por el asesoramiento a Oscar Larroca)


