La mirada había pasado infinidad de veces ante al edificio. Sin embargo, nunca había caído en la cuenta de aquel detalle en su fachada. Hasta que, un buen día, lo descubrió. Al principio, le pareció un elemento arquitectural más. Empero, al contemplarlo con mayor detenimiento, comprendió que podía ser visto como un singular “jardín de senderos bien delineados”: un espacio cerrado, donde una naturaleza metálica había sido sometida a un orden construido en base a líneas rectas y ángulos en cuyas intersecciones, sin marchitarse jamás, prosperaban unas flores broncíneas. Entonces, alborozada por su hallazgo, se transformó en una mariposa que, volando de brote en brote, recorrió, durante un buen rato y al azar, el geométrico concierto del hortus conclusus. Hasta que un repentino temor a quedar “prisionera, perdida, siempre esclava” de aquellas “arcanas perfecciones” rompió el hechizo y la devolvió a la realidad.
(Ubicación: Zabala 1520)




