Fui creciendo, fui dejando la niñez para llegar más tarde a la adolescencia y de ella a la juventud, a la mayoría de edad hasta alcanzar este tiempo en que pasé (hace rato) a la categoría de adulto mayor, o sea, dejando los eufemismos de lado, pasé a la etapa de la vejez, muy orgullosa y feliz por estar viva y por caminar por este pícaro y hermoso mundo con una cabeza de treinta. Varios de los tiempos los atravesé entre secretos, tales como como el ocultar al que padecía enfermedades como la tuberculosis o la esquizofrenia o cáncer lo que se cambiaba (hasta hoy) por “una larga enfermedad” Hablar o escribir de suicidio no estaba permitido y si se hacía era en voz baja, muy cerca del oído del otro. Hasta que un día, apareció un iluminado, alguien o algunos, no importa quien o quienes y pudimos hablar en voz alta de suicidio, esa palabra tan temida, un acto de la persona amada que deja, (al decir de Lorena Quintana, responsable del área de adolescencia y juventud, del MSP) “cientos de sobrevivientes” entre familia, amigos, conocidos, vecinos, todos quienes quedan preguntándose “¿cómo no me di cuenta?”, “debí escucharlo, prestarle atención”, “¿por qué no le insistí para que hablara”?, todas esas preguntas y más que no sabemos responder y nos quedamos con esa suerte de cargo de conciencia hasta que el paso del tiempo hace lo suyo y la vida sigue y nos espera en cada amanecer, en la sonrisa de un hijo, en el abrazo del amigo, en el mimo de un nieto. El 17 de julio fue el Día Nacional de Prevención del Suicidio vigente desde 2011 y aparecieron, otra vez, cifras alarmantes: en 2020 setecientos dieciocho (718) personas, se quitaron la vida y se registró un aumento del 45% entre adolescentes entre quince y diecinueve años (¡entre 15 y 19 años!) y los números siguen y nos dicen que “cada tres días una persona en esas edades se quitó la vida”. Fueron 42 jóvenes de esa franja etaria que se auto eliminaron. Duele pensarlo, duele saberlo, duele escribirlo más aún cuando te preguntás una y otra vez qué puedo hacer, cómo me doy cuenta, cómo tengo que observar, cómo debo interpretar eso que parece tan natural pero que encierra un mensaje, un llamado de atención desesperado que no logro captar. Y fue ese día en que un hombre de 38 años, un futbolista llamado Williams Martínez se quitó la vida siguiendo los trágicos pasos de otro hijo del fútbol: el “Morro” García. De acuerdo al informe del departamento de Salud Mental del MSP el 80,9% de los suicidios de 2020 se dieron en hombres y la mayor proporción entre personas (varones) de 80 a 84 años. Estas son las únicas cifras que tenemos con respecto al suicidio entre integrantes del grupo etario que es mayoría en el país: el adulto mayor la otra punta del número de suicidas en Uruguay: jóvenes y viejos. Uruguay, entonces, es uno de los tres países con las tasas más altas de suicidios de América Latina detrás de Guyana y Surinam, de acuerdo al informe de la OMS en 2019. Lo que podamos hacer, hagámoslo. Uno, solo uno que logremos rescatar de la muerte será lo más valioso que podamos conquistar. Es todo. Hasta la próxima. Que seas feliz. ¡Y no dejes entrar al viejo!
