Ferrocarriles por Jorge Alastra

Luego del excelente “Segundos Afuera” de 1984, Jorge Galemire vuelve a trabajar en proyectos como instrumentista sesionista de varios artistas nacionales. Paralelamente a esta tarea logra conectarse con Daniel Diano, un baterista uruguayo que estaba radicado en los EEUU y con el que empieza a maquetar un futuro disco de carácter más roquero que el anterior. Pero estos demos no llegaron a interesarle a ningún sello discográfico. Igualmente, JG vio en este material algo que podía rescatarse para proyectar algo más ambicioso, puliendo la zona arreglística y tímbrica, y entonces convoca a músicos que dominaban el territorio del pop-rock, como los hermanos Romano y el guitarrista Carlos Cotelo. Con esta premisa surge el álbum “Ferrocarriles” (1987) el tercero como solista.

Habría que entender el contexto musical de entonces para medir este trabajo que fue excepcional para el medio. El pop en Uruguay jamás tuvo un público masivo. Pero sí el de afuera; y, sobre todo, el de la vecina orilla. Los solistas y bandas argentas llegaban (llegan) por el éter o físicamente al país, y se llevaban la bolsa repleta. Pero si a un artista local se le ocurría probar ese camino estaba condenado al no-éxito. Galemire lo transitó, sin fortuna, sin apoyo del público; y esto tiene varias explicaciones que serían para analizar en otro espacio.

EL ÁLBUM

“Puedes oírme” –con texto de Luis Campos– surge luminoso y contundente (aún hoy pese a la maquinaria del mercado y pese al cambio radical en cuanto a sonido). Tiene “llevada” y pega fuerte porque el sencillo riff de metales está colocado inteligentemente. Una balada pop-rock muy GIT, pero con una impronta distinta. Por ejemplo, la voz de Galemire suena creíble (la del argentino Alfredo Toth siempre me pareció amanerada y como fuera de género) y con una mirada menos comercial, aunque su estética quisiera demostrar otra cosa. “Puedes oírme llamando en la penumbra/ Puedes oírme llegando a la pared de tu amor/ Puedes oírme rezando en la penumbra/ Puedes oírme al pie de la pared de tu amor” dice la primera estrofa, y en este fragmento está implícita toda la lírica de la canción. En “Musa Medusa” (Jaime Roos/ J. Galemire) nos encontramos con el gran talento melódico de JG. Una bella línea que acrecienta el valor de un texto sugerente, que originariamente era más extenso y que Galemire adaptó. En un momento irrumpe una estación reggae vía Sting solista (porque estábamos en la época de penetración planetaria más intensa del británico y, además –por si fuera poco–, los vestigios de The Police aparecían en casi todas las producciones locales de música pop-rock en Latinoamérica). “Perfume” es una balada traspasada por la melancolía. Aquí el compositor es también el escritor: “Respiré tan hondo como pude/ Deseando que me llegara tu perfume/Recordando como enredabas/ Tus cabellos mientras pensabas”. Las influencias van y vienen; muchas de las veces de forma inconsciente, y más si hablamos de un lenguaje que viaja por el aire como la música. Entonces escuchamos mucho de Jaime Roos en la construcción armónica-melódica de “Perfume”. Hacia el final aparece un solo inesperado y fugaz de Hugo Fattoruso, que consideramos no guarda relación con el arreglo global. En “Lana Turner” –entre lo mejor del disco– estamos en el territorio antes mencionado del “estinguinismo”. Es como la asimilación (a la uruguaya) del funk de “The Dream of the Blue Turtles”. Una gran canción, con un arreglo redondo y un exquisito texto (otra vez Luis Campos): “Lana Turner salió muy contenta/ se metió en la calle sin cerrar la puerta/ la siguió un bandido de mirada negra/ volvió de su brazo y cerró la puerta”. Lo cinematográfico del texto también esconde un gesto de ironía. Y la música es adecuada para darle el marco anacrónico, sepia, de las producciones jolivudenses de los años 40 y 50. Aquí es bueno resaltar el trabajo de la base (Miguel Romano y Popo Romano, en batería y bajo) que suenan impecables en todo el álbum, colocando el cimiento sólido fundamental. Hay espacio en la canción para tres apariciones solistas: Freddy Pérez (con un solo lleno de swing de guitarra española), Ricardo Nolé en piano y Jorge Castillo en saxo tenor. “En el garaje” es una co-autoría con un viejo compinche. Eduardo Rivero escribió el texto que Galemire musicalizó, y es una de las canciones que más tocaba en vivo. El arreglo es indiscutiblemente policiano y es de las mejores performances a trío del álbum y donde luce su refinamiento guitarrístico. El texto es críptico porque no conocemos la edad del yo discursivo; si es el caso de una joven oveja descarriada que vuelve al hogar (oh, “La casita de mis viejos”) o el de un veterano que regresa a su primer amor (el rock) después de pasar de todo. “Estoy de vuelta/ en el garaje/ es el regreso/ de un largo viaje/ De nuevo en casa/ y la guitarra/ acordes secos/ y tantas ganas”. El estribo es arrollador: “A todo volumen por que sí/ una banda nacerá aquí/ salta y cruje el amplificador/ todo el barrio ya se enteró”. Cierra el viaje con la canción homónima. “Ferrocarriles” termina como empezó: con potentes y sencillos riffs de saxos, remitiendo sin pudores a “Ghost in the Machine”. Una gran interpretación de todo el staff (los hermanos Romano, Cotelo y Castillo). Y un punto para resaltar: tomando en cuenta la tecnología existente en cuanto a equipación de estudios de grabación en el Uruguay de entonces, es milagroso cómo se pudo lograr este sonido. En nuestro país existía un retraso técnico y logístico, comparado con el primer mundo, de unos 30 años (no exageramos un ápice). Ni siquiera llegábamos a competir con la vecina Buenos Aires. Entonces hay que aplaudir la labor de los talentosos ingenieros que fueron Darío Ribeiro y Hugo Jasa. Los técnicos y el gran trabajo artístico del maestro Jorge Galemire y de los demás músicos.

Ilustración: Oscar Larroca

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