En todos los tiempos los varones de la familia fueron (¿continúan siéndolo?) formados, criados, educados en la cultura arcaica, pero dolorosamente efectiva, de que “los hombres no lloran”. Digo dolorosamente efectiva, porque no llorar tal vez fue unos de los motivos para que muchas historias de amor naufragaran en el mar tumultuoso que genera un descartado pedido de disculpas en el momento indicado, una lágrima apenas contenida, porque llorar, el hombre debe dejar de interpretarlo como una muestra de debilidad. Llorar y disculparse no le quita hombría, sino que lo hace mejor varón y con seguridad lo aleja de la violencia, esa violencia por la que termina asesinando mujeres, a sus compañeras, a las madres de sus hijos. Lionel Messi, el 10 de la selección de fútbol argentina, el niño que llegó al Barcelona con apenas 13 años y midiendo 1.40, y en ese club, defendiendo sus colores creció, se hizo hombre, encontró a la mujer de su vida y juntos están educando a tres hijos catalano-argentinos, le dijo adiós a los 20 años transcurridos en ese club. Messi (La Pulga) atesora seis balones de oro y el día de su despedida los asistentes a la misma vieron todo juntos los 35 trofeos conquistados para el club que lo vio formarse y convertirse en lo que es hoy, el club que se hizo cargo del tratamiento para superar el mal que le fue detectado a los 10 años: un retraso en el desarrollo óseo causado por un bajo nivel de hormonas del crecimiento. Y el ídolo, el 10 que traspasa murallas humanas para llegar a la meta y hacer el gol que, hace que una que no sabe nada de fútbol, tiene la sensación que mientras corre y driblea piensa y piensa y que por eso sus jugadas y/o asistencias tienen el sello de impecables: porque piensa. “La Pulga”, lloró y lloró. Y no fue menos hombre, pero sí fue más humano algo muy importante y cada vez más difícil de lograr, pero el lo hizo: fue humano, fue padre, fue compañero y al igual que nuestro compatriota Diego Godín, también entre lágrimas imposible de contener, fue agradecido, algo en vías de extinción y que tenemos que rescatar por sí o por sí. Así fue, en parte, lo expresado por Messi en su despedida: “Hoy tengo que decirle adiós a todo esto. Estoy acá desde los 13 años y hoy me estoy yendo. Agradezco todas las cosas que pasé acá. Me ayudaron a crecer y ser la persona que hoy soy. Di todo, desde el primer al último momento.” Buena suerte, Lionel Messi. A seguir brillando que yo, en este, mi tiempo de comunicarme, paso a otro tema que despertó mucho interés y mereció distintas opiniones y comentarios: la repetición de un plato de comida en los comedores de primaria de la Escuela Pública, claro. Leí las declaraciones de la directora general de Educación Inicial y Primaria que las sostuvo ante la Comisión de Presupuesto del Parlamento:” No pueden repetir comida en “algunas escuelas” por motivos nutricionales y para evitar obesidad infantil. Si en alguna escuela se recibe algún mensaje de que los niños NO pueden repetir, las bandejas de los tercerizados tienen el peso y los nutrientes necesarios por edades. A veces tampoco es adecuado repetir para saciar la “sensación” que el niño tenga. Esto tiene un equilibrio nutricional dado por el equipo de nutricionistas”. La escuela de nutrición le respondió a la directora con estas palabras: “La obesidad no es solo cuestión de decisiones individuales”. Más tarde o más temprano se pondrán de acuerdo. Y mientras tanto a una, ciudadana de a pie, le resulta difícil de entender eso de no pueden repetir comida en “algunas escuelas” (¿cuáles y por qué son “algunas”?) “bandejas de los tercerizados”, “sensación” que el niño tenga. Sensación ¿o sencillamente hambre, ganas reales de otro plato o de apenas “un poquito más”? Sabe una cosa directora, lo único que tengo claro es lo que me enseñaron desde muy pequeña y quedó grabado para siempre: un plato de comida no se le niega a nadie. Es todo por hoy. Hasta la próxima, Que seas feliz. ¡Y no dejes entrar al viejo!
