Los pueblos elegidos

A estas alturas, a la luz explosiva de los misiles, drones y bombardeos que intercambian Israel e Irán, cada vez es más claro que la masacre en Gaza, incluido el inverosímil atentado de Hamas que le sirvió de pretexto, no eran la verdadera finalidad del gobierno israelí ni la de quienes –judíos o no- siempre han alentado y financiado al sionismo y al Estado de Israel.

¿Qué está pasando, entonces? ¿Cuál es la verdadera razón de la fiebre bélica que se percibe en esa región y en el mundo en general?

La respuesta está muy lejos de ser clara y simple. Es de gran complejidad, por la multiplicidad y magnitud de los intereses y de los factores políticos y culturales en juego.  Acaso sólo haya la posibilidad de detectar y considerar ciertas circunstancias, y descartar otras, para orientarnos en la interpretación de los hechos.

EL SINDROME DEL CLÁSICO

Nada más humano, ante un conflicto, que elegir bando. Es “el síndrome del clásico”. Si se enfrentan Peñarol y Nacional, o “la izquierda” y “la derecha”, la reacción uruguaya por excelencia es elegir un bando, el  “bueno”, y condenar al “malo”. Esa definición, pasión mediante, multiplicará infinitamente las virtudes del “bueno” y los defectos del “malo”.

Hago un paréntesis. Esa tendencia a tomar partido pasionalmente nos expone a un juego diabólico. Cuando se nos presentan dos opciones, sin importar cuáles sean, la reacción instintiva –no racional- es sentirnos libres e importantes, porque “podemos elegir”. Por eso, es posible ofrecer dos alternativas que sean igualmente perjudiciales. Si la publicidad de esas opciones se maneja con técnica adecuada, cada una de ellas logrará partidarios, que en breve lucharán a brazo partido contra los partidarios de la otra.  

Un ejemplo práctico: la polémica reciente entre privilegiar a los niños o a los ancianos en las políticas de seguridad social. Es una falsa opción. Una niñez desprotegida genera a futuro vejeces miserables. Y una vejez desamparada les transmite a los niños la inutilidad de esforzarse, ya que el sistema los dejará tirados cuando lo necesiten. Sin embargo, ese falso dilema absorbió litros de tinta, saliva y lágrimas. Porque, claro, basta mostrar a niños en situación de abandono para que el corazón se nos encoja. O a viejos hacinados en asilos miserables para que el alma se nos retuerza. El secreto es sencillo: se llama manipulación. Más precisamente, manipulación emocional. No hay allí ninguna opción. Una sociedad sana tiene que atender a los niños, a los ancianos y a los enfermos.  El único debate serio es sobre cómo generar o redirigir los recursos necesarios.

No muy distinto es lo que ocurre con las guerras, sobre todo con las que están en primera plana mediática. Hay cientos de guerras y de conflictos mortales de los que el mundo no se entera, tal que es más importante un balazo en la oreja de Trump que miles de  muertos en cualquier país africano o centroamericano.

La pregunta que me hago es por qué, esta vez, los ataques y asesinatos israelíes en Gaza tuvieron la difusión pública que nunca habían tenido en tantas masacres anteriores. ¿Por qué la inefable  y políticamente correcta Greta Thumberg fue a dar apoyo a los gazatíes, por que tantos actores y directores de cine, y tantos cantantes, todos dependientes de productoras controladas por capitales judíos, declararon su apoyo a Gaza y su condena a Israel?

Les dejo la respuesta a ustedes. Pero no olviden esa palabra: manipulación.

 JUDÍOS Y SIONISTAS

No, no son lo mismo. Ya mucho antes de la fundación de Israel, Hanna Arendt, entonces activa militante sionista, junto a otros dirigentes moderados de la época, denunciaba la perjudicial influencia de los “magnates” judíos sobre el movimiento sionista.

La fundación de Israel como un Estado judío (en lugar de binacional, como pretendían Arendt y otros) fue interpretada por ella como un triunfo de esos “magnates” (cabe recordar el papel de la familia Rothschild y sus socios en ello). Según Arendt, el triunfo de esa línea condenaba a Israel a ser un Estado en guerra con sus vecinos, a crear otra etnia apátrida (los palestinos) y a olvidar a los tantos judíos que, como ella, no estaban dispuestos a instalarse en Israel.

A esas disidencias hay que sumar la oposición frontal de grupos religiosos y de intelectuales judíos, como Albert Einstein y Albert Einstein, que consideraron la creación de Israel un riesgoso abandono de la mejor tradición judía, que era religiosa y cultural, y que no debía someterse a las exigencias autoritarias de un Estado, con límites territoriales, monopolio de la fuerza y ejército.     

 La instalación del Estado de Israel potenció los conflictos en la región, dando razón a los grupos religiosos, a Einstein, a Freud y a Arendt, que temían su conversión en un Estado militar y guerrero.

El sionismo que triunfó –la voluntad política de constituir un Estado nacional judío- tomó fuerza y recibió mucha financiación entre fines del Siglo XIX y principios del XX. ¿Es posible separar ese hecho del interés de los “magnates” financiadores de tener un enclave confiable en una región petrolera de creciente importancia?

Esos debates en el sionismo de la primera mitad del Siglo XX confirman que identificar al sionismo con las ideas –y los intereses- de todos los judíos es un error que compromete la comprensión de la realidad. Como todos los movimientos políticos,  y como todos los Estados, el sionismo e Israel han sido instrumentos, que pueden ser usados para distintos fines y, quizá, incluso sacrificados si es necesario.

DEMASIADOS PUEBLOS ELEGIDOS

La religión y la tradición judía afirman que los judíos son “el pueblo elegido”, mediante un pacto con Dios que les asegurará el predominio sobre los otros pueblos de la Tierra.  Estados Unidos cree en su propia “excepcionalidad”, que los convierte en patria y gendarme de la libertad y de la democracia, modelo para los demás pueblos, eximiéndolos de someterse a las normas que rigen a las demás naciones. No es algo que diga yo. Está muy bien descripto en la teoría política y en la jurisprudencia yanqui.

Podríamos seguir.  Irán fue el corazón del Imperio Persa,  con enorme poder y gran influencia, a través de Grecia, sobre toda la cultura occidental. Europa occidental sobrevive a su ahora desvaída tradición cultural liberal. China fue imperio y es la principal potencia asiática, con enorme influencia política económica y cultural en la región, y siempre se ha considerado a sí misma “el centro del mundo”.  Rusia y su pasado zarista, luego capital soviética de medio mundo. Como dice Jorge Drexler, “No hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido”. Incluso nosotros, los uruguayos, tenemos la modesta soberbia de creer que nuestra “garra charrúa” nos destina a ganar partidos de fútbol imposibles, como el de Maracaná en 1950, y a “ganar de atrás” en condiciones  adversas.

Todas esas tradiciones, religiosas, étnicas, nacionales y culturales (excluyo las futbolísticas), y los odios que despiertan, son condimento necesario de cualquier guerra. Pero no son su causa real. Las guerras cuestan fortunas y no pueden sostenerse sin financiación, lo que equivale a decir que alguien debe enriquecerse para que se justifique que invierta en la guerra.  

En el caso de Ucrania-Rusia ya empezamos a verlo. El hundimiento de Europa, la crisis energética y sus alternativas (incluido el “hidrógeno verde”), el abuso privado de la financiación pública de los EEUU  (ahora cuestionado por Trump), y sobre todo el próximo apoderamiento de los recursos naturales de Ucrania por los fondos de inversión.

En el caso de Israel con Irán, y quizá con medio mundo, la cosa todavía no es tan clara. Lo único evidente es que la invasión y los desmanes en Gaza eran sólo el inicio, la chispa para algo mucho más grande, de lo que todavía no vemos el fondo. Falta ver cuántos países se involucrarán y hasta qué grado.

Sólo dos cosas me animo a esbozar como tendencias. La primera es que un mundo en guerra, además de ser en sí mismo un buen negocio, debilita a los Estados y facilita la reorganización económica y política global, como pasó al fin de la Segunda Guerra Mundial. La segunda es que, desde la pandemia hasta ahora, China ha sido la economía que más ha crecido, la que gana mercados, y casi la única gran potencia, incluso entre las nucleares, que no tiene una guerra en el horizonte.  El tiempo dirá.

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