Mi alma frágil se asoma

Un buen día, decide abandonar su guarida entre las vetas de la madera en la que aún alienta el espíritu de la selva. Saca su cabeza altiva, de monarca, a través de una guirnalda de hojas y frutos. Su mirada fiera, acostumbrada a ejercer el imperio, escruta el panorama. No lo reconoce. “¿Cómo llegué hasta aquí?”, se interroga, un poco perplejo. Y lo asalta la duda. ¿Obedecer a su naturaleza de conquistador y avanzar en un salto a lo desconocido o regresar a la tibieza umbría de la materia misteriosa que lo cobijó hasta el instante anterior? El dilema lo paraliza. Hasta que, por fin, comprende. Hay umbrales que es mejor no atravesar nunca. Y allí se queda, estático, “como un corazón hirsuto”, latiendo en el centro del pecho de la puerta.

(Ubicación: Avenida Uruguay 808)