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Corte de obsidiana, de Leonor  Courtoisie

Corte de obsidiana, de Leonor  Courtoisie
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“Escribo para no contarle a nadie lo que no se puede”

Hace ya más de veinticinco años Enrique Symns comenzaba un obituario sobre Charles Bukowski afirmando: “Las enfermedades del amor quizá conformen la parte más grave y mortal que el lenguaje es capaz de transmitir. Sin pasión, un hombre es solamente un mecanismo sin vida”. Y desapasionados eran, para Symns, los intelectuales y críticos que casi habían obviado la muerte de un escritor que, agregaba, “es uno de esos que va caminando por la calle que describe (…) Trotando por bares, amoríos y anécdotas a veces hasta descabelladas, nos hace ver esas mismas calles desalmadas por las que nosotros estamos caminando. El mundo ya no es un animal de piel erizada que se agazapa frente a ti. Es una cloaca catódica, un ruidoso shopping, un show de fantasmas. Bukowski es la voz de uno de esos tipos que andan por el mundo sabiendo que ya no hay mundo por donde andar”.

Por varias razones la lectura de Corte de obsidiana, obra de Leonor Courtoisie editada por Salvadora Editora, nos recordó las palabras de Symns sobre Bukowski. En primer lugar porque  Courtoisie, al igual que el autor de La senda del perdedor, parte de su propia experiencia para crear una obra que sin embargo la trasciende. Es muy frecuente que hoy en día a este tipo de prácticas se las llame “autoficción”, pero esta categoría, asociada a una utilización consciente de recursos ficcionales en que un “autor” se expone a sí mismo, difícilmente sirva para captar la potencia existencial de los relatos de Bukowski protagonizados por su alter ego Hank Chinaski. Lo mismo se podría decir de la experiencia que comparte  Courtoisie en Corte de obsidiana. La pretensión de captar desde la categoría “autoficción” la experiencia que implica su lectura apenas roza fríamente lo que se experimenta leyendo el libro. Sería ponerse en la piel de los “desalmados críticos” a los que se refería Symns.

Otras de las razones que nos hicieron pensar en la analogía es la experiencia urbana de transitar por calles de ciudades como, en este caso, Montevideo, Buenos Aires, Santiago o Valparaíso. Uno de los ejes del libro es el encuentro entre la narradora y el poeta mexicano Marco Fonz que los llevará a trotar por apartamentos, pensiones, “bares, amoríos y anécdotas a veces hasta descabelladas” de las mencionadas ciudades del sur entre diciembre de 2013 y enero de 2014. Finalmente el propio Fonz dejará un rastro que, ahora sí, se convertirá en tragedia primero y aventura después. Es el rastro de Fonz, casi un arquetipo de poeta maldito, el que la narradora buscará en 2016 en México, rastro que la llevará de Ciudad de México a Chiapas, atravesando robos famosos y caracoles zapatistas. Y aquí sí la analogía del comienzo se modifica. La narradora de Corte de obsidiana descubre nuevas formas de experimentar la realidad, aunque quizá no logre expresarlas. “A veces siento que no debería contarlo -afirma cerca del final, y continúa – Creemos que el mundo se cae a pedazos. Pero ese es nuestro mundo. El mundo desconocido no es uno solo. Son muchos mundos”.

Más allá de la experiencia que se narra resulta particularmente estimulante la forma en que  Courtoisie maneja el lenguaje para proyectar y segar realidades de forma casi solipsista. Si por un lado hay “Hombres para el olvido” que “Podrían no existir porque ya no los recuerdo”, por otro lado se afirma “A cada momento recuerdo el futuro de tu sonrisa intentando estar siempre presente”. La implicancia entre lenguaje y realidad, o la posibilidad de que las palabras pongan un velo sobre una “verdad” inconfesable, se trasluce cuando la narradora afirma: “Escribo para no contarle a nadie lo que no se puede”.

Si las líneas de tiempo de los hechos relatados son diversas, Corte de obsidiana las presenta de forma fragmentaria y en paralelo, de forma que, a modo de puzzle, es el lector el que debe ir reconstruyendo lo narrado. Esto que caracteriza a Corte de obsidiana también era patente en Casi sin pedir permiso, obra que Courtoisie estrenara el año pasado. Consultada sobre esta característica la autora nos cuenta: “A mí en mi casa nunca se me habló mucho de mi lado paterno, cuando se hablaba siempre eran historias raras, a las que le faltaban algunos pedazos. Y leyendo en los libros de mi tío que andaban en la vuelta entendí cosas de mi familia. Me enteré de algunas cosas y sentí que con esas lecturas iba descubriendo algunas verdades, digamos. Ahora, después de mucho tiempo y de reencontrarme con ese material y de releer relaciono algo de lo que vengo haciendo con esto de partir de una experiencia para proponer una narrativa”. De esta forma se puede comprender la forma casi que de policial, aportando pistas a lectores-espectadores, en que Courtoisie propone sus trabajos. Sobre esto agrega que: “había algo de convertirme en una detective de mi propia historia, de mis fragmentos, y creo que eso se ve en Corte de obsidiana, los fragmentos, los cruces de los relatos. Y creo que tiene que ver con una forma de aprendizaje emocional, sobre las narrativas personales, sobre cómo una se cuenta lo que le ha sucedido”.

Corte de obsidiana se editó en 2017 y se reeditó a fines de 2019, pero no se ha llevado a escena. En una de las actividades de Salvadora Editora hace dos años Courtoisie comentó que en algunos casos le plantearon que no parecía una obra de teatro. Uno se pregunta si, por ejemplo, un texto de Sarah Kane como 4:48 Psicosis se “parece” a una “obra de teatro”. Quizá el punto pase por ver siempre a los textos como un punto más o menos de llegada de una “obra”, en vez de verlos como punto de partida para investigar sobre el cómo se pueden traducir al escenario, sea este el espacio que sea. Desde aquí no tenemos la respuesta, pero sí pensamos que sería un pequeño acontecimiento el anuncio del estreno, en algún futuro, de Corte de obsidiana. Mientras tanto está el texto editado para que se pueda experimentar la lectura de una obra que, siendo inteligentemente construida, rompe con el frío intelectualismo que muchas veces reina en las artes escénicas.

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.